Archivo | febrero 2020

Si quedase cielo, Madrid

Grito. Grito con amargura, con odio, con rencor. Grito en el silencio en el que me han sumido. El alarido se funde con las últimas luces anaranjadas del ocaso, ocultándose tras los imponentes edificios de la Gran Vía.

Impotencia, porque veo cómo el tiempo, ya indomable, es aún más impredecible por la codicia humana, por jugar con un planeta que nunca nos ha pertenecido, creyéndonos dioses de un mundo que ahora nos amenaza con un voraz jaque. Observo esos últimos rayos de sol, enturbiados por la continua nube de gases impronunciables. Los observo con lágrimas ardientes. Impotencia de nuevo. Pienso en aquellas personas que se encuentran desprotegidas en los soportales de calles sin nombre. Tristeza ante el futuro de los recién nacidos, ¿qué excusa pondrás, entonces, desde tu tumba?

Envolverás en un halo de invisibilidad al que sufre, porque tú eres cómplice de lo que ocurre, tú y tú conformismo, tú y tú obsesión por no mirar hacia el resto.

Tú, Madrid, eres la causante de la injusticia acallada con el tráfico infernal. Tú, eres asimismo la única que puede solucionarlo, porque en tus calles aún resuena esperanza y solidaridad. Cierra los ojos. Respira. Está en tu mano que todo o nada cambie.

La paradoja del que no vuela

Los rayos nacientes me mecen, trasladan su energía por mi cuerpo, me despiertan. Levantarme, enfrentarme al espejo, llorar. Llorar porque mis ojos cada vez son más grises, y mi cuerpo más viejo. Desayunar una taza de café insulso. Salir de casa, andar, llegar a un trabajo al que ya no encuentro sentido, entre viñedos que ya no siento míos, para lograr hacer un vino que hace tiempo que no pruebo.

El sol baila de este a oeste, desaparece comido por tinieblas. Me voy. Sin prisa, mirando al suelo y apartando la tierra en cuyas entrañas nací. Sobrepasar el dintel y enjugar las lágrimas que se secan irremediablemente. Quiero huir. No tengo alas. Pero tampoco lucho por conseguirlas.