El peso del silencio

El silencio de la sólida construcción de piedra era místico. Las paredes se extendían hasta el techo estrellado, crecían, buscaban alcanzar una espiritualidad. La panacea. Columnas, contrafuertes, arcos apuntados, nervios, todo contribuía a la creación de una construcción que absorbía agua por todos lados. La humedad, sin embargo, no hacía acto de presencia, se encontraba en un estado inquietante de latencia.

Los pasos resonaban de forma sorda, los dedos desnudos se contraían huyendo del frío, eran saltos, una huida muda, desconocida. El aire salía humeante de su nariz, su mano agarró la escarcha del jardín. El claustro ahogó una trémula queja.  Los ojos al techado de madera, esperando la temida llegada, las túnicas marrones, esa pesadilla con la boca cosida, con los labios sellados, con los ojos vengativos, con una violencia que no admitía respuesta.

El escalofrío llegó incluso antes de escuchar lo que parecieron miles de pasos acercarse. Ella entonces se acurrucó, los pies aún desnudos, los ojos cerrados, los oídos tapados, las manos temblando, las lágrimas resbalando. ¿Por qué? ¿Desde cuándo? Intentó convencerse de su invisibilidad; convertirse en testigo de su vida, en vez de protagonista. Imaginarse las grietas del claustro románico era fácil, los arcos con redondeles, los árboles, el pozo del jardín. Intentó insensibilizar su piel, no sentir las huesudas manos agarrándola del brazo, los arañazos, los tirones de pelo. No, a ella no la estaban arrastrando por el helado suelo. No, no era ella, era a otra niña. Ella era Dios, ella lo veía todo desde lo alto. Esos hombres con capucha no le eran conocidos, tampoco sintió la patada ante su pasividad, ante su inmovilidad. Con la bofetada perdió el conocimiento.

Abrió los ojos. Tapó los moratones de la cara de manera automática, con el maquillaje que el abad dejaba en su tocador cada mañana. Se puso las primeras prendas que se encontró, con sus únicos zapatos, y se recogió el cabello en una coleta suelta. Suspiró frente al espejo, y salió de la celda que debería llamar habitación. No cogió nada. Dejó la cama hecha, el armario lleno. Sus pasos habían aprendido a ser silenciosos por el monasterio, apenas un fantasma. Así llegó hasta la salida, y, sin mirar atrás, se alejó de forma tranquila. Habían pasado dieciocho años de un calvario, quenadie podía asegurar que no fuese a repetirse.

Nadie se acercó. Nadie se despidió. El mutismo de los frailes le acompañó incluso entonces, igual que las cicatrices que adornaban su cuerpo. No lloró, solo echó a andar calle abajo, consciente de su desconocimiento en cuanto al mundo.

La primera persona que se encontró parecía emitir un sonido, ¿eso era hablar?, ¿a eso se referían los libros de la biblioteca del monasterio?, ¿cómo responder?, ¿cómo hablar cuando nunca te has encontrado a alguien que lo haga? Simplemente negó, como hacía el abad cuando ella no respondía con sus actos.

               Catedral de Ávila

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