Archivo | marzo 2020

9 de mayo de 2019

Coge tu pluma, poeta. Cógela con fuerza y escribe. Escribe tu historia. Escribe. Deshazte de la invisibilidad mundana que te envuelve. Escribe y vuela. Escribe. Deja que la tinta empape el papel. Deja que tus dedos ensucien sus bordes. Deja que tu imperfecta obra sea reflejo de tu vida. Pon las comas, describe cada nombre y pon el punto final. Pero no llegues, aún no. No acabes, al menos no todavía. Continúa tiñendo con alquitrán la blancura del mundo. Pasa el color de tus venas al folio. Adelante. No te juzgo, poeta.

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)

Con vistas al mar

Se giró al escuchar el grito. Un metrónomo comenzó a medir en tintineos metálicos el poco tiempo que le quedaba. Tic, decenas de rostros desconocidos observaban su vientre entre el terror y el más absoluto desconcierto. Bocas abiertas por las que se escapaban aullidos o mudos lamentos, y sobre todo, un comienzo de movimiento cuyo objetivo era huir.

Tac, no se movió, sabía qué era lo que atenazaba su cintura. El pavor se expandía por sus miembros, paralizándola. La gente se daba la vuelta deseando empezar la zancada que pudiese salvarles la vida. No sabían que era inútil, no querían rendirse.

Tic, intentó grabar a fuego en su memoria el paseo marítimo: las farolas parpadeantes, las gastadas tablas de madera, el rumor húmedo del mar, la creciente marea, los bikinis floridos, los helados de innumerables sabores. Algo se coló en su recuerdo, algo que no quería que estuviese ahí: las caras aterrorizadas de turistas y lugareños.

Tac, pensó en pedirles perdón por arrebatarles aquellos años, meses o, tal vez, días de vida, pero sabía que apenas comenzasen a salir las palabras por su boca se silenciarían. Era una víctima más. No quería haberlo hecho. La obligaron amenazando la vida de su hijo, que posiblemente estuviese muerto. Dolía, dolía mucho. Sí, reflexionando, era culpable, debería haberse negado, haber muerto con la conciencia tranquila. 

Tic, la gente se alejaba alcanzando hasta dos inservibles metros de distancia. «Cuántos pensamientos en tan pocos segundos» se dijo mientras resbalaba una lágrima de culpa por su mejilla. La humedad salada del mar le permitió sobrellevar la sensación abrasadora que comenzó a nacer de su vientre.

¡BOOM! Las tablas se consumieron al explotar la bomba, silenciando los gritos que aún continuaban suspendidos en el aire, recordando a las 17 víctimas.

Puesta de sol desde la playa de Gerra (Cantabria)

Si te dicen que me fui

Mayo 2019

Mirada perdida. El aroma a café envolviendo la sala. Golpes rítmicos sobre la mesa de una cocina pulcramente recogida. El ruido de una cafetera Nespresso expulsando el amargo líquido por décima vez en el día. Los sonidos cesaron. La joven se levantó de la silla, cogió la taza y migró a la otra punta del piso. 

La cama estaba sin hacer, las cortinas echadas. Las persianas continuaban sin embargo subidas, a pesar de que la llegada del velo nocturno era ya inminente. Apartó la tela con suavidad. El coche seguía ahí, parado en medio de la calle desierta, los faros encendidos y el motor apagado. Se trataba de un Seat León de hacía al menos diez años. El silencio era aterrador.

La chica se apartó con rapidez del cristal, respirando con dificultad. Sabía lo que ocurriría a continuación. Latidos acelerados, dolor de pecho. Cogió la medicina antes de que el ataque de ansiedad alcanzase el clímax. Se dejó caer sobre la taza del váter. Ya no sabía si era sudor o lágrimas lo que descendía por sus mejillas. Estaba agotada. Se permitió desbloquear el móvil para consultar el calendario. «La última vez» se prometió. Efectivamente, este se afanaba en avisarle de que en pocas horas tendría lugar un evento al que había sido convocada hacía días. Sí, ese día encontró en la bandeja del e-mail una invitación que no buscaba su aprobación, “mudarse de barrio” era el asunto, pensó que era una broma de mal gusto. Eliminó el correo. De nada sirvió. El acontecimiento se adhirió a su móvil, comenzando una cuenta atrás imparable. 

Su cuerpo dejó de convulsionar. Posó los pies desnudos sobre las frías baldosas de mármol, dejando que el escalofrío ascendiese por su gemelo, borrando en un instante sus preocupaciones. 

