9 de mayo de 2019

Coge tu pluma, poeta. Cógela con fuerza y escribe. Escribe tu historia. Escribe. Deshazte de la invisibilidad mundana que te envuelve. Escribe y vuela. Escribe. Deja que la tinta empape el papel. Deja que tus dedos ensucien sus bordes. Deja que tu imperfecta obra sea reflejo de tu vida. Pon las comas, describe cada nombre y pon el punto final. Pero no llegues, aún no. No acabes, al menos no todavía. Continúa tiñendo con alquitrán la blancura del mundo. Pasa el color de tus venas al folio. Adelante. No te juzgo, poeta.

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)

Con vistas al mar

Se giró al escuchar el grito. Un metrónomo comenzó a medir en tintineos metálicos el poco tiempo que le quedaba. Tic, decenas de rostros desconocidos observaban su vientre entre el terror y el más absoluto desconcierto. Bocas abiertas por las que se escapaban aullidos o mudos lamentos, y sobre todo, un comienzo de movimiento cuyo objetivo era huir.

Tac, no se movió, sabía qué era lo que atenazaba su cintura. El pavor se expandía por sus miembros, paralizándola. La gente se daba la vuelta deseando empezar la zancada que pudiese salvarles la vida. No sabían que era inútil, no querían rendirse.

Tic, intentó grabar a fuego en su memoria el paseo marítimo: las farolas parpadeantes, las gastadas tablas de madera, el rumor húmedo del mar, la creciente marea, los bikinis floridos, los helados de innumerables sabores. Algo se coló en su recuerdo, algo que no quería que estuviese ahí: las caras aterrorizadas de turistas y lugareños.

Tac, pensó en pedirles perdón por arrebatarles aquellos años, meses o, tal vez, días de vida, pero sabía que apenas comenzasen a salir las palabras por su boca se silenciarían. Era una víctima más. No quería haberlo hecho. La obligaron amenazando la vida de su hijo, que posiblemente estuviese muerto. Dolía, dolía mucho. Sí, reflexionando, era culpable, debería haberse negado, haber muerto con la conciencia tranquila. 

Tic, la gente se alejaba alcanzando hasta dos inservibles metros de distancia. «Cuántos pensamientos en tan pocos segundos» se dijo mientras resbalaba una lágrima de culpa por su mejilla. La humedad salada del mar le permitió sobrellevar la sensación abrasadora que comenzó a nacer de su vientre.

¡BOOM! Las tablas se consumieron al explotar la bomba, silenciando los gritos que aún continuaban suspendidos en el aire, recordando a las 17 víctimas.

Puesta de sol desde la playa de Gerra (Cantabria)

Si te dicen que me fui

Mayo 2019

Mirada perdida. El aroma a café envolviendo la sala. Golpes rítmicos sobre la mesa de una cocina pulcramente recogida. El ruido de una cafetera Nespresso expulsando el amargo líquido por décima vez en el día. Los sonidos cesaron. La joven se levantó de la silla, cogió la taza y migró a la otra punta del piso. 

La cama estaba sin hacer, las cortinas echadas. Las persianas continuaban sin embargo subidas, a pesar de que la llegada del velo nocturno era ya inminente. Apartó la tela con suavidad. El coche seguía ahí, parado en medio de la calle desierta, los faros encendidos y el motor apagado. Se trataba de un Seat León de hacía al menos diez años. El silencio era aterrador.

La chica se apartó con rapidez del cristal, respirando con dificultad. Sabía lo que ocurriría a continuación. Latidos acelerados, dolor de pecho. Cogió la medicina antes de que el ataque de ansiedad alcanzase el clímax. Se dejó caer sobre la taza del váter. Ya no sabía si era sudor o lágrimas lo que descendía por sus mejillas. Estaba agotada. Se permitió desbloquear el móvil para consultar el calendario. «La última vez» se prometió. Efectivamente, este se afanaba en avisarle de que en pocas horas tendría lugar un evento al que había sido convocada hacía días. Sí, ese día encontró en la bandeja del e-mail una invitación que no buscaba su aprobación, “mudarse de barrio” era el asunto, pensó que era una broma de mal gusto. Eliminó el correo. De nada sirvió. El acontecimiento se adhirió a su móvil, comenzando una cuenta atrás imparable. 

Su cuerpo dejó de convulsionar. Posó los pies desnudos sobre las frías baldosas de mármol, dejando que el escalofrío ascendiese por su gemelo, borrando en un instante sus preocupaciones. 

Un golpe seco acabó con la taza de porcelana, una mancha parduzca se extendió sobre el suelo. El reloj de su mesilla comenzó a sonar: medianoche, empezaba un nuevo día. Saltó la notificación en su teléfono. Un coche arrancó en la calle. La chica se levantó, pisando los fragmentos punzantes, dirigiéndose hacia la puerta de salida. Sangre y café se mezclaban en sus pies, cosa que arrastró hasta el León que esperaba paciente frente a su portal. Se subió al coche, que se movió al instante. 

Se atrevió a girar la cabeza, clavando su mirada en las pozas vacías del chófer. Sabía que había sido acusada de un crimen para el que no tenía coartada. Sería juzgada y condenada, aunque aún no supiese por qué.

El paisaje a su alrededor se iba desdibujando. Ya no había árboles, ni edificios. Ni rastro de señales, farolas o carretera. Parecía que el vehículo estuviese atravesando un valle de sombras. Un reino sumido en un silencio atronador. 

Goma quemándose. Un chirrido que la hizo estremecer. Su puerta se abrió tras el frenazo. Dudó. No quería bajar. De nuevo sudor y lágrimas partiendo de un lugar cercano a su sien. 

—Bájate, tengo más visitas que hacer — la voz del conductor era grave y profunda, inhumana incluso.

Ella obedeció. Quedando sola y sumergida en tinieblas. Siempre había querido saber cómo era la muerte. Desde luego no se esperaba que fuese un viaje en un Seat León antiguo, avisada con una notificación fijada con antelación. Respiró de nuevo. Un aroma a café y sangre inundó sus fosas nasales. «Olor a casa» pensó con una sonrisa amarga.

Recordando a la abuela

Julio 2019

Me preguntas cómo definiría la casa de mi abuela. Fácil. Sólida, segura. Era un cuarto piso sin ascensor, unas escaleras infinitas que hacían que el estómago rugiese de hambre. Hambre de tiempo con ella, con mi ángel. La puerta tenía tres pestillos, que resonaban con el eco del pan. Ese que horneaba diariamente a la espera de visitas.

Recibimiento del parqué marcado por el paso del tiempo, el olor a casona con historia, la colección de figuras de porcelana. Ni rastro de la abuela en el salón. En la cocina resonaban cacharros. Allí estaba, con su delantal de colores y sus andares risueños, al lado de la nevera adornada con recordatorios de citas médicas. “Cargar pilas” con abrazos de milisegundos. Y hablar, siempre hablar.

