9 de mayo de 2019

Coge tu pluma, poeta. Cógela con fuerza y escribe. Escribe tu historia. Escribe. Deshazte de la invisibilidad mundana que te envuelve. Escribe y vuela. Escribe. Deja que la tinta empape el papel. Deja que tus dedos ensucien sus bordes. Deja que tu imperfecta obra sea reflejo de tu vida. Pon las comas, describe cada nombre y pon el punto final. Pero no llegues, aún no. No acabes, al menos no todavía. Continúa tiñendo con alquitrán la blancura del mundo. Pasa el color de tus venas al folio. Adelante. No te juzgo, poeta.

Luna

Suena un chasquido metálico en medio del crepúsculo. Se oyen los murmullos de una conciencia inexistente. La sangre de ambos confluye en el suelo, como si esa mezcla fuese suficiente perdón para la remisión de sus pecados. 

La luz parpadeante de la farola más cercana ilumina ese tramo de la Castellana.  Una macabra imagen que yace inconsciente en la acera. 

Uno de los corazones dejó de palpitar; el otro, de sentir. 

Amanecerá tras la huida de la Luna, cuyo testimonio no podrá ser tenido en cuenta. Ella, mujer silenciada, tampoco podrá alzar la voz. No podrá relatar que oyó gritos en la ciudad durmiente, que ella no fue consciente de cómo le agarró de la mano el chico, de cómo la presión fue mayor que otras veces. El puñetazo en el estómago sí fue parecido al de la noche anterior, el beso que vino después, quizá más amargo. La caricia en el rostro, y el “lo siento” que murmuró en su oído. 

Ella estaba paralizada. El cabello lacio en su espalda, la minifalda ajustada, los tacones altos, la mirada café en el cielo y los pies en la tierra. Una lagrima ardiente se deslizó llevándose parte del maquillaje que había sido cuidadosamente elegido para la ocasión, para celebrar su primer año juntos.

Todo daba vueltas a su alrededor, los oídos embotados. Tiró la botella de alcohol que se fragmentó en mil pedazos. La comprensión de que se había dejado dominar. El convencimiento de que debía huir…

Una huida que acabó con el cuello de la botella en su estómago. Su vida saliendo a raudales por el lugar donde se atisbaba el nuevo moretón.

En tan solo unos segundos su brillante futuro se convirtió en un cuerpo exánime.

Y él, en el egoísmo de su sexo, se quedó quieto, la mente vacía. Incapaz de ser responsable de sus actos, con la mano sangrante sosteniendo el cristal que se convertiría en homicida de su propia vida.

Pero  amanecerá, y la Luna no podrá contar lo que vio, por lo que el caso se cerrará, su historia pronto dejará de ser comentada, y el feminismo volverá a parecer innecesario.

Excesos

Le miré fijamente. Quieta. Con los pies desnudos sobre la pulida superficie de mármol. La camisa aún desabotonada, sosteniendo chaqueta y abrigo con las manos temblantes. No podía dejar de observarle. Se iba quebrando poco a poco al ser consciente de lo que había hecho. Era tarde. Demasiado tarde.

Me ardían los ojos. Cuando la primera lágrima se derramó, yo ya estaba en la calle, apoyada en la puerta de entrada a la mansión. No me atreví a moverme. Simplemente dejé que mi espalda se deslizase por la puerta, mis piernas sobre el porche, la vista fija en la colección de coches de Marcos.

Me cubrí el rostro con las manos, mis pies tapados con el abrigo. El frío no me importaba, que estuviese medio desnuda tampoco. Lo único que parecía destacar era el dolor. Dolor por haber sido tan ciega, dolor porque me habían traicionado. Dolor porque no había podido resistirme. Ahora sí, sollocé, y entre mis sollozos podía sentir a la razón de mis males al otro lado de la puerta. Demasiado cobarde para disculparse, demasiado bueno para mantenerse indiferente ante mi dolor. En todos los aspectos era demasiado.

Nosotros éramos ese tipo de relación adolescente tóxica. Con la diferencia de que yo tenía 25 y él 30. Demasiado mayores para aguantar. Siempre hubo demasiado: demasiados gritos, demasiada pasión, demasiados celos, demasiada alegría. No íbamos a cambiar. Ambos lo sabíamos.

En cuanto me levanté se abrió el portón de salida a la calle. No quise mirar hacia atrás, solo anduve, con el asfalto arrancándome la piel, y la vida saliendo a raudales de mi boca. Abrí el coche, metí la llave, y esperé diez minutos más, escudriñando absorta la desierta calle. Pero él no salió, demasiado orgulloso. Arranqué, consciente de que antes de que saliese a la M-40 él ya estaría hasta las cejas de la cocaína que me prometió tirar.

–Que le jodan –dije poco convencida mirando hacia la autovía.

