Inamovible

Los rayos de sol iluminaban curiosos el rostro de la joven. Su silueta se distinguía entre la espuma que la bañaba tras cada embestida del enfurecido mar. El vaporoso vestido turquesa se pegaba a sus muslos, a su cadera, descubriendo las curvas que se había visto obligada a repudiar, como consecuencia de un canon impuesto que rozaba lo enfermizo. El cabello café caía rizado hasta la mitad de su espalda. La mirada expresiva y parda se posó entonces en el horizonte.

–Le quiero. –El rumor salado no fue capaz de frenar su afirmación–. Me la suda si no es correspondido y me la suda su opinión.

 

Playa Cabo Gilla, Salobreña, Granada

Si te dicen que me fui

Mirada perdida. El aroma a café envolviendo la sala. Golpes rítmicos sobre la mesa de una cocina pulcramente recogida. El ruido de una cafetera Nespresso expulsando el amargo líquido por décima vez en el día. Los sonidos cesaron. La joven se levantó de la silla, cogió la taza y migró a la otra punta del piso. 

La cama estaba sin hacer, las cortinas echadas. Las persianas continuaban sin embargo subidas, a pesar de que la llegada del velo nocturno era ya inminente. Apartó la tela con suavidad. El coche seguía ahí, parado en medio de la calle desierta, los faros encendidos y el motor apagado. Se trataba de un Seat León de hacía al menos diez años. El silencio era aterrador.

La chica se apartó con rapidez del cristal, respirando con dificultad. Sabía lo que ocurriría a continuación. Latidos acelerados, dolor de pecho. Cogió la medicina antes de que el ataque de ansiedad alcanzase el clímax. Se dejó caer sobre la taza del váter. Ya no sabía si era sudor o lágrimas lo que descendía por sus mejillas. Estaba agotada. Se permitió desbloquear el móvil para consultar el calendario. «La última vez» se prometió. Efectivamente, este se afanaba en avisarle de que en pocas horas tendría lugar un evento al que había sido convocada hacía días. Sí, ese día encontró en la bandeja del e-mail una invitación que no buscaba su aprobación, “mudarse de barrio” era el asunto, pensó que era una broma de mal gusto. Eliminó el correo. De nada sirvió. El acontecimiento se adhirió a su móvil, comenzando una cuenta atrás imparable. 

Su cuerpo dejó de convulsionar. Posó los pies desnudos sobre las frías baldosas de mármol, dejando que el escalofrío ascendiese por su gemelo, borrando en un instante sus preocupaciones. 

Un golpe seco acabó con la taza de porcelana, una mancha parduzca se extendió sobre el suelo. El reloj de su mesilla comenzó a sonar: medianoche, empezaba un nuevo día. Saltó la notificación en su teléfono. Un coche arrancó en la calle. La chica se levantó, pisando los fragmentos punzantes, dirigiéndose hacia la puerta de salida. Sangre y café se mezclaban en sus pies, cosa que arrastró hasta el León que esperaba paciente frente a su portal. Se subió al coche, que se movió al instante. 

Se atrevió a girar la cabeza, clavando su mirada en las pozas vacías del chófer. Sabía que había sido acusada de un crimen para el que no tenía coartada. Sería juzgada y condenada, aunque aún no supiese por qué.

El paisaje a su alrededor se iba desdibujando. Ya no había árboles, ni edificios. Ni rastro de señales, farolas o carretera. Parecía que el vehículo estuviese atravesando un valle de sombras. Un reino sumido en un silencio atronador. 

Goma quemándose. Un chirrido que la hizo estremecer. Su puerta se abrió tras el frenazo. Dudó. No quería bajar. De nuevo sudor y lágrimas partiendo de un lugar cercano a su sien. 

—Bájate, tengo más visitas que hacer — la voz del conductor era grave y profunda, inhumana incluso.

Ella obedeció. Quedando sola y sumergida en tinieblas. Siempre había querido saber cómo era la muerte. Desde luego no se esperaba que fuese un viaje en un Seat León antiguo, avisada con una notificación fijada con antelación. Respiró de nuevo. Un aroma a café y sangre inundó sus fosas nasales. «Olor a casa» pensó con una sonrisa amarga.

Coge tu pluma, poeta. Cógela con fuerza y escribe. Escribe tu historia. Escribe. Deshazte de la invisibilidad mundana que te envuelve. Escribe y vuela. Escribe. Deja que la tinta empape el papel. Deja que tus dedos ensucien sus bordes. Deja que tu imperfecta obra sea reflejo de tu vida. Pon las comas, describe cada nombre y pon el punto final. Pero no llegues, aún no. No acabes, al menos no todavía. Continúa tiñendo con alquitrán la blancura del mundo. Pasa el color de tus venas al folio. Adelante. No te juzgo, poeta.

