Archivo | octubre 2020

El juicio de las naciones

Respiró hondo antes de entrar al infinito edificio acristalado. Caminó de frente, orgullosa, mirando con indiferencia a la recepcionista de sonrisa fingida. Se dirigió directamente al ascensor, sabiendo que, al entrar, no habría vuelta atrás.

Planta 40.

Sintió el suelo vibrar bajo sus pies con el ascenso. Giró la cabeza, apartándola de los botones parpadeantes, y situándose frente al espejo. No se molestó en sostener la máscara, no era feliz: los tacones dolían, el top le oprimía, la blazer pesaba y el maquillaje le daba un aspecto acartonado a su piel. Era un recipiente en el que resurgían las profundas grietas, el sinsentido de vivir, la incertidumbre del que muere.

Volvió a la realidad con la repentina parada. Anduvo el pasillo hasta la puerta 6, y esperó. Esperó a que la voz la llamase, mientras los segundos se hacían horas, y su mirada saboreaba la puerta contigua, coronada por un número 7 inalcanzable.

–Es su turno. –Giró la cabeza para comprobar que, efectivamente, estaba sola en la sala de espera.

–Bienvenida, tome asiento, ¿puedo tutearle? –Era un hombre de mediana edad, con ojos profundos que parecían esconder los secretos del mundo.

La mujer asintió brevemente, recostándose sobre el diván aterciopelado.

El silencio se instaló en la sala, como participante ineludible de la conversación.

–¿Qué ha ocurrido? –la voz del hombre resonó en la sala, severa y comprensiva, una dicotomía imposible.

–ELA ­–musitó, mirando directamente al terapeuta– ha sido fulminante.

Los golpes rítmicos sobre el sillón acallaron al silencio, como aquel que no quiere escuchar sus pensamientos. Fracasó. Sabía que no estaba siendo sincera.

–35 años. 35 narcisistas años en los que realmente no he hecho nada. Y ahora, ¿qué?

Él se mantuvo impertérrito, sosteniendo el inmaculado cuaderno sobre las piernas. La mirada, sin embargo, carecía de todo juicio.

–Estoy sola. Totalmente sola. Vale, he ganado dinero, he vivido bien, pero, ¿qué más?

De nuevo, el mutismo de unos ojos que la escrutaban sirvió como respuesta.

–He estado siempre rodeada de gente, ¿no?

–Gente por la que nunca has hecho nada –repuso.

La mujer miró al suelo, consciente de que era cierto. Ella siempre había sido su fin, pero un fin distorsionado. Las lágrimas quemaron sus mejillas, mientras se hacía consciente del sufrimiento de otros. La venda había caído, el egoísmo le había cegado, era demasiado tarde. Los prejuicios, el odio, el rencor; había creado una burbuja egocentrista que se había explotado en el momento mismo en que se vio obligada a entrar en el rascacielos de cristal.

–Ahora, ¿qué? – Dos inaudibles palabras que expresaban la más humana duda existencial.