La paradoja del que no vuela

Los rayos nacientes me mecen, trasladan su energía por mi cuerpo, me despiertan. Levantarme, enfrentarme al espejo, llorar. Llorar porque mis ojos cada vez son más grises, y mi cuerpo más viejo. Desayunar una taza de café insulso. Salir de casa, andar, llegar a un trabajo al que ya no encuentro sentido, entre viñedos que ya no siento míos, para lograr hacer un vino que hace tiempo que no pruebo.

El sol baila de este a oeste, desaparece comido por tinieblas. Me voy. Sin prisa, mirando al suelo y apartando la tierra en cuyas entrañas nací. Sobrepasar el dintel y enjugar las lágrimas que se secan irremediablemente. Quiero huir. No tengo alas. Pero tampoco lucho por conseguirlas.

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