Es entonces cuando empecé a acelerar. El último número que vi en el contador fue 180, en ese momento los ojos se empañaron y grité. Pronto los gritos se acallaron por el impacto contra el quitamiedos. El zarandeo y el silbido de los airbags estallando me dieron paz. Creo que me reí como una maníaca, al menos eso creo, porque no recuerdo nada más. No sentí dolor, no sentí el roce del cinturón en tensión, no sentí absolutamente nada.

La ambulancia llegó, supongo. Al final resultó que la que era demasiado era yo, porque él estaba loco de rabia y de amor, yo solo de lo último. Su rabia le hizo tirar la cocaína por el váter; mi amor, suicidarme con la velocidad como arma homicida.

Tú eres la buscadora

¿Sabes cuál es la pregunta más terrorífica del mundo? ¿Esa, que te eriza el cabello y te quita el sueño por las noches? Es la pregunta con la que está obsesionado este planeta: ¿qué quieres ser de mayor? 

Hoy la he resuelto. No es que haya descubierto qué quiero ser, es aún más increíble, he ido uniendo letra a letra hasta construir la más bella de las palabras: yo soy buscadora. 

No. No estoy loca, no soy ambiciosa ni irreal. No soy inconformista, y no lo soy por una simple razón: tú no me defines.

He decidido que el único cuento que voy a vivir es el que yo misma cree. La sociedad ha creado historias descafeinadas, idénticas y estigmatizadas, de esas que vives por miedo a ser escritora. Sí, escritora de tu vida. 

No me juzgues por querer que mi libro sean mil paginas en vez de diez, y no, probablemente en el final la protagonista no sea feliz ni coma perdices, el fin será su muerte, más o menos aceptada, pero merecida.

Porque prefiero tener días negros que una vida gris, rodeada de personas grises, con relojes grises que marcan el tiempo que pasa como granos de arena deslizándose burlones.

Soy buscadora porque no sé lo que quiero, y esa es la mejor parte. Lo quiero todo y no quiero nada. Quiero querer y no sentirme culpable. Quiero… y quiero sin condiciones, sin letra pequeña, quiero con intensidad y con amargura y quiero porque puedo, y puedo porque me he auto declarado buscadora. Una buscadora en todos los ámbitos de su vida. No tengo una meta, porque el camino es todo a lo que aspiro.

Tengo derecho a matar al dragón y a salvar a la princesa, puedo ser salvada y pedir ayuda, quiero ser villana de mi historia y redimirme antes de morir. Yo voy a ser soldado y juez, abogado del diablo y mariposa, porque en mi cuento el único límite es lo ilimitado.

Así que coge la pluma y escribe, la tinta está esperando. Porque tú eres la verdadera buscadora, aquí, en Inglaterra, ahora y siempre.

 

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)

Con vistas al mar

Se giró al escuchar el grito. Un metrónomo comenzó a medir en tintineos metálicos el poco tiempo que le quedaba. Tic, decenas de rostros desconocidos observaban su vientre entre el terror y el más absoluto desconcierto. Bocas abiertas por las que se escapaban aullidos o mudos lamentos, y sobre todo, un comienzo de movimiento cuyo objetivo era huir.

Tac, no se movió, sabía qué era lo que atenazaba su cintura. El pavor se expandía por sus miembros, paralizándola. La gente se daba la vuelta deseando empezar la zancada que pudiese salvarles la vida. No sabían que era inútil, no querían rendirse.

Tic, intentó grabar a fuego en su memoria el paseo marítimo: las farolas parpadeantes, las gastadas tablas de madera, el rumor húmedo del mar, la creciente marea, los bikinis floridos, los helados de innumerables sabores. Algo se coló en su recuerdo, algo que no quería que estuviese ahí: las caras aterrorizadas de turistas y lugareños.

Tac, pensó en pedirles perdón por arrebatarles aquellos años, meses o, tal vez, días de vida, pero sabía que apenas comenzasen a salir las palabras por su boca se silenciarían. Era una víctima más. No quería haberlo hecho. La obligaron amenazando la vida de su hijo, que posiblemente estuviese muerto. Dolía, dolía mucho. Sí, reflexionando, era culpable, debería haberse negado, haber muerto con la conciencia tranquila. 

Tic, la gente se alejaba alcanzando hasta dos inservibles metros de distancia. «Cuántos pensamientos en tan pocos segundos» se dijo mientras resbalaba una lágrima de culpa por su mejilla. La humedad salada del mar le permitió sobrellevar la sensación abrasadora que comenzó a nacer de su vientre.

¡BOOM! Las tablas se consumieron al explotar la bomba, silenciando los gritos que aún continuaban suspendidos en el aire, recordando a las 17 víctimas.

