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Bienvenidos a Olvido

Me despiertan los destellos anaranjados que colisionan contra los árboles y se filtran entre sus hojas; me lamen los pies desnudos, me reconfortan. Sé que en breve desaparecerán junto con el Sol, abriendo un vacío infinito sobre mi alma.

La cabeza me está martirizando, pero lo que realmente me hace salir del trance es un dolor agudo en la la mano. Miro hacia ella sin saber qué me voy a encontrar. Una venda amarillenta y desgastada la cubre desde los nudillos a la muñeca, la desenvuelvo con delicadeza, descubriendo un enrojecido cinco, escrito con una caligrafía hermosa.

Me encuentro tendida en la hierba, bajo una enorme haya, el centro de este mágico bosque bañado por la tenue luz del gran astro. Analizo mi alrededor. Observo dos curiosos objetos que descansan protegidos entre las raíces del árbol: un desgastado libro con cubierta de cuero en la que se lee con dificultad “cuaderno de recetas”, y un cuchillo pequeño, de hoja fina y aspecto amenazante.

—Escoge —una voz metálica se propaga por el espacio instándome a elegir con rapidez.

Obedezco, apretando fuertemente la libreta contra mi pecho.

—Bienvenida a Olvido, procura no morir.

Me levanto con dificultad, como si fuese la primera vez que me yergo. Giro sobre mis talones, intentando averiguar de dónde procede la voz, intentando acallar las preguntas que se suceden por mi mente en estos momentos, intentando entender.

—¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? —Las palabras se extinguen conforme salen de mis labios.

—Nadie, nada y todo. —Mi mirada barre el espacio en cuestión de segundos—. La verdadera pregunta es si mereces vivir, si lucharás por tu vida.

—¿Por qué no recuerdo nada?

—El que no ha vivido experiencias saca su esencia. Tú ya has hecho tu primera elección optando por la inteligencia y no la agresividad. Yo te he escogido, no me decepciones.

Solo quiero salir de aquí, descubrir quién soy, cómo soy. Guardo la libreta pegada al corazón, en el único bolsillo que posee el camisón beige que cubre mi cuerpo hasta las rodillas. Comienzo a caminar sin rumbo, dispuesta, al menos, a encontrar a las otras cinco personas, si es que existen. Yo soy cinco, al menos eso dice la marca cicatrizada de mi muñeca, sé que no estoy sola.

El crujir de una rama, los pájaros alzando el vuelo, el repentino silencio. Retrocedo hasta toparme con otra haya, miro nerviosa frente a mí sin encontrar a nadie. Un escalofrío asciende por mi espalda, paralizándome. Lo primero que siento es el tacto frío, después la sensación cortante, las gotas escarlata resbalando. Mi enemigo se ha acercado sigilosamente por detrás, acorralándome. Leo en su antebrazo un bonito dos. Intento apartar el filo de la navaja para liberar mi cuello del dolor; de pronto la presión cede.

El cuerpo de mi antiguo contrincante se desploma con un golpe seco. Es apenas un adolescente, con las manos empapadas de sangre. Arrodillado sobre el cuerpo observo una segunda figura, una mujer. Esta me mira, pero no hay vida en sus ojos. Corro lo más rápido que puedo, girándome una única vez durante los segundos justos para ver el cuchillo que se acerca con rapidez, hambriento de vida, clavándose en mi pecho. Mis piernas fallan, el cansancio me invade, noto algo húmedo y ardiente extenderse por mi piel, romper la tela. Palpo la sustancia creyendo que es sangre, mas es tinta. Tinta procedente del libro, en el que solo quedan las amarillentas páginas.

Mi asesina se encuentra tirada en la mullida hierba, con los ojos abiertos y el corazón quieto. Alzo mi cuerpo hacia la Luna, la noche ha caído sin darme cuenta, las estrellas son testigos vivos de que he sobrevivido. Abro el cuaderno de recetas por primera vez: “Has sido la elegida” dice la página, que parece haberse escrito sola. El siguiente mensaje aparece días después: “Sé fuerte, no te rindas, tienes la oportunidad de vivir, de crear una raza que no destruya el mundo”.

Llevo tres años en lo que, he descubierto, es una isla. Quizá solo fuimos cinco, quizá más, mas soy la única superviviente, todos murieron consecuencia de una violencia tácita. La voz metálica no se ha manifestado, los cuerpos han desaparecido y mi tatuaje se ha borrado. Lo único que continúa conmigo es la confusión, la esperanza y, por supuesto, el cuaderno de recetas, que dice ser el alma de esta mancillada tierra. Dice haber destruido a la humanidad. Dice haberse llamado Dios. Pero dice tantas cosas…

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)

Los olvidados

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Cuatro meses, dos días, cinco horas. Hubo una época en la que la humanidad se escandalizaba debido al abandono de presos en Siberia por parte de la URSS; pero esas críticas desaparecieron arrastradas por los nuevos tiempos. Errores pasados se han cometido, pero a falta de un culpable se siguen sucediendo.

