Los olvidados

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Cuatro meses, dos días, cinco horas. Hubo una época en la que la humanidad se escandalizaba debido al abandono de presos en Siberia por parte de la URSS; pero esas críticas desaparecieron arrastradas por los nuevos tiempos. Errores pasados se han cometido, pero a falta de un culpable se siguen sucediendo.

Cuatro meses, dos días, seis horas. No sabría decirte con exactitud la fecha en la que entré en este lugar que parece no tener fin. Los días se clavan como cuchillos a tu espalda, cargando un peso muerto, perdiendo la poca humanidad que resiste en tu cuerpo. Las líneas del bien y el mal son difusas, la moral ha cambiado, sólo existe un mantra: “sobrevive”.

Cuatro meses, tres días, una hora. Casi no recuerdo la Tierra, sólo sé que es esa masa azul que se observa a lo lejos, bañada en bruma. Mi estancia allí se vio truncada por un crimen del que yo era inocente, y lo último que sentí en ese alejado planeta fue un pinchazo que me sumió en la más absoluta oscuridad. Cuando desperté ya estaba aquí. Tumbada y envuelta en calima, confusa y perdida. Observaba desesperanzada mi nuevo hogar: montañas blancas de arena, piedrecillas que se clavaban en los pies desnudos, huecos infinitos que debías saltar, ojos que acechaban en la sombra.

Cuatro meses, cinco días, tres horas. Aquí nadie te pregunta quién eres. Nadie lo sabe. Ya no soy Mara, porque esa chica inocente y extrovertida nunca habría matado a esa alimaña que un día fue una persona; nunca, a pesar de ser en propia defensa, habría clavado aquel cuchillo en la entrañas del hombre. No, ahora era simplemente el sujeto 359.062. Sí, alrededor de 400.000 personas habían sido desterradas a esta zona desolada que, en algún momento, se había llamado “la misteriosa Luna”. Nos dejan aquí, olvidados, con la esperanza de que muramos y no podamos decir nada. Morimos, sin ser echados en falta.

Cinco meses, un día, cuatro horas. ¿Amigos? Eso no existe aquí. Sólo hay aliados, gente que busca sobrevivir, como todos. ¿Escuchas ese rum rum constante? Traen a alguien nuevo. Ocultos entre los granos blancuzcos de tierra, esperamos a que llegue desde la Tierra la nave no tripulada. Mucha gente ha intentado volver a la Tierra, pero este vehículo se autodestruye y lo asola todo. Tal sólo hay un margen de tres minutos y cuarenta segundos para coger todo lo que encuentres dentro y salir antes de que explote. En cuanto observo que el sujeto 299.993 comienza a correr, arranco y le sigo. Tenemos un mismo objetivo. Me escabullo por detrás de la nave mientras unas cincuenta personas se enzarzan en una encarnizada lucha por entrar y apoderarse del botín. Han olvidado lo que es ser civilizado. Todavía me horrorizo al ver la sangre derramarse, los cuerpos caer. Aún tengo suficiente lucidez para pensar otra alternativa, y lo que hago es abrir un hueco en el pladur negro del que, hoy día, se realizan estos trastos. Quedarán unos dos minutos para que estalle, debo darme prisa. Al entrar cojo las reservas de agua que puedo acarrear, una pistola automática y una mochila repleta de comida envasada. Alguien entra tras de mí. Es una mujer de mediana edad, armada, con el cabello colgando graso a ambos lados de unos ojos celestes que, hace años, debieron brillas de ilusión y que en este momento, lucen vacíos y extraños. El disparo resuena con fuerza. Antes de que el cuerpo caiga inerte al suelo, ya he escapado por el hueco llevando conmigo las reservas conseguidas, sabiendo que no será la primera vez que tenga que disparar este arma. Cinco segundos y la nave vuela en pedazos, llevándose a todas esas personas que, valientes, sólo querían seguir viviendo.

