Archivo | marzo 2020

En medio de la crisis

Viernes, 20 de marzo de 2020

Y sin saber cómo ni por qué llueve. Llueve en un incierto Madrid, en un Madrid solitario y susurrante, en el que el eco de las gotas golpeando contra la durmiente acera parece atronador.

El aguacero de conciencia baña una ciudad en la que miles de agitadores piden solidaridad. ¿Será esa tormenta la que purgue realmente una sociedad consumida? ¿Logrará esta realidad que salgamos del egocentrismo que el capitalismo nos ha inculcado?

Ajena a todo esto Madrid duerme, sueña, vive en un aislamiento físico que, de una vez por todas, combina con nuestras maravillosas cabezas. Una paradoja como la que vivimos hoy: la globalización ha sido la causante de un virus que solo esa misma conciencia mundial podrá salvar.

Pero, una vez más, el optimismo explota como una pompa recién soplada, porque las lecciones morales se han convertido en campañas políticas, porque lo puro se ha teñido de sangre y lo indómito huye despavorido ante la amenaza de los absolutos.

Quizá la próxima vez que llueva Madrid. Quizá.

Luna

Suena un chasquido metálico en medio del crepúsculo. Se oyen los murmullos de una conciencia inexistente. La sangre de ambos confluye en el suelo, como si esa mezcla fuese suficiente perdón para la remisión de sus pecados. 

La luz parpadeante de la farola más cercana ilumina ese tramo de la Castellana.  Una macabra imagen que yace inconsciente en la acera. 

Uno de los corazones dejó de palpitar; el otro, de sentir. 

Amanecerá tras la huida de la Luna, cuyo testimonio no podrá ser tenido en cuenta. Ella, mujer silenciada, tampoco podrá alzar la voz. No podrá relatar que oyó gritos en la ciudad durmiente, que ella no fue consciente de cómo le agarró de la mano el chico, de cómo la presión fue mayor que otras veces. El puñetazo en el estómago sí fue parecido al de la noche anterior, el beso que vino después, quizá más amargo. La caricia en el rostro, y el “lo siento” que murmuró en su oído. 

Ella estaba paralizada. El cabello lacio en su espalda, la minifalda ajustada, los tacones altos, la mirada café en el cielo y los pies en la tierra. Una lagrima ardiente se deslizó llevándose parte del maquillaje que había sido cuidadosamente elegido para la ocasión, para celebrar su primer año juntos.

Todo daba vueltas a su alrededor, los oídos embotados. Tiró la botella de alcohol que se fragmentó en mil pedazos. La comprensión de que se había dejado dominar. El convencimiento de que debía huir…

Una huida que acabó con el cuello de la botella en su estómago. Su vida saliendo a raudales por el lugar donde se atisbaba el nuevo moretón.

En tan solo unos segundos su brillante futuro se convirtió en un cuerpo exánime.

Y él, en el egoísmo de su sexo, se quedó quieto, la mente vacía. Incapaz de ser responsable de sus actos, con la mano sangrante sosteniendo el cristal que se convertiría en homicida de su propia vida.

Pero  amanecerá, y la Luna no podrá contar lo que vio, por lo que el caso se cerrará, su historia pronto dejará de ser comentada, y el feminismo volverá a parecer innecesario.