Sí, la casa de la abuela eran palabras que danzaban en el aire, que resonaban en el corazón. Ella no había podido estudiar, era ama de casa, hija de republicanos, huérfana de madre, confiada en un “no pasarán” que cayó con la ciudad de Madrid. Nada la había parado. Leyó para aprender, fue feliz para luchar contra la pobreza.

El reloj daría la una y la abuela preguntaría qué me apetecía comer. Cortaríamos verduras mientras me preguntaba, mientras leía en mi interior mis preocupaciones, borrándolas con su nana amorosa. Huérfana, madre, abuela y viuda. Sin embargo, frágil no parecía definirla.

La casa de la abuela, respondiendo a tu pregunta, es, como ella, inspiración.

En medio de la crisis

Viernes, 20 de marzo de 2020

Y sin saber cómo ni por qué llueve. Llueve en un incierto Madrid, en un Madrid solitario y susurrante, en el que el eco de las gotas golpeando contra la durmiente acera parece atronador.

El aguacero de conciencia baña una ciudad en la que miles de agitadores piden solidaridad. ¿Será esa tormenta la que purgue realmente una sociedad consumida? ¿Logrará esta realidad que salgamos del egocentrismo que el capitalismo nos ha inculcado?

Ajena a todo esto Madrid duerme, sueña, vive en un aislamiento físico que, de una vez por todas, combina con nuestras maravillosas cabezas. Una paradoja como la que vivimos hoy: la globalización ha sido la causante de un virus que solo esa misma conciencia mundial podrá salvar.

Pero, una vez más, el optimismo explota como una pompa recién soplada, porque las lecciones morales se han convertido en campañas políticas, porque lo puro se ha teñido de sangre y lo indómito huye despavorido ante la amenaza de los absolutos.

Quizá la próxima vez que llueva Madrid. Quizá.

El jardín de los cerezos

Estimados señores Martínez:

Sé que me dijisteis que no contactase con ustedes, y que pagan rigurosamente las cuotas al centro, pero creedme si afirmo que me he visto obligado a escribirles esta carta.

Su hija Inma, a pesar de tener un desarrollo intelectual y físico normal, sigue empeorando en cuanto a su memoria se refiere. Aunque no cesamos de investigar su extraña enfermedad aún no han surtido efecto los fármacos experimentales, por lo que tengo que informarles de la delicada situación en la que se encuentra su hija.

La niña ha sufrido una fuerte crisis nerviosa de la que, afortunadamente, ha salido, al menos hasta ahora, indemne. No podemos dejar de sopesar la opción de que sufra otro fuerte ataque y pierda la vida.

Yo les aconsejo que, al menos, le den a su hija la oportunidad de pasar sus últimos días, semanas o meses junto ustedes. Y no desecho aún la esperanza de que recapaciten y saquen a su pobre niña de este centro.

Piénsenlo,

Un saludo,

              Juan Escobar, director del Centro Psiquiátrico Interno de Valdesquirla. (CPIV)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inma

Notaba un rayo de sol matutino lamiendo lentamente mis piernas y provocándome una calidez reconfortante. Me di la vuelta en la cama enredándome en las sábanas, y por fin abrí los ojos. No sabía con exactitud dónde me encontraba, y eso me exasperó seriamente. Estaba en lo que parecía una habitación de hospital, con paredes lisas, sin cuadros, ni posters, tan solo un color azul pálido muy deprimente. La habitación era bastante espaciosa, tenía su propio baño y era individual. En el cuarto había  una rudimentaria televisión, bajo ella, un escritorio plagado de papeles. Al lado opuesto de la televisión, un armario con un pequeño espejo. Al fondo de la sala veía un sofá, una silla y una cómoda, además de una ventana con cortinas feúchas. Entonces me percaté de la presencia de una enfermera rolliza, pelirroja, con el cabello recogido en un desordenado moño, que me sonreía con dulzura mientras abría del todo la cristalera.

— ¡Muy buenos días cariño!—dijo tiernamente plantándome un beso en la mejilla.

Su cara me resultaba familiar. Pero no recordaba ni su nombre, ni nuestra relación personal. Así que me limité a sonreírle lo más ampliamente que pude y murmurar un tímido “hola”.

—Te esperan en el comedor, procura no tardar cielito— me propinó con un afectuoso gesto, y salió por la puerta, cerrándola.

Todo era muy extraño. Conocía aquel lugar, pero el recuerdo no florecía en mi memoria. Rebusqué en el armario, y cuando encontré algo que ponerme, lo cerré. Me vestí rápidamente con unas medias transparentes, una camiseta de manga francesa a rayas azules y blancas, una falda negra un poco por encima de las rodillas, y unas botas. Era invierno, y a través del ventanal se apreciaba el paisaje nevado del jardín.

Salí procurando no hacer ruido. Me maravilló el ajetreado pasillo del hospital. Por él pasaban desde las más jóvenes e inexpertas enfermeras, hasta las más mayores y aburridas, portando con prisa material médico, enfermos en silla de ruedas y algún que otro paciente desorientado.

Por fin encontré un gran cartel con enormes letras en el que se leía con claridad qué había en cada planta. El comedor se encontraba en la última, y yo en la sexta (pacientes hospitalizados antiguos). Presioné el botón del ascensor que, casi al instante, se abrió con un clic. Entré suspirando de alivio por el hecho de que estaba sola en el aparato, y es así como me encontré hasta llegar al -3. Un pasillo se abría paso ante mí, se iba ensanchando a medida que llegaba al final donde se podía ver una gigantesca sala llena de mesas y cómodas sillas, una enorme barra de bufete, e incontables cantidades de gente hospitalizada y enfermeras a igual cantidad.

En cuanto entré, ya sea por la cara de perdida que tenía o porque tenía orden de acompañarme, una trabajadora del hospital, delgada, alta, con un largo y espeso cabello castaño recogido en una pulcra trenza de espiga, vino hacia mí con una sonrisa afable, me cogió tiernamente del brazo y me llevó hasta la zona de la barra. No conseguí ubicar a la joven a pesar de resultarme conocida, aun así la seguí con confianza y muerta de hambre.

— ¿Qué vas a querer hoy?—me preguntó la chica al llegar a la vitrina repleta de comida

Al parecer conocía a la cocinera, ya que al verme le brillaron los ojos y vino a abrazarme. Yo, asimilando el gesto de amistad, la sonreí.

— ¡Buenos días!— dijo mirándome con amabilidad— Hoy te he preparado un desayuno. ¡Tu preferido! Pero no se lo digas a nadie. Podrían ponerse celosos.

Se metió por una puerta de madera y, minutos después, volvió guiñándome un ojo.

—Lo tenía bien escondido— rio con ganas la cocinera.

Nos acompañó a la hermosa enfermera y a mí a una mesa cerca de la ventana. Puso la bandeja a mi lado, en ella estaban los más deliciosos manjares: zumo de naranja, una humeante taza de chocolate caliente, dos palmeritas con dulce sobre ellas, y un milhojas de aspecto irresistible.

