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Tú eres la buscadora

¿Sabes cuál es la pregunta más terrorífica del mundo? ¿Esa, que te eriza el cabello y te quita el sueño por las noches? Es la pregunta con la que está obsesionado este planeta: ¿qué quieres ser de mayor? 

Hoy la he resuelto. No es que haya descubierto qué quiero ser, es aún más increíble, he ido uniendo letra a letra hasta construir la más bella de las palabras: yo soy buscadora. 

No. No estoy loca, no soy ambiciosa ni irreal. No soy inconformista, y no lo soy por una simple razón: tú no me defines.

He decidido que el único cuento que voy a vivir es el que yo misma cree. La sociedad ha creado historias descafeinadas, idénticas y estigmatizadas, de esas que vives por miedo a ser escritora. Sí, escritora de tu vida. 

No me juzgues por querer que mi libro sean mil paginas en vez de diez, y no, probablemente en el final la protagonista no sea feliz ni coma perdices, el fin será su muerte, más o menos aceptada, pero merecida.

Porque prefiero tener días negros que una vida gris, rodeada de personas grises, con relojes grises que marcan el tiempo que pasa como granos de arena deslizándose burlones.

Soy buscadora porque no sé lo que quiero, y esa es la mejor parte. Lo quiero todo y no quiero nada. Quiero querer y no sentirme culpable. Quiero… y quiero sin condiciones, sin letra pequeña, quiero con intensidad y con amargura y quiero porque puedo, y puedo porque me he auto declarado buscadora. Una buscadora en todos los ámbitos de su vida. No tengo una meta, porque el camino es todo a lo que aspiro.

Tengo derecho a matar al dragón y a salvar a la princesa, puedo ser salvada y pedir ayuda, quiero ser villana de mi historia y redimirme antes de morir. Yo voy a ser soldado y juez, abogado del diablo y mariposa, porque en mi cuento el único límite es lo ilimitado.

Así que coge la pluma y escribe, la tinta está esperando. Porque tú eres la verdadera buscadora, aquí, en Inglaterra, ahora y siempre.

 

En medio de la crisis

Viernes, 20 de marzo de 2020

Y sin saber cómo ni por qué llueve. Llueve en un incierto Madrid, en un Madrid solitario y susurrante, en el que el eco de las gotas golpeando contra la durmiente acera parece atronador.

El aguacero de conciencia baña una ciudad en la que miles de agitadores piden solidaridad. ¿Será esa tormenta la que purgue realmente una sociedad consumida? ¿Logrará esta realidad que salgamos del egocentrismo que el capitalismo nos ha inculcado?

Ajena a todo esto Madrid duerme, sueña, vive en un aislamiento físico que, de una vez por todas, combina con nuestras maravillosas cabezas. Una paradoja como la que vivimos hoy: la globalización ha sido la causante de un virus que solo esa misma conciencia mundial podrá salvar.

Pero, una vez más, el optimismo explota como una pompa recién soplada, porque las lecciones morales se han convertido en campañas políticas, porque lo puro se ha teñido de sangre y lo indómito huye despavorido ante la amenaza de los absolutos.

Quizá la próxima vez que llueva Madrid. Quizá.

La paradoja del que no vuela

Los rayos nacientes me mecen, trasladan su energía por mi cuerpo, me despiertan. Levantarme, enfrentarme al espejo, llorar. Llorar porque mis ojos cada vez son más grises, y mi cuerpo más viejo. Desayunar una taza de café insulso. Salir de casa, andar, llegar a un trabajo al que ya no encuentro sentido, entre viñedos que ya no siento míos, para lograr hacer un vino que hace tiempo que no pruebo.

El sol baila de este a oeste, desaparece comido por tinieblas. Me voy. Sin prisa, mirando al suelo y apartando la tierra en cuyas entrañas nací. Sobrepasar el dintel y enjugar las lágrimas que se secan irremediablemente. Quiero huir. No tengo alas. Pero tampoco lucho por conseguirlas.

Recordando a la abuela

Me preguntas cómo definiría la casa de mi abuela. Fácil. Sólida, segura. Era un cuarto piso sin ascensor, unas escaleras infinitas que hacían que el estómago rugiese de hambre. Hambre de tiempo con ella, con mi ángel. La puerta tenía tres pestillos, que resonaban con el eco del pan. Ese que horneaba diariamente a la espera de visitas.

Recibimiento del parqué marcado por el paso del tiempo, el olor a casona con historia, la colección de figuras de porcelana. Ni rastro de la abuela en el salón. En la cocina resonaban cacharros. Allí estaba, con su delantal de colores y sus andares risueños, al lado de la nevera adornada con recordatorios de citas médicas. “Cargar pilas” con abrazos de milisegundos. Y hablar, siempre hablar.

Sí, la casa de la abuela eran palabras que danzaban en el aire, que resonaban en el corazón. Ella no había podido estudiar, era ama de casa, hija de republicanos, huérfana de madre, confiada en un “no pasarán” que cayó con la ciudad de Madrid. Nada la había parado. Leyó para aprender, fue feliz para luchar contra la pobreza.

El reloj daría la una y la abuela preguntaría qué me apetecía comer. Cortaríamos verduras mientras me preguntaba, mientras leía en mi interior mis preocupaciones, borrándolas con su nana amorosa. Huérfana, madre, abuela y viuda. Sin embargo, frágil no parecía definirla.

La casa de la abuela, respondiendo a tu pregunta, es, como ella, inspiración.

Inamovible

Los rayos de sol iluminaban curiosos el rostro de la joven. Su silueta se distinguía entre la espuma que la bañaba tras cada embestida del enfurecido mar. El vaporoso vestido turquesa se pegaba a sus muslos, a su cadera, descubriendo las curvas que se había visto obligada a repudiar, como consecuencia de un canon impuesto que rozaba lo enfermizo. El cabello café caía rizado hasta la mitad de su espalda. La mirada expresiva y parda se posó entonces en el horizonte.

–Le quiero. –El rumor salado no fue capaz de frenar su afirmación–. Me la suda si no es correspondido y me la suda su opinión.

 

Playa Cabo Gilla, Salobreña, Granada

Recuerdos de cuando aún vivía

Miró por la ventana, apreciando en su dolor las luces brillantes de las farolas. Apartó la vista. Agarró con fuerza la tira de la persiana. Poco a poco dejó que el panel negro fuese bajando, viendo su reflejo en el espejo que colgaba frente a la ventana, ligeramente ladeado. El haz de luz filtrada por las rendijas le dejó ver su figura recortada, el camisón colgando de su cuerpo huesudo, su pelo enmarañado.

Se hizo la oscuridad. Sentía las lágrimas ácidas que marcaban surcos en la piel de su rostro, lágrimas que quemaban su corazón en el recuerdo de su vida. Solo oía su respiración, entrecortada, la lucha de su cuerpo por vivir, ante alguien que solo esperaba un eterno y dulce sueño. Uno donde pudiera esconderse del sufrimiento y de una realidad tan cruda como el carbón que sacaba cada día de la mina. Ese carbón que aún raspaba su piel, ese polvo que aún arañaba su nariz. Recuerdos de cuando aún vivía.