Cuando lo suficiente deja de serlo

Y fue entonces, en aquel patio entre ventanas de madera y paredes inmaculadas, cuando me di cuenta de que llevaba veinte años confundiendo seguridad y felicidad. Dos realidades que se entremezclaban y me confundían. Me dejé confundir. Era más fácil creer que era feliz, era más fácil seguir el camino que la sociedad marcaba y que yo parecía aceptar.

Los farolillos que se repartían de forma circular me lo decían parpadeantes, pareciere que el aullido del viento y la danza de las hojas me lo anunciaban a voz en grito. El silencio a mi alrededor y la mirada vigilante pero discreta al otro lado de la mesa lo confirmaban.

Ella, con el pelo tan negro como el primer día, recogido en un moño desenfadado, lo suficientemente despeinado para que fuese natural, pero no mostrarse demasiado celosa de su aspecto. Los labios jugosos, arqueados en una sonrisa apaciguadora, el rostro limpio, sin imperfecciones. Enfoqué rápidamente para poder atisbar la sombra del vestido vaporoso bajo la mesa, lo imaginé pegado a sus muslos no demasiado carnosos, rozando la silla de mimbre en la que estaba sentada.

Mis observaciones fueron directas, carentes de vergüenza o pudor. Ella lo supo. Por eso clavó sus ojos castaños directamente en los míos, intentando descifrar la revelación del viento. Ese era precisamente el problema. Sus ojos eran transparentes, una ventana abierta hacia todo su ser; no había misterio, no había malicia. Sus ojos escondían lo inexistente.

–Eres perfecta. –Mi tono fue serio, mi mirada dura y mis sentimientos ocultos.

Ella enarcó las cejas, sorprendida por lo inesperado de mi comentario. No dijo nada, esperó expectante un matiz, un plan, una sonrisa, un acercamiento de mi parte. Lo que no pudo prever fue el pero.

–Pero prefiero estar con la nada, nada que esperar, nada que añadir. Porque tú ya lo eres todo, eres un ser de luz, eres predecible, eres complaciente, pero no eres emoción.

Y ella, siendo como es, cerró los ojos con tristeza. No gritó. No se levantó. No me miró desafiante.

–Nunca he querido la perfección. Ya no quiero estar cómodo. No quiero que estés de acuerdo, no quiero saber que todos mis pecados serán perdonados. Yo quiero levantarme por las mañanas y tratar de descubrir qué esconden tus pupilas negras. Quiero no saber lo que haces en tu tiempo libre. Quiero querer a una mujer que no seas tú. Que no represente lo que tú representas.

–¡Joder! Quiero que te enfades, que chilles, que me lleves la contraria por el placer de hacerlo –proseguí, excitado por el momento– quiero, quiero, quiero que lo gente piense mal de ti, que se pregunten qué cojones hacemos juntos. Quiero que seas demasiado, una montaña rusa. Quiero tener bajadas tan hondas, que cuando subamos llegue a un éxtasis que me deje sin sentido.

–Yo puedo ser eso –musitó elevando la vista, con los ojos llorosos y los puños cerrados.

–No, no puedes. Y el hecho de que serías capaz de cambiar porque a mí me apetece solo confirma una abnegación que ya no quiero.

Sabía que rompería a llorar. Sabía que vendría hacia a mí, dispuesta a hacerme cambiar de opinión. Sabía que después iría al baño, se lavaría la cara y entonces haríamos el amor, como si eso lo cambiase todo. Por eso me levanté de la mesa rápidamente, abrí el coche aparcado en la puerta, arranqué y me fui.

Me fui sabiendo que lo más dulce de nuestros veinte años de matrimonio había sido el final.

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