—Se porta demasiado bien con nosotras, ¿a que sí?—me dijo la enfermera con los ojos henchidos de felicidad- Esta Conchita tiene un corazón de oro.

Al acabar, la joven de nombre Anna, me acompañó hasta recepción, donde la llamaron para ayudar a tranquilizar a un violento paciente en medio de un ataque de ira, Dios sabe por qué.

Yo me quedé sola, cerca de una gran puerta acristalada observando los copos de nieve caer con gracia. Deseaba salir fuera y correr por la nieve. Escuché unos pasos que venían hacia mí.

— ¡Anda! Toma esta chaqueta y disfruta del jardín antes de que se te salgan los ojos de las órbitas— era la recepcionista que, con un suave empujoncito, hizo que me acercase a la salida.

Y eso fue el estallido final, porque con un gritito de satisfacción corrí hacia la puerta, y no paré hasta internarme en el jardín de cerezos y comprobar que el edificio blanco era apenas una sombra borrosa que se veía entre la ventisca que tenía lugar en el exterior.

En cuanto pude me tiré en la nieve. El frío traspasó todas las prendas que llevaba hasta sentir el cálido arrullo de aquello que está helado. Fue una experiencia única. Saboreé cada sensación que me producía el hielo fundiéndose con mi piel. Al fin me levanté con los miembros entumecidos y tiritando. Estaba tan emocionada que grité hasta quedar sin voz, reí hasta que me dolieron todos los músculos y disfruté como nunca antes recordaba haberlo hecho.

Estuve en mi mundo toda la mañana, tarde o lo que sea; y, en este caso, el alfiler que explotó la burbuja, fue un chirrido agudo que dañaba los oídos. Di media vuelta lentamente deteniéndome en cada detalle que podría haber provocado aquel sonido. Por fin lo localicé, era una verja apenas visible, inutilizada y completamente roja de óxido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brais

Los gritos de mi madre me sacaron de mi ensoñación. Me percaté de que yo era el motivo. La miré con aire culpable, nuestro padre nos había pedido que no la estresásemos más y es justo lo que yo, inintencionadamente, había hecho. Las voces de mi madre fueron in crescendo haciendo que todo el barrio se enterarse de nuestra pelea. Vi que mi hermano mayor, Joel, le tocaba el hombro diciéndola que se calmase. Acto seguido, Evanxelina, mi madre, huyó despavorida a su habitación, llorando desconsoladamente.

Suspiré. Antes de que ninguno de mis hermanos pudiese verme, cogí un gorro, los guantes, el abrigo más caliente que tenía, y me envolví en el aire de invisibilidad que, desde que nació el quinto de nosotros, ya tenía puesto. Cerré la puerta con apenas un murmullo y exhalé un suspiro de nuevo negando con la cabeza.

Era la tercera vez en el día que me montaba una escenita así. Mis hermanos y mi padre lo sabían, pero sólo compadecían a mi madre, sin preocuparse de mi opinión. Tampoco es que esperase mucha atención. Mi madre y mi padre vinieron a este pueblo perdido en España con la intención de disfrutar de la naturaleza, pero terminaron con cuatro hijos y dos hijas. Los mayores, Joel, Cintia y Rubén, ya no vivían con nosotros; después iba yo, y tras de mí Lucas y Alexia, de diez y dos años. Yo he sido al que menos han prestado atención, sacaba mejores notas que todos, en casa contribuía como el que más, pero nunca era suficiente; solo pedía entrar en casa y que me dijesen “hola”. Era el hijo fantasma, y la situación me estaba empezando a cansar.

Hacía poco además, murió el padre de mi madre que, por desgracia, se llamaba como yo y se parecía a mí, lo que provocó que mi madre se volviese completamente loca y que mis hermanos me echasen la culpa a mí, ¡A MÍ! Que no había hecho nada para agravar la situación.

Debido a que mi vida en casa era insoportable, en cuanto podía, huía a un pedacito de cielo que alguien había puesto en mi camino. Era un precioso jardín de cerezos que descubrí por casualidad huyendo de mi padre. La nieve lo cubría todo dejando los preciosos cerezos en flor entremezclándose con el helado paisaje, el rosa daba un aspecto mágico al recinto que, como supe, pertenecía a un centro psiquiátrico.

Solía entrar por una verja lateral inutilizada en ese momento, como se podía comprobar en su aspecto lamentable. Dado que la cerradura ya la manipulé semanas antes, solo tuve que tirar de la puerta hacia mí para abrirla. Maldije para mis adentros cuando un agudo quejido resonó en un kilómetro a la redonda.

Cerré fuertemente los ojos, y tras ver que nadie me había llamado la atención, cerré la puerta soltando un suspiro. Fue entonces cuando me percaté de las huellas que llegaban hasta mí desde lejos. Elevé la vista del suelo hasta encontrarme con unos preciosos ojos color miel, muy expresivos y curiosos que pertenecía a una chica uno o dos años menor que yo. Tenía el cabello largo, suelto y rubio tirando a castaño. No podía mentirme, era una chica muy hermosa. Tenía una palidez que no llegaba a ser mortecina, era más o menos de mi altura. Lo que más me impresionó no fueron sus hipnotizadores ojos, sino su sonrisa torcida levemente hacia la derecha, juguetona, provocativa. Labios rosáceos y dientes blancos, perfectos, completaban su preciosa cara.

La muchacha extendió la mano hacia mí, regalándome una de esas exóticas sonrisas.

—Hola, soy Inma— dijo riendo— ¿y tú?

Ese fue el comienzo de una tarde maravillosa, resultó que tenía doce años, uno menos que yo, y que no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí, cosa que me mosqueó: si no quería decirme el porqué de su presencia en el jardín no tenía por qué mentirme. Reímos, jugamos y corrimos hasta que nuestros estómagos se encontraron quejumbrosos por la presión sometida. Quedamos en vernos al día siguiente a la misma hora hubiese truenos, rayos, tormentas, inundaciones o centellas, aunque esperábamos no tener que llegar hasta tales extremos.

 

 

 

 

 

 

Anna

Esa mañana me desperté con alegría y antes de lo habitual, tras andar de aquí para allá por mi piso preparando cosas, desayunando o recogiendo algún estropicio, llegué hasta el baño casi lista para salir por la puerta. Me apliqué un poco de maquillaje y me miré por fin al espejo. Llevaba el pelo recogido en una compleja trenza desordenada. Me había vestido con cuidado y alegría, aunque sabía que tendría que ponerme encima la ropa y zapatos del hospital, pero no me importó, ese día estaba llena de energía.

Cogí mi bolso y me conciencié de llevar las llaves del coche. Al llegar al garaje abrí el coche blanco de segunda mano y lo conduje por la transitada carretera rumbo al centro hospitalario.