Puesta de sol desde la playa de Gerra (Cantabria)

Si te dicen que me fui

Mayo 2019

Mirada perdida. El aroma a café envolviendo la sala. Golpes rítmicos sobre la mesa de una cocina pulcramente recogida. El ruido de una cafetera Nespresso expulsando el amargo líquido por décima vez en el día. Los sonidos cesaron. La joven se levantó de la silla, cogió la taza y migró a la otra punta del piso. 

La cama estaba sin hacer, las cortinas echadas. Las persianas continuaban sin embargo subidas, a pesar de que la llegada del velo nocturno era ya inminente. Apartó la tela con suavidad. El coche seguía ahí, parado en medio de la calle desierta, los faros encendidos y el motor apagado. Se trataba de un Seat León de hacía al menos diez años. El silencio era aterrador.

La chica se apartó con rapidez del cristal, respirando con dificultad. Sabía lo que ocurriría a continuación. Latidos acelerados, dolor de pecho. Cogió la medicina antes de que el ataque de ansiedad alcanzase el clímax. Se dejó caer sobre la taza del váter. Ya no sabía si era sudor o lágrimas lo que descendía por sus mejillas. Estaba agotada. Se permitió desbloquear el móvil para consultar el calendario. «La última vez» se prometió. Efectivamente, este se afanaba en avisarle de que en pocas horas tendría lugar un evento al que había sido convocada hacía días. Sí, ese día encontró en la bandeja del e-mail una invitación que no buscaba su aprobación, “mudarse de barrio” era el asunto, pensó que era una broma de mal gusto. Eliminó el correo. De nada sirvió. El acontecimiento se adhirió a su móvil, comenzando una cuenta atrás imparable. 

Su cuerpo dejó de convulsionar. Posó los pies desnudos sobre las frías baldosas de mármol, dejando que el escalofrío ascendiese por su gemelo, borrando en un instante sus preocupaciones. 

Un golpe seco acabó con la taza de porcelana, una mancha parduzca se extendió sobre el suelo. El reloj de su mesilla comenzó a sonar: medianoche, empezaba un nuevo día. Saltó la notificación en su teléfono. Un coche arrancó en la calle. La chica se levantó, pisando los fragmentos punzantes, dirigiéndose hacia la puerta de salida. Sangre y café se mezclaban en sus pies, cosa que arrastró hasta el León que esperaba paciente frente a su portal. Se subió al coche, que se movió al instante. 

Se atrevió a girar la cabeza, clavando su mirada en las pozas vacías del chófer. Sabía que había sido acusada de un crimen para el que no tenía coartada. Sería juzgada y condenada, aunque aún no supiese por qué.

El paisaje a su alrededor se iba desdibujando. Ya no había árboles, ni edificios. Ni rastro de señales, farolas o carretera. Parecía que el vehículo estuviese atravesando un valle de sombras. Un reino sumido en un silencio atronador. 

Goma quemándose. Un chirrido que la hizo estremecer. Su puerta se abrió tras el frenazo. Dudó. No quería bajar. De nuevo sudor y lágrimas partiendo de un lugar cercano a su sien. 

—Bájate, tengo más visitas que hacer — la voz del conductor era grave y profunda, inhumana incluso.

Ella obedeció. Quedando sola y sumergida en tinieblas. Siempre había querido saber cómo era la muerte. Desde luego no se esperaba que fuese un viaje en un Seat León antiguo, avisada con una notificación fijada con antelación. Respiró de nuevo. Un aroma a café y sangre inundó sus fosas nasales. «Olor a casa» pensó con una sonrisa amarga.

Recordando a la abuela

Julio 2019

Me preguntas cómo definiría la casa de mi abuela. Fácil. Sólida, segura. Era un cuarto piso sin ascensor, unas escaleras infinitas que hacían que el estómago rugiese de hambre. Hambre de tiempo con ella, con mi ángel. La puerta tenía tres pestillos, que resonaban con el eco del pan. Ese que horneaba diariamente a la espera de visitas.

Recibimiento del parqué marcado por el paso del tiempo, el olor a casona con historia, la colección de figuras de porcelana. Ni rastro de la abuela en el salón. En la cocina resonaban cacharros. Allí estaba, con su delantal de colores y sus andares risueños, al lado de la nevera adornada con recordatorios de citas médicas. “Cargar pilas” con abrazos de milisegundos. Y hablar, siempre hablar.

Sí, la casa de la abuela eran palabras que danzaban en el aire, que resonaban en el corazón. Ella no había podido estudiar, era ama de casa, hija de republicanos, huérfana de madre, confiada en un “no pasarán” que cayó con la ciudad de Madrid. Nada la había parado. Leyó para aprender, fue feliz para luchar contra la pobreza.

El reloj daría la una y la abuela preguntaría qué me apetecía comer. Cortaríamos verduras mientras me preguntaba, mientras leía en mi interior mis preocupaciones, borrándolas con su nana amorosa. Huérfana, madre, abuela y viuda. Sin embargo, frágil no parecía definirla.