Cinco meses, doce días, siete horas. Los carroñeros aún siguen alrededor de los restos de la última nave que ha llegado, se alimentan de los cadáveres de las pobres almas que perecieron allí. Me alegro de haber cogido la bolsa de alimentos deshidratados, aunque sé que si no llega otro preso pronto seré como ellos.

Cinco meses, trece días, dos horas. Andando por la superficie lunar encuentro un pedazo de periódico, a pesar de su lamentable estado aún, escrito con letras legibles, se puede observar la fecha: 3 de Abril del 2116. Y pensar, que hace cien años, soñábamos con vivir en la Luna.

Terapia peligrosa

Pared ocre, baldosas de hielo completamente blancas, y cuadros, decoraban la horrible sala de espera de la consulta del doctor Hernández. La pequeña habitación estaba casi vacía, solo albergaba el incansable murmullo de las enfermeras y sus pensamientos, esos que nunca estaban vacíos. Una de las auxiliares la llamó con voz monótona, ella, mecánicamente, se levantó y caminó hasta la puerta de madera oscura.

El lugar donde su doctor daba “terapia” era más alegre: con libros y fotos en estanterías, cuadros en tonos añiles, rosas y púrpuras, suelos de madera y muros firmes. Todo lo contrario a Gregorio Hernández Díaz, un hombre calvo, lúgubre, con un halo de misterio siguiéndole allá donde fuese.

Le había pedido a su coordinador miles de veces que le cambiase de especialista, pero claro… es difícil cuando él es el único psiquiatra en la faz de la Tierra que quiere llevar tu caso. Llevaba alrededor de seis meses reuniéndose con él todos los martes.

Una gran furgoneta negra la llevaba hasta allí, siempre acompañada de un policía, que la dejaba en la sala de espera (donde también la recogía cuando las dos horas terminaban).

–Buenos días Eugenia, siéntate – la voz tosca del hombre rasgó el hermoso silencio que había encerrado en aquella sala.

La chica obedeció. Intentó no mirarle, siempre había tenido un mal augurio sobre este hombre.

–Quiero que te mires al espejo y me digas qué ha cambiado en ti desde que… sucedió… ejem… el accidente.

Eu resopló pero no dijo nada, ya se había cansado de repetir que ella no había matado “involuntariamente” a nadie, total, nadie la iba a creer. Miró de frente encontrándose con un gran espejo de cuerpo entero.

–No lo sé –dijo simplemente.

Pero claro que lo sabía, su estatura era la misma (metro sesenta y nueve), estaba más delgada y había perdido color. Su mirada apenas tenía el brillo que antes era característico en ella, sus pómulos estaban hundidos y sus labios agrietados, su cabello seguía teniendo ondas, pero se había oscurecido levemente, dejando de ser ese rubio intenso anterior.
El médico no la presionó. Y, escondiendo de nuevo el espejo dio por zanjada la cuestión.

–Quiero que cierres los ojos –la voz del médico se tiñó de impaciencia.

La quinceañera lo hizo.

–Quiero que te sitúes en ESA noche.

Eu se sumergió en su mente, eran las diez y media de la noche, llovía, y algunos truenos sonaban en la lejanía. No estaba sola, unos amigos la acompañaban, se suponía que estaban en casa de Beatriz, pero se habían escapado sin hacer ruido. ¿Cómo iban a pasar la noche de Halloween encerrados en una casa infestada de frikis?

Su objetivo era llegar a la casa de los lamentos, una gran mansión antigua en la que, decían, vivían numerosos espíritus que no podían descansar en paz porque habían asesinado a sus familias. Lucas fue delante, era un chico de complexión fuerte que le ayudaba siempre. Eran en total cuatro personas. Entraron sin problemas rompiendo algunas vallas…

–Quiero que imagines lo que pasó, cuándo comenzó todo –la voz del psiquiatra se coló en su mente.