¡Ese día iba a ser fantástico! Aunque la pequeña Inma no lo supiese, íbamos a hacerle una fiesta dado que hoy cumplía 13 años. Sonreí para mis adentros, rezando para que la desordenada recepcionista trajese las velas.

Hice una parada en el despacho de Don Juan, mi jefe y amigo. Llamé con delicadeza a la puerta. Me abrió. Se le veía abatido y enfadado. Preferí no preguntar y dándole dos besos, me senté en una de las tres sillas que había en la sala

—Hoy es el cumpleaños de Inma— comenté intentando deshacerme del incómodo silencio.

—Ah…— dijo simplemente.

— ¿Qué ocurre?— pregunté ligeramente irritada.

—Nada, nada…— El pobre hombre bajó la mirada. Yo le observé inquisitoriamente.

—Los padres de Inma no quieren llevársela con ellos, ¡ni tan siquiera visitarla! Dicen que han rehecho su vida, ¿y qué hay de la pobre niña? ¡Por el amor de Dios!

Noté como la ira me invadía. Inma era la niña más tierna que había conocido, ¿y qué si tiene una enfermedad? ¿No es más importante que sea feliz durante el tiempo que le quede? Me quité la imagen de los padres de Inma de la cabeza. Sonreí a mi jefe. Y fui a la sexta planta para visitar a mi paciente preferida, donde todas las demás trabajadoras estaban esperándome.

Entramos a la habitación armando follón. Me dio una lástima terrible el ser testigo de una de aquellas sonrisas tímidas y asustadas que ponía cuando no se acordaba de nadie.

-¡Felicidades Inma!- le dije con alegría.- Hoy cumples trece años. Yo soy Anna, y hemos venido para celebrarlo contigo, ¿nos dejas?

La pequeña asintió convencida y clavó sus ojos en el enorme pastel de chocolate que Conchi, con esmero, había preparado.

 

 

 

 

 

 

Inma

Sentía un sabor dulce en la boca, aunque no recordaba haber comido nada. A decir verdad no recordaba haber probado un bocado en mi vida, si es que eso era posible. Me encontraba en el alféizar de la ventana, con las manos congeladas por el frío que amenazaba en el exterior.

Más allá de los cerezos logré vislumbrar una silueta difusa sentada en uno de los antiguos bancos de madera, miraba de un lado a otro, moviendo los pies con impaciencia. Forzando un poco la vista descubrí que era un chico que rondaría los trece años, me ruboricé al pensar que era guapo, muy guapo.

No sabía cuánto tiempo llevaba pegada al cristal, pero un enfermero entró para traerme la comida y el chico misterioso seguía en el blanco jardín, esperando a alguien. ˋˋPobrecilloˊˊ pensé sintiendo lástima por aquel joven ˋˋ ¿cómo puede haber alguien que te deje plantado?ˊˊ. Dos horas después se marchó con la decepción marcada en sus hermosas facciones. Negué con la cabeza mientras terminaba de hacer un puzle.

En aquel momento una joven alta, delgada y con el cabello marrón, entró en la habitación.

— ¿Qué tal tu día especial Inma?

— ¿Qué día especial?—mi pregunta no se hizo mucho de esperar.

—Es normal que se te haya olvidado, soy Anna—extendió la mano con una sonrisa en su rostro.

— ¿Suelo olvidar las cosas?— la joven me miró pillada por sorpresa.

—A veces es mejor no recordar algunas— noté la crudeza que bañaba sus palabras.

— ¿Y el amor? ¿El amor se olvida? —mi pregunta hizo que su mirada transmitiese ternura.

— ¿Te has enamorado?— la enfermera me observó con curiosidad.

—Eso tendrás que decírmelo tú, porque yo no me acuerdo —me reí con ganas, intentando olvidar que lo olvidaba todo, mi deseo se hizo realidad.

—Si te has enamorado tal vez no lo recuerdes, pero tampoco lo olvidarás, nunca. —Anna pensó que no la había escuchado.

Oí cómo los pasos de la enfermera se perdían por la lejanía del pasillo. Mi habitación apestaba a compasión, melancolía y otro perfume que no logré descifrar, cerezos, quizá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brais

¿Cómo es que sentía esta presión en el pecho? ¿Cómo es que me ahogaba el dolor por alguien que conocía de un día? ¿Cómo es que en sueños sólo evocaba su cara y en vida solo pensaba en su mirada? Intenté mentirme, auto convenciéndome de que esa chica dulce e inocente no me importaba, que me daba igual que ayer me diese calabazas, que este dolor que sentía no era por su causa.

Mi madre me miraba desde el otro lado del pasillo con los ojos llorosos, estos últimos meses había empeorado. A veces tenía momentos de lucidez, en los que parecía la de antes; pero otros, como ahora, estaba ida. Olía desde aquí la locura que emanaba de su cuerpo.

En momentos como este me daba miedo, así que hui escaleras abajo, cogiendo el abrigo y saliendo por la puerta, abandonando a Evanxelina. No es hasta que me encontré frente a la oxidada verja, cuando me di cuenta de que un miedo atroz me envolvía: miedo al fracaso, miedo a lo que Inma pudiera decirme.

El jardín estaba tranquilo. Como ya era usual, una gruesa capa de nieve cubría el paisaje contrastando con los tonos rosáceos de los cerezos en flor. No se veían huellas en la nieve, por lo que deduje que ni Inma, ni ninguna otra persona, había estado jugando o paseando en este mágico entorno.

Debía de haber unos cinco grados bajo cero, pero lo único que sentía era el viento arrullándome y empujándome a buscar a esa chica que, sin quererlo, se había metido en lo más hondo de mi corazón. Me acerqué hacia el edificio del sanatorio, era completamente blanco, con numerosas ventanas, la mayoría con rejas. Una gran puerta acristalada me daba la bienvenida. Entré notando cómo el cambio de temperatura hacía que mis manos se enrojecieran. La recepcionista me miró fijamente intentando ubicarme como familiar de algún paciente. Me acerqué tímidamente mientras intentaba inventarme una buena excusa. La mujer debía rondar los cuarenta y tantos, era rubia y bastante descuidada, como atestiguaban todos los papeles que se repartían alrededor de la mesa.

—Buenos días—dije intentando sonar seguro.

—Buenos días, ¿qué desea?—la señora me miraba con curiosidad.

—Busco a Inma—intenté que no sonase muy sospechoso.

La cara de la mujer cambió envolviéndose en un aura de compasión hacia mí.

— ¿Eres un familiar? —me preguntó con voz melosa.

—Eeer… Sí, soy su primo, aunque sus padres…. Mis tíos, no saben que he venido—a pesar de que soné vacilante, la mujer asintió.

—Eres el único que ha venido a verla, así que no voy a mentirte, tu prima está muy mal, su enfermedad ha evolucionado demasiado rápido. — No entendía nada—entró con ligeras pérdidas de memoria, pero últimamente su cuerpo ha olvidado cómo funcionar también—ˋˋes una pacienteˊˊ dije para mí intentando visualizar a Inma como una demente, pero a mi cabeza sólo acudía la imagen de mi madre.