La casa de la abuela, respondiendo a tu pregunta, es, como ella, inspiración.

En medio de la crisis

Viernes, 20 de marzo de 2020

Y sin saber cómo ni por qué llueve. Llueve en un incierto Madrid, en un Madrid solitario y susurrante, en el que el eco de las gotas golpeando contra la durmiente acera parece atronador.

El aguacero de conciencia baña una ciudad en la que miles de agitadores piden solidaridad. ¿Será esa tormenta la que purgue realmente una sociedad consumida? ¿Logrará esta realidad que salgamos del egocentrismo que el capitalismo nos ha inculcado?

Ajena a todo esto Madrid duerme, sueña, vive en un aislamiento físico que, de una vez por todas, combina con nuestras maravillosas cabezas. Una paradoja como la que vivimos hoy: la globalización ha sido la causante de un virus que solo esa misma conciencia mundial podrá salvar.

Pero, una vez más, el optimismo explota como una pompa recién soplada, porque las lecciones morales se han convertido en campañas políticas, porque lo puro se ha teñido de sangre y lo indómito huye despavorido ante la amenaza de los absolutos.

Quizá la próxima vez que llueva Madrid. Quizá.

El jardín de los cerezos

Estimados señores Martínez:

Sé que me dijisteis que no contactase con ustedes, y que pagan rigurosamente las cuotas al centro, pero creedme si afirmo que me he visto obligado a escribirles esta carta.

Su hija Inma, a pesar de tener un desarrollo intelectual y físico normal, sigue empeorando en cuanto a su memoria se refiere. Aunque no cesamos de investigar su extraña enfermedad aún no han surtido efecto los fármacos experimentales, por lo que tengo que informarles de la delicada situación en la que se encuentra su hija.

La niña ha sufrido una fuerte crisis nerviosa de la que, afortunadamente, ha salido, al menos hasta ahora, indemne. No podemos dejar de sopesar la opción de que sufra otro fuerte ataque y pierda la vida.

Yo les aconsejo que, al menos, le den a su hija la oportunidad de pasar sus últimos días, semanas o meses junto ustedes. Y no desecho aún la esperanza de que recapaciten y saquen a su pobre niña de este centro.

Piénsenlo,

Un saludo,

              Juan Escobar, director del Centro Psiquiátrico Interno de Valdesquirla. (CPIV)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inma

Notaba un rayo de sol matutino lamiendo lentamente mis piernas y provocándome una calidez reconfortante. Me di la vuelta en la cama enredándome en las sábanas, y por fin abrí los ojos. No sabía con exactitud dónde me encontraba, y eso me exasperó seriamente. Estaba en lo que parecía una habitación de hospital, con paredes lisas, sin cuadros, ni posters, tan solo un color azul pálido muy deprimente. La habitación era bastante espaciosa, tenía su propio baño y era individual. En el cuarto había  una rudimentaria televisión, bajo ella, un escritorio plagado de papeles. Al lado opuesto de la televisión, un armario con un pequeño espejo. Al fondo de la sala veía un sofá, una silla y una cómoda, además de una ventana con cortinas feúchas. Entonces me percaté de la presencia de una enfermera rolliza, pelirroja, con el cabello recogido en un desordenado moño, que me sonreía con dulzura mientras abría del todo la cristalera.

— ¡Muy buenos días cariño!—dijo tiernamente plantándome un beso en la mejilla.

Su cara me resultaba familiar. Pero no recordaba ni su nombre, ni nuestra relación personal. Así que me limité a sonreírle lo más ampliamente que pude y murmurar un tímido “hola”.

—Te esperan en el comedor, procura no tardar cielito— me propinó con un afectuoso gesto, y salió por la puerta, cerrándola.

Todo era muy extraño. Conocía aquel lugar, pero el recuerdo no florecía en mi memoria. Rebusqué en el armario, y cuando encontré algo que ponerme, lo cerré. Me vestí rápidamente con unas medias transparentes, una camiseta de manga francesa a rayas azules y blancas, una falda negra un poco por encima de las rodillas, y unas botas. Era invierno, y a través del ventanal se apreciaba el paisaje nevado del jardín.

Salí procurando no hacer ruido. Me maravilló el ajetreado pasillo del hospital. Por él pasaban desde las más jóvenes e inexpertas enfermeras, hasta las más mayores y aburridas, portando con prisa material médico, enfermos en silla de ruedas y algún que otro paciente desorientado.

Por fin encontré un gran cartel con enormes letras en el que se leía con claridad qué había en cada planta. El comedor se encontraba en la última, y yo en la sexta (pacientes hospitalizados antiguos). Presioné el botón del ascensor que, casi al instante, se abrió con un clic. Entré suspirando de alivio por el hecho de que estaba sola en el aparato, y es así como me encontré hasta llegar al -3. Un pasillo se abría paso ante mí, se iba ensanchando a medida que llegaba al final donde se podía ver una gigantesca sala llena de mesas y cómodas sillas, una enorme barra de bufete, e incontables cantidades de gente hospitalizada y enfermeras a igual cantidad.