…Gritos, golpes, gente corriendo, todo se mezclaba, no sabía cómo se había quedado sola en una gran sala con una lámpara de araña en el techo. Miraba a su alrededor llamando con la voz temblando a sus amigos. Sonidos lejanos llegaban de distintos rincones de la casa. Subió las escaleras que crujían mientras ascendía. Asomada por una de las destartaladas ventanas vio que las gemelas corrían por el jardín hacia la casa de Beatriz. En un arranque de valentía fue en busca de Lucas para irse. Oyó pasos que se acercaban, y un zumbido constante como de un timbre roto. Fue con celeridad a una sala que parecía ser el dormitorio principal. Aguantó la respiración, a tiempo para ver la mochila de su amigo en el suelo y su cuerpo destrozado, sangrante y sin vida en el jardín, retrocedió aguantando un chillido, se había caído por la ventana, o le habían empujado, o, o, o….
No quería más problemas, corrió hacia la salida…

–Me contaste que entraste a una sala por culpa de tu curiosidad…–El doctor la llevó a la realidad.

–Sí había un sobre –Eugenia recordó la gran mesa con el sobre en el centro.

–Ya… y el sobre estaba vacío… –El médico iba terminar la frase.

–¡¿Cómo sabes que…?!

Un golpe seco y silencio.

Akame

—Mi nombre es Akame, tengo trece años. Soy china, de Heibei, aunque nací en Tanghuzhen, un poblado campesino muy alejado de Boading, la ciudad —musito intentando olvidar el barro que cubre mi cuerpo, las heridas que afloran de mi piel, el cansancio y el miedo.

“<< 3 de marzo >>

Las manos me sangran debido a la dura jornada en las llanuras aluviales. La cosecha de arroz de esta temporada va a ser baja. Eso es malo. Muy malo.

Mi madre, Mei Ling, me observa con ojeras surcando su rostro. Intenta sonreír, aunque solo logra mostrarme una mueca de agotamiento. Mis padres nunca han querido esta vida para mí. Se suponía que iba a ir a la escuela, sería ingeniera, médico o empresaria; pero los sueños se hicieron añicos cuando el sueldo de mi padre en la fábrica descendió a los treinta yenes. Entonces, comencé a trabajar con mi madre y mi abuela, Hui Ying, en el plantel, cultivando arroz.

Miro hacia el cielo. El sol se esconde envuelto en bruma tras el río Puhe. Se oculta cerrando los ojos, olvidándose de la miseria en la que vivimos”

El profundo hedor a humedad hace que me despierte. Estoy en una sala sin ventanas. Una cortina de moho cubre las paredes. El suelo arenoso araña mis piernas. Intento moverme. Un sonido metálico resuena, dolor en mi muñeca derecha. Una cadena me apresa impidiéndome escapar del incómodo cuarto.

Pasos resuenan en el exterior. Voces ahogadas. Incesantes sonidos acompasados parecidos al tic tac de un reloj. Miro hacia el suelo. La puerta se abre, dejando entrar una rendija de luz artificial, blanca, fría. El tiempo se para unos instantes. Una mano helada toca rudamente mi cara.

“<< 8 de abril >>

Hoy es mi cumpleaños. Una fecha que pierde sentido al segundo de nacer.  Simplemente te levantas, sabiendo que eres mayor, que pronto tendrás que casarte, trabajar más, hundirte aún más en esta mediocre y plomiza vida.

Oigo la melodiosa voz de mi abuela rompiendo el silencio de la habitación. Salgo al exterior. Una sonrisa de oreja a oreja ilumina las toscas facciones de la anciana. Nunca la había visto tan alegre.

—¡Akame! —me grita agitando los brazos—. Prepárate.

Eso significa que iremos a la ciudad. Entro de nuevo en lo que debería considerar mi hogar: una sala diáfana con un ventanal, tres colchones tirados en el suelo, una mesa de café, un sofá roído por el tiempo y una pequeña cocina con una palangana que sirve las veces de lavabo y ducha. Me cambio con celeridad, traspasando el dintel de la puerta.