Debí de haber perdido el color en mi cara, porque la mujer hizo que me sentase en un sillón y me hinchó a caramelos de menta. Quise pensar que era una broma, que había sido una equivocación. Pero todo tenía sentido.

—Quiero verla…. —murmuré en voz casi inaudible— quiero despedirme.

La mujer debió de haberme escuchado, porque me ayudó a levantarme y me dio un papel con la habitación donde se encontraba. Intenté buscar algo que decirla, algo que la tranquilizase, algo que la curase, pero no encontré nada, no sabía qué narices pretendía hacer. Aun así, caminé hacia la habitación con miles de cuchillos molestando en mi estómago. Intenté regularizar mi respiración pero las lágrimas amenazaban con aflorar. Debía ponerme una máscara de felicidad, por ella, por la inocente chica que hacía que brillase, que fuese yo.

No sabía cuándo ni cómo, pero estaba corriendo como alma que lleva el diablo, llegando en un santiamén a la habitación. Me quedé completamente quieto, evitando entrar. Mi mano ardía mientras agarraba el picaporte con fuerza. Respiré hondo y la abrí. El olor a medicamento se coló por mis fosas nasales. Por la ventana solo entraba una fina línea de luz, que me permitió llegar hasta la cama. Inma parecía un ángel, con los ojos cerrados, los labios fruncidos y el cuerpo relajado. Temí no haber llegado a tiempo.

—Inma, Inma por favor—dije aguantando toda la tristeza que me envolvía —Inma….

Estaba susurrando. Me encontraba de rodillas, sujetando la pálida y suave mano de la chica, mientras observaba cómo la vida la abandonaba de una manera brutal. Observé su rostro, intentando que sus facciones quedasen marcadas en mi memoria para siempre. Entonces sus ojos se abrieron, noté la confusión que la invadía. Clavó su vista en mí, sin que hubiese ningún indicio de que supiese quién era. Me quedé paralizado, con sentimientos contradictorios en mi interior.

—Inma…— quise decirle tantas cosas que estas se agolpaban en mi boca, haciendo que sólo saliese un sonido de ella —te quiero.

Ya no pude evitarlo, los ojos comenzaron a llorarme. Los suyos también. No iba a lamentarme en un futuro de no haber hecho lo que realmente quería hacer, así que me acerqué con sumo cuidado. Nuestros labios se rozaron, sentí calor, frío, confianza, amor, inquietud, tristeza. Agarré su cabello con los dedos y sentí sus brazos enroscándose alrededor de mi cuello. Percibí el sabor salado de nuestras lágrimas fundiéndose en mi boca, no deseaba apartar los labios, quería seguir teniendo su rosácea boca junto a la mía. Escuché su risa serena ahogándose cuando nuestros labios entraban en contacto. Era una carcajada corta, sincera y llena de la vida que desaparecería de su interior en tan solo unos instantes.

La miré con tristeza y rabia, ¿por qué me hacía esto? Pero sus ojos sólo expresaban amor y gratitud hacia mí.

—Brais—dijo con un hilo de voz. Tragó saliva sin apenas fuerza —Te quiero.

Su pecho dejó de subir y bajar, su mano cayó hacia la derecha sin fuerza, su corazón ya no latía y yo, supe que me había brindado algo más bonito que una promesa, unos bombones o un beso: me había regalado el último y único recuerdo que a lo largo de su vida su alocada cabecita había retenido, el último y único recuerdo que tenía de trece años de vida.

Vi que una enfermera observaba desde el umbral de la puerta, era alta, delgada, y con el cabello castaño recogido en una trenza desordenada.

—No, el primer amor nunca se olvida—dijo mientras se marchaba.

Y entonces los copos comenzaron a caer, y el frío no importó más. Maldije, en silencio, al jardín de cerezos.

Los olvidados

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Cuatro meses, dos días, cinco horas. Hubo una época en la que la humanidad se escandalizaba debido al abandono de presos en Siberia por parte de la URSS; pero esas críticas desaparecieron arrastradas por los nuevos tiempos. Errores pasados se han cometido, pero a falta de un culpable se siguen sucediendo.

Cuatro meses, dos días, seis horas. No sabría decirte con exactitud la fecha en la que entré en este lugar que parece no tener fin. Los días se clavan como cuchillos a tu espalda, cargando un peso muerto, perdiendo la poca humanidad que resiste en tu cuerpo. Las líneas del bien y el mal son difusas, la moral ha cambiado, sólo existe un mantra: “sobrevive”.

Cuatro meses, tres días, una hora. Casi no recuerdo la Tierra, sólo sé que es esa masa azul que se observa a lo lejos, bañada en bruma. Mi estancia allí se vio truncada por un crimen del que yo era inocente, y lo último que sentí en ese alejado planeta fue un pinchazo que me sumió en la más absoluta oscuridad. Cuando desperté ya estaba aquí. Tumbada y envuelta en calima, confusa y perdida. Observaba desesperanzada mi nuevo hogar: montañas blancas de arena, piedrecillas que se clavaban en los pies desnudos, huecos infinitos que debías saltar, ojos que acechaban en la sombra.

Cuatro meses, cinco días, tres horas. Aquí nadie te pregunta quién eres. Nadie lo sabe. Ya no soy Mara, porque esa chica inocente y extrovertida nunca habría matado a esa alimaña que un día fue una persona; nunca, a pesar de ser en propia defensa, habría clavado aquel cuchillo en la entrañas del hombre. No, ahora era simplemente el sujeto 359.062. Sí, alrededor de 400.000 personas habían sido desterradas a esta zona desolada que, en algún momento, se había llamado “la misteriosa Luna”. Nos dejan aquí, olvidados, con la esperanza de que muramos y no podamos decir nada. Morimos, sin ser echados en falta.

Cinco meses, un día, cuatro horas. ¿Amigos? Eso no existe aquí. Sólo hay aliados, gente que busca sobrevivir, como todos. ¿Escuchas ese rum rum constante? Traen a alguien nuevo. Ocultos entre los granos blancuzcos de tierra, esperamos a que llegue desde la Tierra la nave no tripulada. Mucha gente ha intentado volver a la Tierra, pero este vehículo se autodestruye y lo asola todo. Tal sólo hay un margen de tres minutos y cuarenta segundos para coger todo lo que encuentres dentro y salir antes de que explote. En cuanto observo que el sujeto 299.993 comienza a correr, arranco y le sigo. Tenemos un mismo objetivo. Me escabullo por detrás de la nave mientras unas cincuenta personas se enzarzan en una encarnizada lucha por entrar y apoderarse del botín. Han olvidado lo que es ser civilizado. Todavía me horrorizo al ver la sangre derramarse, los cuerpos caer. Aún tengo suficiente lucidez para pensar otra alternativa, y lo que hago es abrir un hueco en el pladur negro del que, hoy día, se realizan estos trastos. Quedarán unos dos minutos para que estalle, debo darme prisa. Al entrar cojo las reservas de agua que puedo acarrear, una pistola automática y una mochila repleta de comida envasada. Alguien entra tras de mí. Es una mujer de mediana edad, armada, con el cabello colgando graso a ambos lados de unos ojos celestes que, hace años, debieron brillas de ilusión y que en este momento, lucen vacíos y extraños. El disparo resuena con fuerza. Antes de que el cuerpo caiga inerte al suelo, ya he escapado por el hueco llevando conmigo las reservas conseguidas, sabiendo que no será la primera vez que tenga que disparar este arma. Cinco segundos y la nave vuela en pedazos, llevándose a todas esas personas que, valientes, sólo querían seguir viviendo.

