Archivo | marzo 2016

Paranoia

El hombre entró al reducido espacio. Botones a la izquierda pintados de vivos colores lucían incansables frente al ronco silencio derredor. Suelo enmoquetado y techos altos componían aquel ascensor. Un hombre le miraba, curioso, con la cabeza ladeada y la mirada fija en su persona. Vestía con chaqueta, pantalones y camisa, un sombrero rodeaba su cabeza y unos zapatos de charol resguardaban sus pies.

—Hola—murmuró el recién llegado con timidez.

Al instante la otra voz contestó lo mismo, con exacta timidez. Apenas se percibía el traqueteo del aparato.

—Mi mujer me engaña—confesó el hombre sintiéndose expuesto—. Por eso vengo aquí. Me traiciona.

Ambos dos se tensaron, con la mirada perdida y los puños cerrados.

—Según el especialista no se deben usar palabras con connotación negativa o violenta —una voz volvió a romper el silencio— ¿tienes algún diccionario?

De nuevo el incansable rum rum como respuesta.

—No. No, es verdad. ¿Por qué deberías tener un diccionario a mano? 

Un papel cayó al suelo con ligereza. Los señores se agacharon a por él.

—No se moleste, hombre— dijo uno de ellos cogiendo la hoja— es personal.

Los dos se levantaron nuevamente situándose frente a frente.

— ¡Mire usted que coincidencia que tengamos las mismas iniciales!— dijo analizando atentamente la ropa de su acompañante, donde, bordadas aparecían las letras J. M. B. — ¡Espere! Esos son mis zapatos, ¡qué hace con ellos!

Pupilas dilatadas, labios fruncidos, músculos tensados y sangre bullendo por el enjuto cuerpo del hombre.

— ¡Tú! ¡Tú! Valiente cabrón tú eres el amante de mujer. ¡¿Qué querías?! ¡¿Reírte de mí poniéndote mi ropa?! 

Ambos se llevaron la mano a la espalda.

—Veo que vas armado —dijo el cornudo con una sonrisa maligna en su rostro— ¡¡Pero yo también!!

Dos manos volando por el espacio con un idéntico cuchillo resbalando peligroso entre sus dedos. Perlas de sudor surcando sus nudillos y llegando al filo. Un chasquido. Y miles de cristales clavándose en la carne del hombre, sobrevolando el pequeño aparato y chocando contra las paredes. Apenas dos trozos de vidrio quedaron intactos formando lo que antes era un espejo; en ellos se reflejaron dos ojos grises, con pupilas dilatadas, enrojecidos, mirando hacia una sangrante mano que aún sujetaba un cuchillo, ahora destrozado. 

El ascensor se abrió con un silbido, dejando entrar un leve airecillo y murmullos de gente que aguantaba la respiración. El aparato ahora se mantenía quieto en aquella primera planta donde numerosos doctores atendieron al hombre herido.

Una mujer que presenció cómo se llevaban al enfermo en una camilla encontró un papel arrugado en el suelo. Lo abrió con curiosidad y negó con la cabeza:
“José María Benítez del Canto
Diagnóstico: esquizofrenia aguda, trastorno de doble personalidad, trastorno bipolar.”

Menos mal, se dijo la mujer, que no había conseguido ni tan siquiera salir del psiquiátrico.