Archivo | junio 2016

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)