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Si te dicen que me fui

Mayo 2019

Mirada perdida. El aroma a café envolviendo la sala. Golpes rítmicos sobre la mesa de una cocina pulcramente recogida. El ruido de una cafetera Nespresso expulsando el amargo líquido por décima vez en el día. Los sonidos cesaron. La joven se levantó de la silla, cogió la taza y migró a la otra punta del piso. 

La cama estaba sin hacer, las cortinas echadas. Las persianas continuaban sin embargo subidas, a pesar de que la llegada del velo nocturno era ya inminente. Apartó la tela con suavidad. El coche seguía ahí, parado en medio de la calle desierta, los faros encendidos y el motor apagado. Se trataba de un Seat León de hacía al menos diez años. El silencio era aterrador.

La chica se apartó con rapidez del cristal, respirando con dificultad. Sabía lo que ocurriría a continuación. Latidos acelerados, dolor de pecho. Cogió la medicina antes de que el ataque de ansiedad alcanzase el clímax. Se dejó caer sobre la taza del váter. Ya no sabía si era sudor o lágrimas lo que descendía por sus mejillas. Estaba agotada. Se permitió desbloquear el móvil para consultar el calendario. «La última vez» se prometió. Efectivamente, este se afanaba en avisarle de que en pocas horas tendría lugar un evento al que había sido convocada hacía días. Sí, ese día encontró en la bandeja del e-mail una invitación que no buscaba su aprobación, “mudarse de barrio” era el asunto, pensó que era una broma de mal gusto. Eliminó el correo. De nada sirvió. El acontecimiento se adhirió a su móvil, comenzando una cuenta atrás imparable. 

Su cuerpo dejó de convulsionar. Posó los pies desnudos sobre las frías baldosas de mármol, dejando que el escalofrío ascendiese por su gemelo, borrando en un instante sus preocupaciones. 

Un golpe seco acabó con la taza de porcelana, una mancha parduzca se extendió sobre el suelo. El reloj de su mesilla comenzó a sonar: medianoche, empezaba un nuevo día. Saltó la notificación en su teléfono. Un coche arrancó en la calle. La chica se levantó, pisando los fragmentos punzantes, dirigiéndose hacia la puerta de salida. Sangre y café se mezclaban en sus pies, cosa que arrastró hasta el León que esperaba paciente frente a su portal. Se subió al coche, que se movió al instante. 

Se atrevió a girar la cabeza, clavando su mirada en las pozas vacías del chófer. Sabía que había sido acusada de un crimen para el que no tenía coartada. Sería juzgada y condenada, aunque aún no supiese por qué.

El paisaje a su alrededor se iba desdibujando. Ya no había árboles, ni edificios. Ni rastro de señales, farolas o carretera. Parecía que el vehículo estuviese atravesando un valle de sombras. Un reino sumido en un silencio atronador. 

Goma quemándose. Un chirrido que la hizo estremecer. Su puerta se abrió tras el frenazo. Dudó. No quería bajar. De nuevo sudor y lágrimas partiendo de un lugar cercano a su sien. 

—Bájate, tengo más visitas que hacer — la voz del conductor era grave y profunda, inhumana incluso.

Ella obedeció. Quedando sola y sumergida en tinieblas. Siempre había querido saber cómo era la muerte. Desde luego no se esperaba que fuese un viaje en un Seat León antiguo, avisada con una notificación fijada con antelación. Respiró de nuevo. Un aroma a café y sangre inundó sus fosas nasales. «Olor a casa» pensó con una sonrisa amarga.

Terapia peligrosa

Pared ocre, baldosas de hielo completamente blancas, y cuadros, decoraban la horrible sala de espera de la consulta del doctor Hernández. La pequeña habitación estaba casi vacía, solo albergaba el incansable murmullo de las enfermeras y sus pensamientos, esos que nunca estaban vacíos. Una de las auxiliares la llamó con voz monótona, ella, mecánicamente, se levantó y caminó hasta la puerta de madera oscura.