Cinco meses, doce días, siete horas. Los carroñeros aún siguen alrededor de los restos de la última nave que ha llegado, se alimentan de los cadáveres de las pobres almas que perecieron allí. Me alegro de haber cogido la bolsa de alimentos deshidratados, aunque sé que si no llega otro preso pronto seré como ellos.

Cinco meses, trece días, dos horas. Andando por la superficie lunar encuentro un pedazo de periódico, a pesar de su lamentable estado aún, escrito con letras legibles, se puede observar la fecha: 3 de Abril del 2116. Y pensar, que hace cien años, soñábamos con vivir en la Luna.

Terapia peligrosa

Pared ocre, baldosas de hielo completamente blancas, y cuadros, decoraban la horrible sala de espera de la consulta del doctor Hernández. La pequeña habitación estaba casi vacía, solo albergaba el incansable murmullo de las enfermeras y sus pensamientos, esos que nunca estaban vacíos. Una de las auxiliares la llamó con voz monótona, ella, mecánicamente, se levantó y caminó hasta la puerta de madera oscura.

El lugar donde su doctor daba “terapia” era más alegre: con libros y fotos en estanterías, cuadros en tonos añiles, rosas y púrpuras, suelos de madera y muros firmes. Todo lo contrario a Gregorio Hernández Díaz, un hombre calvo, lúgubre, con un halo de misterio siguiéndole allá donde fuese.

Le había pedido a su coordinador miles de veces que le cambiase de especialista, pero claro… es difícil cuando él es el único psiquiatra en la faz de la Tierra que quiere llevar tu caso. Llevaba alrededor de seis meses reuniéndose con él todos los martes.

Una gran furgoneta negra la llevaba hasta allí, siempre acompañada de un policía, que la dejaba en la sala de espera (donde también la recogía cuando las dos horas terminaban).

–Buenos días Eugenia, siéntate – la voz tosca del hombre rasgó el hermoso silencio que había encerrado en aquella sala.

La chica obedeció. Intentó no mirarle, siempre había tenido un mal augurio sobre este hombre.

–Quiero que te mires al espejo y me digas qué ha cambiado en ti desde que… sucedió… ejem… el accidente.

Eu resopló pero no dijo nada, ya se había cansado de repetir que ella no había matado “involuntariamente” a nadie, total, nadie la iba a creer. Miró de frente encontrándose con un gran espejo de cuerpo entero.

–No lo sé –dijo simplemente.

Pero claro que lo sabía, su estatura era la misma (metro sesenta y nueve), estaba más delgada y había perdido color. Su mirada apenas tenía el brillo que antes era característico en ella, sus pómulos estaban hundidos y sus labios agrietados, su cabello seguía teniendo ondas, pero se había oscurecido levemente, dejando de ser ese rubio intenso anterior.
El médico no la presionó. Y, escondiendo de nuevo el espejo dio por zanjada la cuestión.

–Quiero que cierres los ojos –la voz del médico se tiñó de impaciencia.

La quinceañera lo hizo.

–Quiero que te sitúes en ESA noche.

Eu se sumergió en su mente, eran las diez y media de la noche, llovía, y algunos truenos sonaban en la lejanía. No estaba sola, unos amigos la acompañaban, se suponía que estaban en casa de Beatriz, pero se habían escapado sin hacer ruido. ¿Cómo iban a pasar la noche de Halloween encerrados en una casa infestada de frikis?

Su objetivo era llegar a la casa de los lamentos, una gran mansión antigua en la que, decían, vivían numerosos espíritus que no podían descansar en paz porque habían asesinado a sus familias. Lucas fue delante, era un chico de complexión fuerte que le ayudaba siempre. Eran en total cuatro personas. Entraron sin problemas rompiendo algunas vallas…

–Quiero que imagines lo que pasó, cuándo comenzó todo –la voz del psiquiatra se coló en su mente.

…Gritos, golpes, gente corriendo, todo se mezclaba, no sabía cómo se había quedado sola en una gran sala con una lámpara de araña en el techo. Miraba a su alrededor llamando con la voz temblando a sus amigos. Sonidos lejanos llegaban de distintos rincones de la casa. Subió las escaleras que crujían mientras ascendía. Asomada por una de las destartaladas ventanas vio que las gemelas corrían por el jardín hacia la casa de Beatriz. En un arranque de valentía fue en busca de Lucas para irse. Oyó pasos que se acercaban, y un zumbido constante como de un timbre roto. Fue con celeridad a una sala que parecía ser el dormitorio principal. Aguantó la respiración, a tiempo para ver la mochila de su amigo en el suelo y su cuerpo destrozado, sangrante y sin vida en el jardín, retrocedió aguantando un chillido, se había caído por la ventana, o le habían empujado, o, o, o….
No quería más problemas, corrió hacia la salida…

–Me contaste que entraste a una sala por culpa de tu curiosidad…–El doctor la llevó a la realidad.

–Sí había un sobre –Eugenia recordó la gran mesa con el sobre en el centro.

–Ya… y el sobre estaba vacío… –El médico iba terminar la frase.

–¡¿Cómo sabes que…?!

Un golpe seco y silencio.

Akame

—Mi nombre es Akame, tengo trece años. Soy china, de Heibei, aunque nací en Tanghuzhen, un poblado campesino muy alejado de Boading, la ciudad —musito intentando olvidar el barro que cubre mi cuerpo, las heridas que afloran de mi piel, el cansancio y el miedo.

“<< 3 de marzo >>

Las manos me sangran debido a la dura jornada en las llanuras aluviales. La cosecha de arroz de esta temporada va a ser baja. Eso es malo. Muy malo.

Mi madre, Mei Ling, me observa con ojeras surcando su rostro. Intenta sonreír, aunque solo logra mostrarme una mueca de agotamiento. Mis padres nunca han querido esta vida para mí. Se suponía que iba a ir a la escuela, sería ingeniera, médico o empresaria; pero los sueños se hicieron añicos cuando el sueldo de mi padre en la fábrica descendió a los treinta yenes. Entonces, comencé a trabajar con mi madre y mi abuela, Hui Ying, en el plantel, cultivando arroz.