En cuanto entré, ya sea por la cara de perdida que tenía o porque tenía orden de acompañarme, una trabajadora del hospital, delgada, alta, con un largo y espeso cabello castaño recogido en una pulcra trenza de espiga, vino hacia mí con una sonrisa afable, me cogió tiernamente del brazo y me llevó hasta la zona de la barra. No conseguí ubicar a la joven a pesar de resultarme conocida, aun así la seguí con confianza y muerta de hambre.

— ¿Qué vas a querer hoy?—me preguntó la chica al llegar a la vitrina repleta de comida

Al parecer conocía a la cocinera, ya que al verme le brillaron los ojos y vino a abrazarme. Yo, asimilando el gesto de amistad, la sonreí.

— ¡Buenos días!— dijo mirándome con amabilidad— Hoy te he preparado un desayuno. ¡Tu preferido! Pero no se lo digas a nadie. Podrían ponerse celosos.

Se metió por una puerta de madera y, minutos después, volvió guiñándome un ojo.

—Lo tenía bien escondido— rio con ganas la cocinera.

Nos acompañó a la hermosa enfermera y a mí a una mesa cerca de la ventana. Puso la bandeja a mi lado, en ella estaban los más deliciosos manjares: zumo de naranja, una humeante taza de chocolate caliente, dos palmeritas con dulce sobre ellas, y un milhojas de aspecto irresistible.

—Se porta demasiado bien con nosotras, ¿a que sí?—me dijo la enfermera con los ojos henchidos de felicidad- Esta Conchita tiene un corazón de oro.

Al acabar, la joven de nombre Anna, me acompañó hasta recepción, donde la llamaron para ayudar a tranquilizar a un violento paciente en medio de un ataque de ira, Dios sabe por qué.

Yo me quedé sola, cerca de una gran puerta acristalada observando los copos de nieve caer con gracia. Deseaba salir fuera y correr por la nieve. Escuché unos pasos que venían hacia mí.

— ¡Anda! Toma esta chaqueta y disfruta del jardín antes de que se te salgan los ojos de las órbitas— era la recepcionista que, con un suave empujoncito, hizo que me acercase a la salida.

Y eso fue el estallido final, porque con un gritito de satisfacción corrí hacia la puerta, y no paré hasta internarme en el jardín de cerezos y comprobar que el edificio blanco era apenas una sombra borrosa que se veía entre la ventisca que tenía lugar en el exterior.

En cuanto pude me tiré en la nieve. El frío traspasó todas las prendas que llevaba hasta sentir el cálido arrullo de aquello que está helado. Fue una experiencia única. Saboreé cada sensación que me producía el hielo fundiéndose con mi piel. Al fin me levanté con los miembros entumecidos y tiritando. Estaba tan emocionada que grité hasta quedar sin voz, reí hasta que me dolieron todos los músculos y disfruté como nunca antes recordaba haberlo hecho.

Estuve en mi mundo toda la mañana, tarde o lo que sea; y, en este caso, el alfiler que explotó la burbuja, fue un chirrido agudo que dañaba los oídos. Di media vuelta lentamente deteniéndome en cada detalle que podría haber provocado aquel sonido. Por fin lo localicé, era una verja apenas visible, inutilizada y completamente roja de óxido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brais

Los gritos de mi madre me sacaron de mi ensoñación. Me percaté de que yo era el motivo. La miré con aire culpable, nuestro padre nos había pedido que no la estresásemos más y es justo lo que yo, inintencionadamente, había hecho. Las voces de mi madre fueron in crescendo haciendo que todo el barrio se enterarse de nuestra pelea. Vi que mi hermano mayor, Joel, le tocaba el hombro diciéndola que se calmase. Acto seguido, Evanxelina, mi madre, huyó despavorida a su habitación, llorando desconsoladamente.

Suspiré. Antes de que ninguno de mis hermanos pudiese verme, cogí un gorro, los guantes, el abrigo más caliente que tenía, y me envolví en el aire de invisibilidad que, desde que nació el quinto de nosotros, ya tenía puesto. Cerré la puerta con apenas un murmullo y exhalé un suspiro de nuevo negando con la cabeza.

Era la tercera vez en el día que me montaba una escenita así. Mis hermanos y mi padre lo sabían, pero sólo compadecían a mi madre, sin preocuparse de mi opinión. Tampoco es que esperase mucha atención. Mi madre y mi padre vinieron a este pueblo perdido en España con la intención de disfrutar de la naturaleza, pero terminaron con cuatro hijos y dos hijas. Los mayores, Joel, Cintia y Rubén, ya no vivían con nosotros; después iba yo, y tras de mí Lucas y Alexia, de diez y dos años. Yo he sido al que menos han prestado atención, sacaba mejores notas que todos, en casa contribuía como el que más, pero nunca era suficiente; solo pedía entrar en casa y que me dijesen “hola”. Era el hijo fantasma, y la situación me estaba empezando a cansar.