Reflejada en las turbias aguas del río Puhe me observo con minuciosidad. El cabello cae levemente ondulado por mi espalda hasta la cintura, los ojos rasgados, las mejillas sonrojadas, la piel sucia, y, finalmente, mi cuerpo menudo vestido con una camisa gris gastada y unos pantalones asimismo rasgados, viejos y grises. Llevar colores es un lujo que sólo los ricos urbanitas se pueden permitir.”

Siento que todo gira a mi alrededor. Los colores se mezclan, no percibo los sonidos y, por momentos, me ausento de la realidad. Intento fijar la vista, pero me pierdo en unos preciosos ojos celestes.

No sueño, tampoco tengo pesadillas. En realidad, nunca las he tenido. Mis grandes miedos se veían cumplidos al despertar. No me malinterpretes, quiero a mis padres, me encanta vivir. Pero no puedo ser feliz habitando en un cuchitril, trabajando doce horas diarias y respirando un aire contaminado a causa de los países ricos. No puedo ser feliz sabiendo que para que gente poderosa viva bien yo no puedo estudiar, ir al médico ni tener ropa adecuada. No puedo ser feliz sabiendo que en un futuro nada de esto habrá cambiado.

“<< 8 de abril >>

Llevábamos caminando alrededor de dos horas cuando, un señor con un rudimentario coche, se ofreció a llevarnos hasta la ciudad. Era un hombre agradable, de unos treinta y pocos años, con el cabello oscuro y de complexión fuerte. Ahora mismo acabamos de llegar a la ciudad. Agradecemos al hombre toda su ayuda y le dejamos ir, sorprendidas de nuestra suerte.
Boading parece otro mundo. Altos edificios se erigen poderosos. Numerosos coches circulan con rapidez por calles mal asfaltadas. Se anuncian conciertos, películas y tiendas con luces de neón y carteles llamativos. La gente va de un lado a otro con prisas y mirándonos por encima del hombro.

Algunas personas van con mascarillas huyendo del peligroso ambiente que nos rodea; otros pasean sin prisa, contemplando el urbano paisaje y pensando qué se comprarán hoy con el dinero que ganan a costa de campesinos como yo.
Hui Ling me conduce con rapidez a una zona más pobre que se asemeja un poco más a mi estilo de vida. Pregunta a unos niños por un tal Huan Yue, ellos simplemente señalan hacia un local cerrado, con aspecto abandonado y bastante mugriento. Nos dirigimos hacia allí. Mi abuela entra por la puerta trasera. El sonido de una campanilla hace que pegue un respingo que por poco consigue que pierda el equilibrio. Un hombre viene hacia nosotras, es bajo, rechoncho, con el pelo cano y numerosas arrugas en su cara.

—¡Hui Ling! —dice el hombre extendiendo sus sucias manos hacia mi abuela.

—Huan. —Mi abuela no parece tan emocionada.

Me invitan a salir de la tienda con miradas furibundas. A pesar de estar en el exterior, logro visualizar las figuras de los dos ancianos en el establecimiento. No llego a entender lo que dicen, pero veo cómo mi abuela saca una cantidad indecente de dinero y se la da al hombre, quien desaparece en la trastienda. Mi abuela se muerde el labio inferior y niega repetidas veces con la cabeza. Está nerviosa. Por fin distingo al hombre volviendo junto a Hui Ling, viene con un cargamento de comida, agua, ropa y medicinas, hacía mucho que no veía tantos objetos juntos.

Antes de apartarme del cristal atisbo que se dan un abrazo. Mi abuela sale por la puerta con una carretilla llena de cosas. No sonríe. No dice nada. Me castiga por una razón que no llego a comprender con su silencio. Yo la sigo, con la esperanza de volver a oír su voz. Paramos en un parque desierto. Bolsas de plástico adornan el descuidado césped; columpios rotos y árboles partidos lo completan

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—Akame —mi abuela rompe su voto de silencio con apenas un hilo de voz — no espero que lo entiendas.

Un sonido de frenos. Pisadas. Tintineo de monedas. Y oscuridad.”