Un golpe seco acabó con la taza de porcelana, una mancha parduzca se extendió sobre el suelo. El reloj de su mesilla comenzó a sonar: medianoche, empezaba un nuevo día. Saltó la notificación en su teléfono. Un coche arrancó en la calle. La chica se levantó, pisando los fragmentos punzantes, dirigiéndose hacia la puerta de salida. Sangre y café se mezclaban en sus pies, cosa que arrastró hasta el León que esperaba paciente frente a su portal. Se subió al coche, que se movió al instante. 

Se atrevió a girar la cabeza, clavando su mirada en las pozas vacías del chófer. Sabía que había sido acusada de un crimen para el que no tenía coartada. Sería juzgada y condenada, aunque aún no supiese por qué.

El paisaje a su alrededor se iba desdibujando. Ya no había árboles, ni edificios. Ni rastro de señales, farolas o carretera. Parecía que el vehículo estuviese atravesando un valle de sombras. Un reino sumido en un silencio atronador. 

Goma quemándose. Un chirrido que la hizo estremecer. Su puerta se abrió tras el frenazo. Dudó. No quería bajar. De nuevo sudor y lágrimas partiendo de un lugar cercano a su sien. 

—Bájate, tengo más visitas que hacer — la voz del conductor era grave y profunda, inhumana incluso.

Ella obedeció. Quedando sola y sumergida en tinieblas. Siempre había querido saber cómo era la muerte. Desde luego no se esperaba que fuese un viaje en un Seat León antiguo, avisada con una notificación fijada con antelación. Respiró de nuevo. Un aroma a café y sangre inundó sus fosas nasales. «Olor a casa» pensó con una sonrisa amarga.

Recordando a la abuela

Julio 2019

Me preguntas cómo definiría la casa de mi abuela. Fácil. Sólida, segura. Era un cuarto piso sin ascensor, unas escaleras infinitas que hacían que el estómago rugiese de hambre. Hambre de tiempo con ella, con mi ángel. La puerta tenía tres pestillos, que resonaban con el eco del pan. Ese que horneaba diariamente a la espera de visitas.

Recibimiento del parqué marcado por el paso del tiempo, el olor a casona con historia, la colección de figuras de porcelana. Ni rastro de la abuela en el salón. En la cocina resonaban cacharros. Allí estaba, con su delantal de colores y sus andares risueños, al lado de la nevera adornada con recordatorios de citas médicas. “Cargar pilas” con abrazos de milisegundos. Y hablar, siempre hablar.

Sí, la casa de la abuela eran palabras que danzaban en el aire, que resonaban en el corazón. Ella no había podido estudiar, era ama de casa, hija de republicanos, huérfana de madre, confiada en un “no pasarán” que cayó con la ciudad de Madrid. Nada la había parado. Leyó para aprender, fue feliz para luchar contra la pobreza.

El reloj daría la una y la abuela preguntaría qué me apetecía comer. Cortaríamos verduras mientras me preguntaba, mientras leía en mi interior mis preocupaciones, borrándolas con su nana amorosa. Huérfana, madre, abuela y viuda. Sin embargo, frágil no parecía definirla.

La casa de la abuela, respondiendo a tu pregunta, es, como ella, inspiración.

En medio de la crisis

Viernes, 20 de marzo de 2020

Y sin saber cómo ni por qué llueve. Llueve en un incierto Madrid, en un Madrid solitario y susurrante, en el que el eco de las gotas golpeando contra la durmiente acera parece atronador.

El aguacero de conciencia baña una ciudad en la que miles de agitadores piden solidaridad. ¿Será esa tormenta la que purgue realmente una sociedad consumida? ¿Logrará esta realidad que salgamos del egocentrismo que el capitalismo nos ha inculcado?

Ajena a todo esto Madrid duerme, sueña, vive en un aislamiento físico que, de una vez por todas, combina con nuestras maravillosas cabezas. Una paradoja como la que vivimos hoy: la globalización ha sido la causante de un virus que solo esa misma conciencia mundial podrá salvar.

Pero, una vez más, el optimismo explota como una pompa recién soplada, porque las lecciones morales se han convertido en campañas políticas, porque lo puro se ha teñido de sangre y lo indómito huye despavorido ante la amenaza de los absolutos.

Quizá la próxima vez que llueva Madrid. Quizá.