Hacía poco además, murió el padre de mi madre que, por desgracia, se llamaba como yo y se parecía a mí, lo que provocó que mi madre se volviese completamente loca y que mis hermanos me echasen la culpa a mí, ¡A MÍ! Que no había hecho nada para agravar la situación.

Debido a que mi vida en casa era insoportable, en cuanto podía, huía a un pedacito de cielo que alguien había puesto en mi camino. Era un precioso jardín de cerezos que descubrí por casualidad huyendo de mi padre. La nieve lo cubría todo dejando los preciosos cerezos en flor entremezclándose con el helado paisaje, el rosa daba un aspecto mágico al recinto que, como supe, pertenecía a un centro psiquiátrico.

Solía entrar por una verja lateral inutilizada en ese momento, como se podía comprobar en su aspecto lamentable. Dado que la cerradura ya la manipulé semanas antes, solo tuve que tirar de la puerta hacia mí para abrirla. Maldije para mis adentros cuando un agudo quejido resonó en un kilómetro a la redonda.

Cerré fuertemente los ojos, y tras ver que nadie me había llamado la atención, cerré la puerta soltando un suspiro. Fue entonces cuando me percaté de las huellas que llegaban hasta mí desde lejos. Elevé la vista del suelo hasta encontrarme con unos preciosos ojos color miel, muy expresivos y curiosos que pertenecía a una chica uno o dos años menor que yo. Tenía el cabello largo, suelto y rubio tirando a castaño. No podía mentirme, era una chica muy hermosa. Tenía una palidez que no llegaba a ser mortecina, era más o menos de mi altura. Lo que más me impresionó no fueron sus hipnotizadores ojos, sino su sonrisa torcida levemente hacia la derecha, juguetona, provocativa. Labios rosáceos y dientes blancos, perfectos, completaban su preciosa cara.

La muchacha extendió la mano hacia mí, regalándome una de esas exóticas sonrisas.

—Hola, soy Inma— dijo riendo— ¿y tú?

Ese fue el comienzo de una tarde maravillosa, resultó que tenía doce años, uno menos que yo, y que no sabía muy bien cómo había llegado hasta allí, cosa que me mosqueó: si no quería decirme el porqué de su presencia en el jardín no tenía por qué mentirme. Reímos, jugamos y corrimos hasta que nuestros estómagos se encontraron quejumbrosos por la presión sometida. Quedamos en vernos al día siguiente a la misma hora hubiese truenos, rayos, tormentas, inundaciones o centellas, aunque esperábamos no tener que llegar hasta tales extremos.

 

 

 

 

 

 

Anna

Esa mañana me desperté con alegría y antes de lo habitual, tras andar de aquí para allá por mi piso preparando cosas, desayunando o recogiendo algún estropicio, llegué hasta el baño casi lista para salir por la puerta. Me apliqué un poco de maquillaje y me miré por fin al espejo. Llevaba el pelo recogido en una compleja trenza desordenada. Me había vestido con cuidado y alegría, aunque sabía que tendría que ponerme encima la ropa y zapatos del hospital, pero no me importó, ese día estaba llena de energía.

Cogí mi bolso y me conciencié de llevar las llaves del coche. Al llegar al garaje abrí el coche blanco de segunda mano y lo conduje por la transitada carretera rumbo al centro hospitalario.

¡Ese día iba a ser fantástico! Aunque la pequeña Inma no lo supiese, íbamos a hacerle una fiesta dado que hoy cumplía 13 años. Sonreí para mis adentros, rezando para que la desordenada recepcionista trajese las velas.

Hice una parada en el despacho de Don Juan, mi jefe y amigo. Llamé con delicadeza a la puerta. Me abrió. Se le veía abatido y enfadado. Preferí no preguntar y dándole dos besos, me senté en una de las tres sillas que había en la sala

—Hoy es el cumpleaños de Inma— comenté intentando deshacerme del incómodo silencio.

—Ah…— dijo simplemente.

— ¿Qué ocurre?— pregunté ligeramente irritada.

—Nada, nada…— El pobre hombre bajó la mirada. Yo le observé inquisitoriamente.

—Los padres de Inma no quieren llevársela con ellos, ¡ni tan siquiera visitarla! Dicen que han rehecho su vida, ¿y qué hay de la pobre niña? ¡Por el amor de Dios!

Noté como la ira me invadía. Inma era la niña más tierna que había conocido, ¿y qué si tiene una enfermedad? ¿No es más importante que sea feliz durante el tiempo que le quede? Me quité la imagen de los padres de Inma de la cabeza. Sonreí a mi jefe. Y fui a la sexta planta para visitar a mi paciente preferida, donde todas las demás trabajadoras estaban esperándome.