Miro hacia el cielo. El sol se esconde envuelto en bruma tras el río Puhe. Se oculta cerrando los ojos, olvidándose de la miseria en la que vivimos”

El profundo hedor a humedad hace que me despierte. Estoy en una sala sin ventanas. Una cortina de moho cubre las paredes. El suelo arenoso araña mis piernas. Intento moverme. Un sonido metálico resuena, dolor en mi muñeca derecha. Una cadena me apresa impidiéndome escapar del incómodo cuarto.

Pasos resuenan en el exterior. Voces ahogadas. Incesantes sonidos acompasados parecidos al tic tac de un reloj. Miro hacia el suelo. La puerta se abre, dejando entrar una rendija de luz artificial, blanca, fría. El tiempo se para unos instantes. Una mano helada toca rudamente mi cara.

“<< 8 de abril >>

Hoy es mi cumpleaños. Una fecha que pierde sentido al segundo de nacer.  Simplemente te levantas, sabiendo que eres mayor, que pronto tendrás que casarte, trabajar más, hundirte aún más en esta mediocre y plomiza vida.

Oigo la melodiosa voz de mi abuela rompiendo el silencio de la habitación. Salgo al exterior. Una sonrisa de oreja a oreja ilumina las toscas facciones de la anciana. Nunca la había visto tan alegre.

—¡Akame! —me grita agitando los brazos—. Prepárate.

Eso significa que iremos a la ciudad. Entro de nuevo en lo que debería considerar mi hogar: una sala diáfana con un ventanal, tres colchones tirados en el suelo, una mesa de café, un sofá roído por el tiempo y una pequeña cocina con una palangana que sirve las veces de lavabo y ducha. Me cambio con celeridad, traspasando el dintel de la puerta.

Reflejada en las turbias aguas del río Puhe me observo con minuciosidad. El cabello cae levemente ondulado por mi espalda hasta la cintura, los ojos rasgados, las mejillas sonrojadas, la piel sucia, y, finalmente, mi cuerpo menudo vestido con una camisa gris gastada y unos pantalones asimismo rasgados, viejos y grises. Llevar colores es un lujo que sólo los ricos urbanitas se pueden permitir.”

Siento que todo gira a mi alrededor. Los colores se mezclan, no percibo los sonidos y, por momentos, me ausento de la realidad. Intento fijar la vista, pero me pierdo en unos preciosos ojos celestes.

No sueño, tampoco tengo pesadillas. En realidad, nunca las he tenido. Mis grandes miedos se veían cumplidos al despertar. No me malinterpretes, quiero a mis padres, me encanta vivir. Pero no puedo ser feliz habitando en un cuchitril, trabajando doce horas diarias y respirando un aire contaminado a causa de los países ricos. No puedo ser feliz sabiendo que para que gente poderosa viva bien yo no puedo estudiar, ir al médico ni tener ropa adecuada. No puedo ser feliz sabiendo que en un futuro nada de esto habrá cambiado.

“<< 8 de abril >>

Llevábamos caminando alrededor de dos horas cuando, un señor con un rudimentario coche, se ofreció a llevarnos hasta la ciudad. Era un hombre agradable, de unos treinta y pocos años, con el cabello oscuro y de complexión fuerte. Ahora mismo acabamos de llegar a la ciudad. Agradecemos al hombre toda su ayuda y le dejamos ir, sorprendidas de nuestra suerte.
Boading parece otro mundo. Altos edificios se erigen poderosos. Numerosos coches circulan con rapidez por calles mal asfaltadas. Se anuncian conciertos, películas y tiendas con luces de neón y carteles llamativos. La gente va de un lado a otro con prisas y mirándonos por encima del hombro.

Algunas personas van con mascarillas huyendo del peligroso ambiente que nos rodea; otros pasean sin prisa, contemplando el urbano paisaje y pensando qué se comprarán hoy con el dinero que ganan a costa de campesinos como yo.
Hui Ling me conduce con rapidez a una zona más pobre que se asemeja un poco más a mi estilo de vida. Pregunta a unos niños por un tal Huan Yue, ellos simplemente señalan hacia un local cerrado, con aspecto abandonado y bastante mugriento. Nos dirigimos hacia allí. Mi abuela entra por la puerta trasera. El sonido de una campanilla hace que pegue un respingo que por poco consigue que pierda el equilibrio. Un hombre viene hacia nosotras, es bajo, rechoncho, con el pelo cano y numerosas arrugas en su cara.

—¡Hui Ling! —dice el hombre extendiendo sus sucias manos hacia mi abuela.

—Huan. —Mi abuela no parece tan emocionada.

Me invitan a salir de la tienda con miradas furibundas. A pesar de estar en el exterior, logro visualizar las figuras de los dos ancianos en el establecimiento. No llego a entender lo que dicen, pero veo cómo mi abuela saca una cantidad indecente de dinero y se la da al hombre, quien desaparece en la trastienda. Mi abuela se muerde el labio inferior y niega repetidas veces con la cabeza. Está nerviosa. Por fin distingo al hombre volviendo junto a Hui Ling, viene con un cargamento de comida, agua, ropa y medicinas, hacía mucho que no veía tantos objetos juntos.

Antes de apartarme del cristal atisbo que se dan un abrazo. Mi abuela sale por la puerta con una carretilla llena de cosas. No sonríe. No dice nada. Me castiga por una razón que no llego a comprender con su silencio. Yo la sigo, con la esperanza de volver a oír su voz. Paramos en un parque desierto. Bolsas de plástico adornan el descuidado césped; columpios rotos y árboles partidos lo completan

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—Akame —mi abuela rompe su voto de silencio con apenas un hilo de voz — no espero que lo entiendas.

Un sonido de frenos. Pisadas. Tintineo de monedas. Y oscuridad.”

 

Busco los ojos azules entre toda la gente que camina a mi lado. No hay suerte. Me obligan a ir con la cabeza gacha. Ignoro la advertencia. Sacan una pistola. Obedezco sus órdenes. Poco a poco se filtra más luz natural, por lo que deduzco que nos acercamos a la superficie. Los rayos de sol me ciegan unos instantes, obligándome a ver puntitos de colores. Nos dividen en dos grupos. Somos todo chicas entre los doce y dieciséis años. Escucho los sollozos de algunas, los gritos de otras, la ausencia de las que ya han asumido que el futuro es incierto pero oscuro.

