Archivo | julio 2020

Luna

Suena un chasquido metálico en medio del crepúsculo. Se oyen los murmullos de una conciencia inexistente. La sangre de ambos confluye en el suelo, como si esa mezcla fuese suficiente perdón para la remisión de sus pecados. 

La luz parpadeante de la farola más cercana ilumina ese tramo de la Castellana.  Una macabra imagen que yace inconsciente en la acera. 

Uno de los corazones dejó de palpitar; el otro, de sentir. 

Amanecerá tras la huida de la Luna, cuyo testimonio no podrá ser tenido en cuenta. Ella, mujer silenciada, tampoco podrá alzar la voz. No podrá relatar que oyó gritos en la ciudad durmiente, que ella no fue consciente de cómo le agarró de la mano el chico, de cómo la presión fue mayor que otras veces. El puñetazo en el estómago sí fue parecido al de la noche anterior, el beso que vino después, quizá más amargo. La caricia en el rostro, y el “lo siento” que murmuró en su oído. 

Ella estaba paralizada. El cabello lacio en su espalda, la minifalda ajustada, los tacones altos, la mirada café en el cielo y los pies en la tierra. Una lagrima ardiente se deslizó llevándose parte del maquillaje que había sido cuidadosamente elegido para la ocasión, para celebrar su primer año juntos.

Todo daba vueltas a su alrededor, los oídos embotados. Tiró la botella de alcohol que se fragmentó en mil pedazos. La comprensión de que se había dejado dominar. El convencimiento de que debía huir…

Una huida que acabó con el cuello de la botella en su estómago. Su vida saliendo a raudales por el lugar donde se atisbaba el nuevo moretón.

En tan solo unos segundos su brillante futuro se convirtió en un cuerpo exánime.

Y él, en el egoísmo de su sexo, se quedó quieto, la mente vacía. Incapaz de ser responsable de sus actos, con la mano sangrante sosteniendo el cristal que se convertiría en homicida de su propia vida.

Pero  amanecerá, y la Luna no podrá contar lo que vio, por lo que el caso se cerrará, su historia pronto dejará de ser comentada, y el feminismo volverá a parecer innecesario.

Excesos

Le miré fijamente. Quieta. Con los pies desnudos sobre la pulida superficie de mármol. La camisa aún desabotonada, sosteniendo chaqueta y abrigo con las manos temblantes. No podía dejar de observarle. Se iba quebrando poco a poco al ser consciente de lo que había hecho. Era tarde. Demasiado tarde.

Me ardían los ojos. Cuando la primera lágrima se derramó, yo ya estaba en la calle, apoyada en la puerta de entrada a la mansión. No me atreví a moverme. Simplemente dejé que mi espalda se deslizase por la puerta, mis piernas sobre el porche, la vista fija en la colección de coches de Marcos.

Me cubrí el rostro con las manos, mis pies tapados con el abrigo. El frío no me importaba, que estuviese medio desnuda tampoco. Lo único que parecía destacar era el dolor. Dolor por haber sido tan ciega, dolor porque me habían traicionado. Dolor porque no había podido resistirme. Ahora sí, sollocé, y entre mis sollozos podía sentir a la razón de mis males al otro lado de la puerta. Demasiado cobarde para disculparse, demasiado bueno para mantenerse indiferente ante mi dolor. En todos los aspectos era demasiado.

Nosotros éramos ese tipo de relación adolescente tóxica. Con la diferencia de que yo tenía 25 y él 30. Demasiado mayores para aguantar. Siempre hubo demasiado: demasiados gritos, demasiada pasión, demasiados celos, demasiada alegría. No íbamos a cambiar. Ambos lo sabíamos.

En cuanto me levanté se abrió el portón de salida a la calle. No quise mirar hacia atrás, solo anduve, con el asfalto arrancándome la piel, y la vida saliendo a raudales de mi boca. Abrí el coche, metí la llave, y esperé diez minutos más, escudriñando absorta la desierta calle. Pero él no salió, demasiado orgulloso. Arranqué, consciente de que antes de que saliese a la M-40 él ya estaría hasta las cejas de la cocaína que me prometió tirar.

–Que le jodan –dije poco convencida mirando hacia la autovía.

Es entonces cuando empecé a acelerar. El último número que vi en el contador fue 180, en ese momento los ojos se empañaron y grité. Pronto los gritos se acallaron por el impacto contra el quitamiedos. El zarandeo y el silbido de los airbags estallando me dieron paz. Creo que me reí como una maníaca, al menos eso creo, porque no recuerdo nada más. No sentí dolor, no sentí el roce del cinturón en tensión, no sentí absolutamente nada.

La ambulancia llegó, supongo. Al final resultó que la que era demasiado era yo, porque él estaba loco de rabia y de amor, yo solo de lo último. Su rabia le hizo tirar la cocaína por el váter; mi amor, suicidarme con la velocidad como arma homicida.