 

Busco los ojos azules entre toda la gente que camina a mi lado. No hay suerte. Me obligan a ir con la cabeza gacha. Ignoro la advertencia. Sacan una pistola. Obedezco sus órdenes. Poco a poco se filtra más luz natural, por lo que deduzco que nos acercamos a la superficie. Los rayos de sol me ciegan unos instantes, obligándome a ver puntitos de colores. Nos dividen en dos grupos. Somos todo chicas entre los doce y dieciséis años. Escucho los sollozos de algunas, los gritos de otras, la ausencia de las que ya han asumido que el futuro es incierto pero oscuro.

Un hombre grosero nos vigila con un arma entre sus dedos, acaricia el gatillo deseando accionarlo. Me quieren viva. No sé si estoy aliviada, aterrada o ambas dos. Me meten en la parte trasera de una furgoneta vieja. Junto a mí hay otras siete jóvenes, asustadas, confundidas. Me miran suplicantes, como si estuviese en mi mano que nos liberasen…

La furgoneta no para de dar tumbos, siento cada piedra del camino por el que circulamos. Me duele todo el cuerpo, pero intento mantenerme alerta, vigilante. Vislumbro un brillo metálico. Llaves. Comienzo a dar pequeños e inaudibles saltitos, consiguiendo coger con la boca el manojo de llaves. Gracias a ellas logro cortar la cinta aislante que une mis muñecas. Aunque con los brazos doloridos, consigo desatar las cuerdas de mis pies. En un arranque de compañerismo hago lo mismo con mis otras siete acompañantes, veo sus miradas confusas. Confían en mí. Les hago gestos para que no hagan ningún ruido.

Me levanto con cuidado y voy hasta el fondo del reducido espacio. Con la ayuda de mis entumecidos dedos manipulo el cierre trasero, que se abre con un chasquido. Los segundos se detienen, no queda tiempo, sólo hay una oportunidad. Me tiro al suelo con el vehículo en movimiento. ¡Estoy viva! Por alguna razón me quedo paralizada, viendo cómo las otras chicas saltan tras de mí. Sólo comienzo a correr cuando deduzco que nuestros captores no tardarán mucho en salir tras nosotras. El paisaje es casi desértico, a lo lejos se ven unas montañas. Nuestra meta. Nuestra única salvación.

Escucho el primer disparo, pero no reduzco la velocidad. Ya queda poco. Alguien cae. Un terrible grito se extiende por el aire atronando en mis oídos. Continúo corriendo. Oteo el horizonte. Estoy cerca. Mis piernas apenas responden, pero consigo que se muevan acercándome al único final feliz posible. ¡Qué sentimiento más subjetivo la felicidad!

Cuando piso la zona montañosa apenas me lo creo. Me oculto en una pequeña cueva escondida entre varios matorrales, rezando para no ser descubierta. Más disparos se suceden. El estómago se me encoge. El aire no llega a mis pulmones. Soy presa del miedo que me ahoga. Cierro los ojos intentando relajarme. Los disparos cesan y la furgoneta arranca. Soy incapaz de moverme. Mañana será otro día. Caigo rendida por el cansancio y el estrés. Sueño con disparos, muerte, opresión, torturas.

El sol lame delicadamente mi rostro. Me incorporo con el miedo y la incertidumbre metidos en el cuerpo. Salgo del refugio intentando distinguir algo entre los árboles. Estoy sola. Respiro hondo para tranquilizarme. Camino unos diez minutos en busca de algo que beber, algo que comer; pero me pierdo por el relieve montañoso. Me paro contemplando el paisaje: a la izquierda una escena boscosa me recibe, a la derecha es el paisaje árido por el que el día anterior corrí angustiada, desesperada, desesperanzada. Una bandada de buitres sobrevuelan el desierto, intento buscar con la mirada eso que les atrae a esta zona desolada. Distingo varios cuerpos en el suelo.