Entramos a la habitación armando follón. Me dio una lástima terrible el ser testigo de una de aquellas sonrisas tímidas y asustadas que ponía cuando no se acordaba de nadie.

-¡Felicidades Inma!- le dije con alegría.- Hoy cumples trece años. Yo soy Anna, y hemos venido para celebrarlo contigo, ¿nos dejas?

La pequeña asintió convencida y clavó sus ojos en el enorme pastel de chocolate que Conchi, con esmero, había preparado.

 

 

 

 

 

 

Inma

Sentía un sabor dulce en la boca, aunque no recordaba haber comido nada. A decir verdad no recordaba haber probado un bocado en mi vida, si es que eso era posible. Me encontraba en el alféizar de la ventana, con las manos congeladas por el frío que amenazaba en el exterior.

Más allá de los cerezos logré vislumbrar una silueta difusa sentada en uno de los antiguos bancos de madera, miraba de un lado a otro, moviendo los pies con impaciencia. Forzando un poco la vista descubrí que era un chico que rondaría los trece años, me ruboricé al pensar que era guapo, muy guapo.

No sabía cuánto tiempo llevaba pegada al cristal, pero un enfermero entró para traerme la comida y el chico misterioso seguía en el blanco jardín, esperando a alguien. ˋˋPobrecilloˊˊ pensé sintiendo lástima por aquel joven ˋˋ ¿cómo puede haber alguien que te deje plantado?ˊˊ. Dos horas después se marchó con la decepción marcada en sus hermosas facciones. Negué con la cabeza mientras terminaba de hacer un puzle.

En aquel momento una joven alta, delgada y con el cabello marrón, entró en la habitación.

— ¿Qué tal tu día especial Inma?

— ¿Qué día especial?—mi pregunta no se hizo mucho de esperar.

—Es normal que se te haya olvidado, soy Anna—extendió la mano con una sonrisa en su rostro.

— ¿Suelo olvidar las cosas?— la joven me miró pillada por sorpresa.

—A veces es mejor no recordar algunas— noté la crudeza que bañaba sus palabras.

— ¿Y el amor? ¿El amor se olvida? —mi pregunta hizo que su mirada transmitiese ternura.

— ¿Te has enamorado?— la enfermera me observó con curiosidad.

—Eso tendrás que decírmelo tú, porque yo no me acuerdo —me reí con ganas, intentando olvidar que lo olvidaba todo, mi deseo se hizo realidad.

—Si te has enamorado tal vez no lo recuerdes, pero tampoco lo olvidarás, nunca. —Anna pensó que no la había escuchado.

Oí cómo los pasos de la enfermera se perdían por la lejanía del pasillo. Mi habitación apestaba a compasión, melancolía y otro perfume que no logré descifrar, cerezos, quizá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Brais

¿Cómo es que sentía esta presión en el pecho? ¿Cómo es que me ahogaba el dolor por alguien que conocía de un día? ¿Cómo es que en sueños sólo evocaba su cara y en vida solo pensaba en su mirada? Intenté mentirme, auto convenciéndome de que esa chica dulce e inocente no me importaba, que me daba igual que ayer me diese calabazas, que este dolor que sentía no era por su causa.

Mi madre me miraba desde el otro lado del pasillo con los ojos llorosos, estos últimos meses había empeorado. A veces tenía momentos de lucidez, en los que parecía la de antes; pero otros, como ahora, estaba ida. Olía desde aquí la locura que emanaba de su cuerpo.

En momentos como este me daba miedo, así que hui escaleras abajo, cogiendo el abrigo y saliendo por la puerta, abandonando a Evanxelina. No es hasta que me encontré frente a la oxidada verja, cuando me di cuenta de que un miedo atroz me envolvía: miedo al fracaso, miedo a lo que Inma pudiera decirme.

El jardín estaba tranquilo. Como ya era usual, una gruesa capa de nieve cubría el paisaje contrastando con los tonos rosáceos de los cerezos en flor. No se veían huellas en la nieve, por lo que deduje que ni Inma, ni ninguna otra persona, había estado jugando o paseando en este mágico entorno.

Debía de haber unos cinco grados bajo cero, pero lo único que sentía era el viento arrullándome y empujándome a buscar a esa chica que, sin quererlo, se había metido en lo más hondo de mi corazón. Me acerqué hacia el edificio del sanatorio, era completamente blanco, con numerosas ventanas, la mayoría con rejas. Una gran puerta acristalada me daba la bienvenida. Entré notando cómo el cambio de temperatura hacía que mis manos se enrojecieran. La recepcionista me miró fijamente intentando ubicarme como familiar de algún paciente. Me acerqué tímidamente mientras intentaba inventarme una buena excusa. La mujer debía rondar los cuarenta y tantos, era rubia y bastante descuidada, como atestiguaban todos los papeles que se repartían alrededor de la mesa.