Un hombre grosero nos vigila con un arma entre sus dedos, acaricia el gatillo deseando accionarlo. Me quieren viva. No sé si estoy aliviada, aterrada o ambas dos. Me meten en la parte trasera de una furgoneta vieja. Junto a mí hay otras siete jóvenes, asustadas, confundidas. Me miran suplicantes, como si estuviese en mi mano que nos liberasen…

La furgoneta no para de dar tumbos, siento cada piedra del camino por el que circulamos. Me duele todo el cuerpo, pero intento mantenerme alerta, vigilante. Vislumbro un brillo metálico. Llaves. Comienzo a dar pequeños e inaudibles saltitos, consiguiendo coger con la boca el manojo de llaves. Gracias a ellas logro cortar la cinta aislante que une mis muñecas. Aunque con los brazos doloridos, consigo desatar las cuerdas de mis pies. En un arranque de compañerismo hago lo mismo con mis otras siete acompañantes, veo sus miradas confusas. Confían en mí. Les hago gestos para que no hagan ningún ruido.

Me levanto con cuidado y voy hasta el fondo del reducido espacio. Con la ayuda de mis entumecidos dedos manipulo el cierre trasero, que se abre con un chasquido. Los segundos se detienen, no queda tiempo, sólo hay una oportunidad. Me tiro al suelo con el vehículo en movimiento. ¡Estoy viva! Por alguna razón me quedo paralizada, viendo cómo las otras chicas saltan tras de mí. Sólo comienzo a correr cuando deduzco que nuestros captores no tardarán mucho en salir tras nosotras. El paisaje es casi desértico, a lo lejos se ven unas montañas. Nuestra meta. Nuestra única salvación.

Escucho el primer disparo, pero no reduzco la velocidad. Ya queda poco. Alguien cae. Un terrible grito se extiende por el aire atronando en mis oídos. Continúo corriendo. Oteo el horizonte. Estoy cerca. Mis piernas apenas responden, pero consigo que se muevan acercándome al único final feliz posible. ¡Qué sentimiento más subjetivo la felicidad!

Cuando piso la zona montañosa apenas me lo creo. Me oculto en una pequeña cueva escondida entre varios matorrales, rezando para no ser descubierta. Más disparos se suceden. El estómago se me encoge. El aire no llega a mis pulmones. Soy presa del miedo que me ahoga. Cierro los ojos intentando relajarme. Los disparos cesan y la furgoneta arranca. Soy incapaz de moverme. Mañana será otro día. Caigo rendida por el cansancio y el estrés. Sueño con disparos, muerte, opresión, torturas.

El sol lame delicadamente mi rostro. Me incorporo con el miedo y la incertidumbre metidos en el cuerpo. Salgo del refugio intentando distinguir algo entre los árboles. Estoy sola. Respiro hondo para tranquilizarme. Camino unos diez minutos en busca de algo que beber, algo que comer; pero me pierdo por el relieve montañoso. Me paro contemplando el paisaje: a la izquierda una escena boscosa me recibe, a la derecha es el paisaje árido por el que el día anterior corrí angustiada, desesperada, desesperanzada. Una bandada de buitres sobrevuelan el desierto, intento buscar con la mirada eso que les atrae a esta zona desolada. Distingo varios cuerpos en el suelo.

Me estremezco y las lágrimas comienzan a salir desconsoladas de mis ojos. Me dirijo hacia una de las imágenes más duras que jamás he contemplado. Los cadáveres de seis de las jóvenes se encuentran tirados en el suelo, inertes y llenos de polvo. Cierro sus ojos con paciencia y les beso las frentes, deseando que encuentren paz. Tal vez si no hubiese intentado escapar estarían vivas. Es egoísta, pero me alegro de no estar en su lugar. Es entonces cuando, rememorando lo ocurrido la noche anterior, recuerdo que había siete jóvenes y no sólo seis. Quizá siguiese viva, quizá me estuviese buscando, quizá no me odiase. Me interno de nuevo en el verde espacio. No es difícil dar con la chica, sólo tengo que seguir un pequeño reguero escarlata que corrompe la naturaleza. Ella se encuentra en un estado lamentable, una herida de aspecto grave ocupa gran espacio bajo su pecho, comienza a convulsionar. No sé qué hacer por ella.

—Dinero. —La joven tiene la mirada perdida—. Yo…. Morir.

Me acerco intentando tranquilizarla.

—Bolsillo —dice con voz aguda—, coge…. Dinero.

Me mira suplicante, lo que hace que busque en algún bolsillo, mas en su ropa no hay ninguno. Vislumbro un pequeño roto en el costado derecho de su camisa. Intento no rozar la herida. Hurgo en esa zona deshilachada hasta dar con un pequeño saquito de tela. La infeliz sonríe, apretándome la mano. El momento dura unos instantes, hasta que la presión entre mis dedos cesa y soy yo la que sujeta la pálida mano. Cierro sus ojos y beso su frente, desapareciendo de aquel lugar maldito.

El destino hace que me encuentre con Shui Guang, un transportista de poca monta que, al verme abandonada, sola, sucia y hambrienta, decide ayudarme. Este joven me presta más cuidados de los que nadie de mi familia jamás me ha brindado. Intento ayudarle en todo lo que puedo, aprendiendo su oficio, limpiando su camión, vigilando la presión de los quejumbrosos neumáticos.
Una noche con densa niebla me invita a cenar en un mugriento bar, donde, borracho como una cuba, me cuenta su triste vida. Cómo sus padres le abandonaron por la ley del hijo único, cómo sobrevivió metiéndose en el mundillo del tráfico de armas.

Las risas invaden el reducido local. Voces graves, masculinas, bromeando, entran pidiendo a gritos varias copas. Una figura recortada se oculta entre las sombras, clavo mi vista en ese punto, intentando enfocar y descubrir a esa misteriosa persona. No lo consigo. El camarero sirve lo pedido a los ruidosos hombres. Tanto el tabernero como yo nos damos cuenta de un escalofriante dato: van armados. Los rifles cuelgan amenazantes de su espalda, brillan con la tenue luz del antro.

Logro que Shui se ponga en pie y ande mientras le sujeto por la cintura. No es tarea fácil, pero consigo que entre en el camión a trompicones. Suspiro y me apoyo en el vehículo, observando los matices blanquecinos de la Luna, viéndola aparecer y desaparecer, escuchando el silbido del viento, arrullada por los sonidos de algún animal salvaje.

Decido por mi seguridad y la de Guang quedarnos a dormir en este paraje desolado, cerca del bar. Los asientos del camión, al fin y al cabo, son más cómodos que la cama que tenía cuando vivía en Tanghuzhen. Decido volver al local para pedir alguna manta con la que taparnos.

Un crujido resuena con fiereza, haciendo que sienta una presión en mi cuello. Me cuesta respirar. Tengo miedo. Miles de teorías circulan vacilantes por mi cabeza. Una apenas visible sombra negra me rodea con celeridad. Aprecio el chasquido metálico de un arma. Trago costosamente tratando de tranquilizarme. Intento seguir mi camino hacia el antro, pero algo me agarra con fuerza la mano impidiendo que escape. No quiero mirar. Unos dedos acarician mi mentón obligándome a alzar la vista. Me resisto, pero finalmente me rindo ante la delicada fuerza. Una figura masculina, y unos preciosos ojos celestes que me resultan familiares. De nuevo, oscuridad.