Me estremezco y las lágrimas comienzan a salir desconsoladas de mis ojos. Me dirijo hacia una de las imágenes más duras que jamás he contemplado. Los cadáveres de seis de las jóvenes se encuentran tirados en el suelo, inertes y llenos de polvo. Cierro sus ojos con paciencia y les beso las frentes, deseando que encuentren paz. Tal vez si no hubiese intentado escapar estarían vivas. Es egoísta, pero me alegro de no estar en su lugar. Es entonces cuando, rememorando lo ocurrido la noche anterior, recuerdo que había siete jóvenes y no sólo seis. Quizá siguiese viva, quizá me estuviese buscando, quizá no me odiase. Me interno de nuevo en el verde espacio. No es difícil dar con la chica, sólo tengo que seguir un pequeño reguero escarlata que corrompe la naturaleza. Ella se encuentra en un estado lamentable, una herida de aspecto grave ocupa gran espacio bajo su pecho, comienza a convulsionar. No sé qué hacer por ella.

—Dinero. —La joven tiene la mirada perdida—. Yo…. Morir.

Me acerco intentando tranquilizarla.

—Bolsillo —dice con voz aguda—, coge…. Dinero.

Me mira suplicante, lo que hace que busque en algún bolsillo, mas en su ropa no hay ninguno. Vislumbro un pequeño roto en el costado derecho de su camisa. Intento no rozar la herida. Hurgo en esa zona deshilachada hasta dar con un pequeño saquito de tela. La infeliz sonríe, apretándome la mano. El momento dura unos instantes, hasta que la presión entre mis dedos cesa y soy yo la que sujeta la pálida mano. Cierro sus ojos y beso su frente, desapareciendo de aquel lugar maldito.

El destino hace que me encuentre con Shui Guang, un transportista de poca monta que, al verme abandonada, sola, sucia y hambrienta, decide ayudarme. Este joven me presta más cuidados de los que nadie de mi familia jamás me ha brindado. Intento ayudarle en todo lo que puedo, aprendiendo su oficio, limpiando su camión, vigilando la presión de los quejumbrosos neumáticos.
Una noche con densa niebla me invita a cenar en un mugriento bar, donde, borracho como una cuba, me cuenta su triste vida. Cómo sus padres le abandonaron por la ley del hijo único, cómo sobrevivió metiéndose en el mundillo del tráfico de armas.

Las risas invaden el reducido local. Voces graves, masculinas, bromeando, entran pidiendo a gritos varias copas. Una figura recortada se oculta entre las sombras, clavo mi vista en ese punto, intentando enfocar y descubrir a esa misteriosa persona. No lo consigo. El camarero sirve lo pedido a los ruidosos hombres. Tanto el tabernero como yo nos damos cuenta de un escalofriante dato: van armados. Los rifles cuelgan amenazantes de su espalda, brillan con la tenue luz del antro.

Logro que Shui se ponga en pie y ande mientras le sujeto por la cintura. No es tarea fácil, pero consigo que entre en el camión a trompicones. Suspiro y me apoyo en el vehículo, observando los matices blanquecinos de la Luna, viéndola aparecer y desaparecer, escuchando el silbido del viento, arrullada por los sonidos de algún animal salvaje.

Decido por mi seguridad y la de Guang quedarnos a dormir en este paraje desolado, cerca del bar. Los asientos del camión, al fin y al cabo, son más cómodos que la cama que tenía cuando vivía en Tanghuzhen. Decido volver al local para pedir alguna manta con la que taparnos.

Un crujido resuena con fiereza, haciendo que sienta una presión en mi cuello. Me cuesta respirar. Tengo miedo. Miles de teorías circulan vacilantes por mi cabeza. Una apenas visible sombra negra me rodea con celeridad. Aprecio el chasquido metálico de un arma. Trago costosamente tratando de tranquilizarme. Intento seguir mi camino hacia el antro, pero algo me agarra con fuerza la mano impidiendo que escape. No quiero mirar. Unos dedos acarician mi mentón obligándome a alzar la vista. Me resisto, pero finalmente me rindo ante la delicada fuerza. Una figura masculina, y unos preciosos ojos celestes que me resultan familiares. De nuevo, oscuridad.