El lugar donde su doctor daba “terapia” era más alegre: con libros y fotos en estanterías, cuadros en tonos añiles, rosas y púrpuras, suelos de madera y muros firmes. Todo lo contrario a Gregorio Hernández Díaz, un hombre calvo, lúgubre, con un halo de misterio siguiéndole allá donde fuese.

Le había pedido a su coordinador miles de veces que le cambiase de especialista, pero claro… es difícil cuando él es el único psiquiatra en la faz de la Tierra que quiere llevar tu caso. Llevaba alrededor de seis meses reuniéndose con él todos los martes.

Una gran furgoneta negra la llevaba hasta allí, siempre acompañada de un policía, que la dejaba en la sala de espera (donde también la recogía cuando las dos horas terminaban).

–Buenos días Eugenia, siéntate – la voz tosca del hombre rasgó el hermoso silencio que había encerrado en aquella sala.

La chica obedeció. Intentó no mirarle, siempre había tenido un mal augurio sobre este hombre.

–Quiero que te mires al espejo y me digas qué ha cambiado en ti desde que… sucedió… ejem… el accidente.

Eu resopló pero no dijo nada, ya se había cansado de repetir que ella no había matado “involuntariamente” a nadie, total, nadie la iba a creer. Miró de frente encontrándose con un gran espejo de cuerpo entero.

–No lo sé –dijo simplemente.

Pero claro que lo sabía, su estatura era la misma (metro sesenta y nueve), estaba más delgada y había perdido color. Su mirada apenas tenía el brillo que antes era característico en ella, sus pómulos estaban hundidos y sus labios agrietados, su cabello seguía teniendo ondas, pero se había oscurecido levemente, dejando de ser ese rubio intenso anterior.
El médico no la presionó. Y, escondiendo de nuevo el espejo dio por zanjada la cuestión.

–Quiero que cierres los ojos –la voz del médico se tiñó de impaciencia.

La quinceañera lo hizo.

–Quiero que te sitúes en ESA noche.

Eu se sumergió en su mente, eran las diez y media de la noche, llovía, y algunos truenos sonaban en la lejanía. No estaba sola, unos amigos la acompañaban, se suponía que estaban en casa de Beatriz, pero se habían escapado sin hacer ruido. ¿Cómo iban a pasar la noche de Halloween encerrados en una casa infestada de frikis?

Su objetivo era llegar a la casa de los lamentos, una gran mansión antigua en la que, decían, vivían numerosos espíritus que no podían descansar en paz porque habían asesinado a sus familias. Lucas fue delante, era un chico de complexión fuerte que le ayudaba siempre. Eran en total cuatro personas. Entraron sin problemas rompiendo algunas vallas…

–Quiero que imagines lo que pasó, cuándo comenzó todo –la voz del psiquiatra se coló en su mente.

…Gritos, golpes, gente corriendo, todo se mezclaba, no sabía cómo se había quedado sola en una gran sala con una lámpara de araña en el techo. Miraba a su alrededor llamando con la voz temblando a sus amigos. Sonidos lejanos llegaban de distintos rincones de la casa. Subió las escaleras que crujían mientras ascendía. Asomada por una de las destartaladas ventanas vio que las gemelas corrían por el jardín hacia la casa de Beatriz. En un arranque de valentía fue en busca de Lucas para irse. Oyó pasos que se acercaban, y un zumbido constante como de un timbre roto. Fue con celeridad a una sala que parecía ser el dormitorio principal. Aguantó la respiración, a tiempo para ver la mochila de su amigo en el suelo y su cuerpo destrozado, sangrante y sin vida en el jardín, retrocedió aguantando un chillido, se había caído por la ventana, o le habían empujado, o, o, o….
No quería más problemas, corrió hacia la salida…

–Me contaste que entraste a una sala por culpa de tu curiosidad…–El doctor la llevó a la realidad.

–Sí había un sobre –Eugenia recordó la gran mesa con el sobre en el centro.

–Ya… y el sobre estaba vacío… –El médico iba terminar la frase.

–¡¿Cómo sabes que…?!

Un golpe seco y silencio.