—Buenos días—dije intentando sonar seguro.

—Buenos días, ¿qué desea?—la señora me miraba con curiosidad.

—Busco a Inma—intenté que no sonase muy sospechoso.

La cara de la mujer cambió envolviéndose en un aura de compasión hacia mí.

— ¿Eres un familiar? —me preguntó con voz melosa.

—Eeer… Sí, soy su primo, aunque sus padres…. Mis tíos, no saben que he venido—a pesar de que soné vacilante, la mujer asintió.

—Eres el único que ha venido a verla, así que no voy a mentirte, tu prima está muy mal, su enfermedad ha evolucionado demasiado rápido. — No entendía nada—entró con ligeras pérdidas de memoria, pero últimamente su cuerpo ha olvidado cómo funcionar también—ˋˋes una pacienteˊˊ dije para mí intentando visualizar a Inma como una demente, pero a mi cabeza sólo acudía la imagen de mi madre.

Debí de haber perdido el color en mi cara, porque la mujer hizo que me sentase en un sillón y me hinchó a caramelos de menta. Quise pensar que era una broma, que había sido una equivocación. Pero todo tenía sentido.

—Quiero verla…. —murmuré en voz casi inaudible— quiero despedirme.

La mujer debió de haberme escuchado, porque me ayudó a levantarme y me dio un papel con la habitación donde se encontraba. Intenté buscar algo que decirla, algo que la tranquilizase, algo que la curase, pero no encontré nada, no sabía qué narices pretendía hacer. Aun así, caminé hacia la habitación con miles de cuchillos molestando en mi estómago. Intenté regularizar mi respiración pero las lágrimas amenazaban con aflorar. Debía ponerme una máscara de felicidad, por ella, por la inocente chica que hacía que brillase, que fuese yo.

No sabía cuándo ni cómo, pero estaba corriendo como alma que lleva el diablo, llegando en un santiamén a la habitación. Me quedé completamente quieto, evitando entrar. Mi mano ardía mientras agarraba el picaporte con fuerza. Respiré hondo y la abrí. El olor a medicamento se coló por mis fosas nasales. Por la ventana solo entraba una fina línea de luz, que me permitió llegar hasta la cama. Inma parecía un ángel, con los ojos cerrados, los labios fruncidos y el cuerpo relajado. Temí no haber llegado a tiempo.

—Inma, Inma por favor—dije aguantando toda la tristeza que me envolvía —Inma….

Estaba susurrando. Me encontraba de rodillas, sujetando la pálida y suave mano de la chica, mientras observaba cómo la vida la abandonaba de una manera brutal. Observé su rostro, intentando que sus facciones quedasen marcadas en mi memoria para siempre. Entonces sus ojos se abrieron, noté la confusión que la invadía. Clavó su vista en mí, sin que hubiese ningún indicio de que supiese quién era. Me quedé paralizado, con sentimientos contradictorios en mi interior.

—Inma…— quise decirle tantas cosas que estas se agolpaban en mi boca, haciendo que sólo saliese un sonido de ella —te quiero.

Ya no pude evitarlo, los ojos comenzaron a llorarme. Los suyos también. No iba a lamentarme en un futuro de no haber hecho lo que realmente quería hacer, así que me acerqué con sumo cuidado. Nuestros labios se rozaron, sentí calor, frío, confianza, amor, inquietud, tristeza. Agarré su cabello con los dedos y sentí sus brazos enroscándose alrededor de mi cuello. Percibí el sabor salado de nuestras lágrimas fundiéndose en mi boca, no deseaba apartar los labios, quería seguir teniendo su rosácea boca junto a la mía. Escuché su risa serena ahogándose cuando nuestros labios entraban en contacto. Era una carcajada corta, sincera y llena de la vida que desaparecería de su interior en tan solo unos instantes.

La miré con tristeza y rabia, ¿por qué me hacía esto? Pero sus ojos sólo expresaban amor y gratitud hacia mí.

—Brais—dijo con un hilo de voz. Tragó saliva sin apenas fuerza —Te quiero.

Su pecho dejó de subir y bajar, su mano cayó hacia la derecha sin fuerza, su corazón ya no latía y yo, supe que me había brindado algo más bonito que una promesa, unos bombones o un beso: me había regalado el último y único recuerdo que a lo largo de su vida su alocada cabecita había retenido, el último y único recuerdo que tenía de trece años de vida.

Vi que una enfermera observaba desde el umbral de la puerta, era alta, delgada, y con el cabello castaño recogido en una trenza desordenada.

—No, el primer amor nunca se olvida—dijo mientras se marchaba.

Y entonces los copos comenzaron a caer, y el frío no importó más. Maldije, en silencio, al jardín de cerezos.