Archivo | octubre 2016

Bienvenidos a Olvido

Me despiertan los destellos anaranjados que colisionan contra los árboles y se filtran entre sus hojas; me lamen los pies desnudos, me reconfortan. Sé que en breve desaparecerán junto con el Sol, abriendo un vacío infinito sobre mi alma.

La cabeza me está martirizando, pero lo que realmente me hace salir del trance es un dolor agudo en la la mano. Miro hacia ella sin saber qué me voy a encontrar. Una venda amarillenta y desgastada la cubre desde los nudillos a la muñeca, la desenvuelvo con delicadeza, descubriendo un enrojecido cinco, escrito con una caligrafía hermosa.

Me encuentro tendida en la hierba, bajo una enorme haya, el centro de este mágico bosque bañado por la tenue luz del gran astro. Analizo mi alrededor. Observo dos curiosos objetos que descansan protegidos entre las raíces del árbol: un desgastado libro con cubierta de cuero en la que se lee con dificultad “cuaderno de recetas”, y un cuchillo pequeño, de hoja fina y aspecto amenazante.

—Escoge —una voz metálica se propaga por el espacio instándome a elegir con rapidez.

Obedezco, apretando fuertemente la libreta contra mi pecho.

—Bienvenida a Olvido, procura no morir.

Me levanto con dificultad, como si fuese la primera vez que me yergo. Giro sobre mis talones, intentando averiguar de dónde procede la voz, intentando acallar las preguntas que se suceden por mi mente en estos momentos, intentando entender.

—¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? —Las palabras se extinguen conforme salen de mis labios.

—Nadie, nada y todo. —Mi mirada barre el espacio en cuestión de segundos—. La verdadera pregunta es si mereces vivir, si lucharás por tu vida.

—¿Por qué no recuerdo nada?

—El que no ha vivido experiencias saca su esencia. Tú ya has hecho tu primera elección optando por la inteligencia y no la agresividad. Yo te he escogido, no me decepciones.

Solo quiero salir de aquí, descubrir quién soy, cómo soy. Guardo la libreta pegada al corazón, en el único bolsillo que posee el camisón beige que cubre mi cuerpo hasta las rodillas. Comienzo a caminar sin rumbo, dispuesta, al menos, a encontrar a las otras cinco personas, si es que existen. Yo soy cinco, al menos eso dice la marca cicatrizada de mi muñeca, sé que no estoy sola.

El crujir de una rama, los pájaros alzando el vuelo, el repentino silencio. Retrocedo hasta toparme con otra haya, miro nerviosa frente a mí sin encontrar a nadie. Un escalofrío asciende por mi espalda, paralizándome. Lo primero que siento es el tacto frío, después la sensación cortante, las gotas escarlata resbalando. Mi enemigo se ha acercado sigilosamente por detrás, acorralándome. Leo en su antebrazo un bonito dos. Intento apartar el filo de la navaja para liberar mi cuello del dolor; de pronto la presión cede.

El cuerpo de mi antiguo contrincante se desploma con un golpe seco. Es apenas un adolescente, con las manos empapadas de sangre. Arrodillado sobre el cuerpo observo una segunda figura, una mujer. Esta me mira, pero no hay vida en sus ojos. Corro lo más rápido que puedo, girándome una única vez durante los segundos justos para ver el cuchillo que se acerca con rapidez, hambriento de vida, clavándose en mi pecho. Mis piernas fallan, el cansancio me invade, noto algo húmedo y ardiente extenderse por mi piel, romper la tela. Palpo la sustancia creyendo que es sangre, mas es tinta. Tinta procedente del libro, en el que solo quedan las amarillentas páginas.

Mi asesina se encuentra tirada en la mullida hierba, con los ojos abiertos y el corazón quieto. Alzo mi cuerpo hacia la Luna, la noche ha caído sin darme cuenta, las estrellas son testigos vivos de que he sobrevivido. Abro el cuaderno de recetas por primera vez: “Has sido la elegida” dice la página, que parece haberse escrito sola. El siguiente mensaje aparece días después: “Sé fuerte, no te rindas, tienes la oportunidad de vivir, de crear una raza que no destruya el mundo”.

Llevo tres años en lo que, he descubierto, es una isla. Quizá solo fuimos cinco, quizá más, mas soy la única superviviente, todos murieron consecuencia de una violencia tácita. La voz metálica no se ha manifestado, los cuerpos han desaparecido y mi tatuaje se ha borrado. Lo único que continúa conmigo es la confusión, la esperanza y, por supuesto, el cuaderno de recetas, que dice ser el alma de esta mancillada tierra. Dice haber destruido a la humanidad. Dice haberse llamado Dios. Pero dice tantas cosas…