Cuatro meses, dos días, seis horas. No sabría decirte con exactitud la fecha en la que entré en este lugar que parece no tener fin. Los días se clavan como cuchillos a tu espalda, cargando un peso muerto, perdiendo la poca humanidad que resiste en tu cuerpo. Las líneas del bien y el mal son difusas, la moral ha cambiado, sólo existe un mantra: “sobrevive”.

Cuatro meses, tres días, una hora. Casi no recuerdo la Tierra, sólo sé que es esa masa azul que se observa a lo lejos, bañada en bruma. Mi estancia allí se vio truncada por un crimen del que yo era inocente, y lo último que sentí en ese alejado planeta fue un pinchazo que me sumió en la más absoluta oscuridad. Cuando desperté ya estaba aquí. Tumbada y envuelta en calima, confusa y perdida. Observaba desesperanzada mi nuevo hogar: montañas blancas de arena, piedrecillas que se clavaban en los pies desnudos, huecos infinitos que debías saltar, ojos que acechaban en la sombra.

Cuatro meses, cinco días, tres horas. Aquí nadie te pregunta quién eres. Nadie lo sabe. Ya no soy Mara, porque esa chica inocente y extrovertida nunca habría matado a esa alimaña que un día fue una persona; nunca, a pesar de ser en propia defensa, habría clavado aquel cuchillo en la entrañas del hombre. No, ahora era simplemente el sujeto 359.062. Sí, alrededor de 400.000 personas habían sido desterradas a esta zona desolada que, en algún momento, se había llamado “la misteriosa Luna”. Nos dejan aquí, olvidados, con la esperanza de que muramos y no podamos decir nada. Morimos, sin ser echados en falta.

Cinco meses, un día, cuatro horas. ¿Amigos? Eso no existe aquí. Sólo hay aliados, gente que busca sobrevivir, como todos. ¿Escuchas ese rum rum constante? Traen a alguien nuevo. Ocultos entre los granos blancuzcos de tierra, esperamos a que llegue desde la Tierra la nave no tripulada. Mucha gente ha intentado volver a la Tierra, pero este vehículo se autodestruye y lo asola todo. Tal sólo hay un margen de tres minutos y cuarenta segundos para coger todo lo que encuentres dentro y salir antes de que explote. En cuanto observo que el sujeto 299.993 comienza a correr, arranco y le sigo. Tenemos un mismo objetivo. Me escabullo por detrás de la nave mientras unas cincuenta personas se enzarzan en una encarnizada lucha por entrar y apoderarse del botín. Han olvidado lo que es ser civilizado. Todavía me horrorizo al ver la sangre derramarse, los cuerpos caer. Aún tengo suficiente lucidez para pensar otra alternativa, y lo que hago es abrir un hueco en el pladur negro del que, hoy día, se realizan estos trastos. Quedarán unos dos minutos para que estalle, debo darme prisa. Al entrar cojo las reservas de agua que puedo acarrear, una pistola automática y una mochila repleta de comida envasada. Alguien entra tras de mí. Es una mujer de mediana edad, armada, con el cabello colgando graso a ambos lados de unos ojos celestes que, hace años, debieron brillas de ilusión y que en este momento, lucen vacíos y extraños. El disparo resuena con fuerza. Antes de que el cuerpo caiga inerte al suelo, ya he escapado por el hueco llevando conmigo las reservas conseguidas, sabiendo que no será la primera vez que tenga que disparar este arma. Cinco segundos y la nave vuela en pedazos, llevándose a todas esas personas que, valientes, sólo querían seguir viviendo.

Cinco meses, doce días, siete horas. Los carroñeros aún siguen alrededor de los restos de la última nave que ha llegado, se alimentan de los cadáveres de las pobres almas que perecieron allí. Me alegro de haber cogido la bolsa de alimentos deshidratados, aunque sé que si no llega otro preso pronto seré como ellos.

Cinco meses, trece días, dos horas. Andando por la superficie lunar encuentro un pedazo de periódico, a pesar de su lamentable estado aún, escrito con letras legibles, se puede observar la fecha: 3 de Abril del 2116. Y pensar, que hace cien años, soñábamos con vivir en la Luna.