Recuerdos de cuando aún vivía

Miró por la ventana, apreciando en su dolor las luces brillantes de las farolas. Apartó la vista. Agarró con fuerza la tira de la persiana. Poco a poco dejó que el panel negro fuese bajando, viendo su reflejo en el espejo que colgaba frente a la ventana, ligeramente ladeado. El haz de luz filtrada por las rendijas le dejó ver su figura recortada, el camisón colgando de su cuerpo huesudo, su pelo enmarañado.

Se hizo la oscuridad. Sentía las lágrimas ácidas que marcaban surcos en la piel de su rostro, lágrimas que quemaban su corazón en el recuerdo de su vida. Solo oía su respiración, entrecortada, la lucha de su cuerpo por vivir, ante alguien que solo esperaba un eterno y dulce sueño. Uno donde pudiera esconderse del sufrimiento y de una realidad tan cruda como el carbón que sacaba cada día de la mina. Ese carbón que aún raspaba su piel, ese polvo que aún arañaba su nariz. Recuerdos de cuando aún vivía.

Con vistas al mar

Se giró al escuchar el grito. Un metrónomo comenzó a medir en tintineos metálicos el poco tiempo que le quedaba. Tic, decenas de rostros desconocidos observaban su vientre entre el terror y el más absoluto desconcierto. Bocas abiertas por las que se escapaban aullidos o mudos lamentos, y sobre todo, un comienzo de movimiento cuyo objetivo era huir.

Tac, no se movió, sabía qué era lo que atenazaba su cintura. El pavor se expandía por sus miembros, paralizándola. La gente se daba la vuelta deseando empezar la zancada que pudiese salvarles la vida. No sabían que era inútil, no querían rendirse.

Tic, intentó grabar a fuego en su memoria el paseo marítimo: las farolas parpadeantes, las gastadas tablas de madera, el rumor húmedo del mar, la creciente marea, los bikinis floridos, los helados de innumerables sabores. Algo se coló en su recuerdo, algo que no quería que estuviese ahí: las caras aterrorizadas de turistas y lugareños.

Tac, pensó en pedirles perdón por arrebatarles aquellos años, meses o, tal vez, días de vida, pero sabía que apenas comenzasen a salir las palabras por su boca se silenciarían. Era una víctima más. No quería haberlo hecho. La obligaron amenazando la vida de su hijo, que posiblemente estuviese muerto. Dolía, dolía mucho. Sí, reflexionando, era culpable, debería haberse negado, haber muerto con la conciencia tranquila. 

Tic, la gente se alejaba alcanzando hasta dos inservibles metros de distancia. «Cuántos pensamientos en tan pocos segundos» se dijo mientras resbalaba una lágrima de culpa por su mejilla. La humedad salada del mar le permitió sobrellevar la sensación abrasadora que comenzó a nacer de su vientre.

¡BOOM! Las tablas se consumieron al explotar la bomba, silenciando los gritos que aún continuaban suspendidos en el aire, recordando a las 17 víctimas.

Puesta de sol desde la playa de Gerra (Cantabria)

Bienvenidos a Olvido

Me despiertan los destellos anaranjados que colisionan contra los árboles y se filtran entre sus hojas; me lamen los pies desnudos, me reconfortan. Sé que en breve desaparecerán junto con el Sol, abriendo un vacío infinito sobre mi alma.

La cabeza me está martirizando, pero lo que realmente me hace salir del trance es un dolor agudo en la la mano. Miro hacia ella sin saber qué me voy a encontrar. Una venda amarillenta y desgastada la cubre desde los nudillos a la muñeca, la desenvuelvo con delicadeza, descubriendo un enrojecido cinco, escrito con una caligrafía hermosa.

Me encuentro tendida en la hierba, bajo una enorme haya, el centro de este mágico bosque bañado por la tenue luz del gran astro. Analizo mi alrededor. Observo dos curiosos objetos que descansan protegidos entre las raíces del árbol: un desgastado libro con cubierta de cuero en la que se lee con dificultad “cuaderno de recetas”, y un cuchillo pequeño, de hoja fina y aspecto amenazante.

—Escoge —una voz metálica se propaga por el espacio instándome a elegir con rapidez.

Obedezco, apretando fuertemente la libreta contra mi pecho.

—Bienvenida a Olvido, procura no morir.

Me levanto con dificultad, como si fuese la primera vez que me yergo. Giro sobre mis talones, intentando averiguar de dónde procede la voz, intentando acallar las preguntas que se suceden por mi mente en estos momentos, intentando entender.

—¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? —Las palabras se extinguen conforme salen de mis labios.

—Nadie, nada y todo. —Mi mirada barre el espacio en cuestión de segundos—. La verdadera pregunta es si mereces vivir, si lucharás por tu vida.

—¿Por qué no recuerdo nada?

—El que no ha vivido experiencias saca su esencia. Tú ya has hecho tu primera elección optando por la inteligencia y no la agresividad. Yo te he escogido, no me decepciones.

Solo quiero salir de aquí, descubrir quién soy, cómo soy. Guardo la libreta pegada al corazón, en el único bolsillo que posee el camisón beige que cubre mi cuerpo hasta las rodillas. Comienzo a caminar sin rumbo, dispuesta, al menos, a encontrar a las otras cinco personas, si es que existen. Yo soy cinco, al menos eso dice la marca cicatrizada de mi muñeca, sé que no estoy sola.

El crujir de una rama, los pájaros alzando el vuelo, el repentino silencio. Retrocedo hasta toparme con otra haya, miro nerviosa frente a mí sin encontrar a nadie. Un escalofrío asciende por mi espalda, paralizándome. Lo primero que siento es el tacto frío, después la sensación cortante, las gotas escarlata resbalando. Mi enemigo se ha acercado sigilosamente por detrás, acorralándome. Leo en su antebrazo un bonito dos. Intento apartar el filo de la navaja para liberar mi cuello del dolor; de pronto la presión cede.

El cuerpo de mi antiguo contrincante se desploma con un golpe seco. Es apenas un adolescente, con las manos empapadas de sangre. Arrodillado sobre el cuerpo observo una segunda figura, una mujer. Esta me mira, pero no hay vida en sus ojos. Corro lo más rápido que puedo, girándome una única vez durante los segundos justos para ver el cuchillo que se acerca con rapidez, hambriento de vida, clavándose en mi pecho. Mis piernas fallan, el cansancio me invade, noto algo húmedo y ardiente extenderse por mi piel, romper la tela. Palpo la sustancia creyendo que es sangre, mas es tinta. Tinta procedente del libro, en el que solo quedan las amarillentas páginas.

Mi asesina se encuentra tirada en la mullida hierba, con los ojos abiertos y el corazón quieto. Alzo mi cuerpo hacia la Luna, la noche ha caído sin darme cuenta, las estrellas son testigos vivos de que he sobrevivido. Abro el cuaderno de recetas por primera vez: “Has sido la elegida” dice la página, que parece haberse escrito sola. El siguiente mensaje aparece días después: “Sé fuerte, no te rindas, tienes la oportunidad de vivir, de crear una raza que no destruya el mundo”.

Llevo tres años en lo que, he descubierto, es una isla. Quizá solo fuimos cinco, quizá más, mas soy la única superviviente, todos murieron consecuencia de una violencia tácita. La voz metálica no se ha manifestado, los cuerpos han desaparecido y mi tatuaje se ha borrado. Lo único que continúa conmigo es la confusión, la esperanza y, por supuesto, el cuaderno de recetas, que dice ser el alma de esta mancillada tierra. Dice haber destruido a la humanidad. Dice haberse llamado Dios. Pero dice tantas cosas…

Cadena perpetua

El anciano encontró la llave en una parte escondida de su alma, si es que esta seguía existiendo. Visualizó su cuerpo dentado, su revestimiento antaño dorado y ahora oxidado, y la inscripción, esas preciosas letras que había leído miles de veces acordándose de ella, de ella, de ella…

Siempre ella. La imagen aparecía constantemente en su cabeza: los rizos castaños enmarcaban su suave piel, sus labios se curvaban retándole como recordaba que hicieron la última vez que la vio con vida. Alexia se desvanecía, sin dejar de escrutarle con sus ojos grisáceos; sabía que la sensación de sentirse vigilado no desaparecería nunca, era su castigo, su verdadera cadena.

Un sonido rítmico y constante invadió sus oídos. Buscó por el cuartucho, pero no encontró el lugar de donde provenía. El sonido no cesaba, continuaba incansable, transportándole a un bosque y al recuerdo de la lluvia que no arreciaba. La luz apenas lograba filtrarse por las hojas de los altos árboles, paró en seco intentando encontrarla mientras rozaba con impaciencia la culata de su pistola. Solo halló silencio, uno tan profundo y húmedo como era aquel bosque. Un pájaro alzó el vuelo, una rama se partió; el cazador sabía que su presa seguía allí.

Como si sus movimientos estuviesen sincronizados, depredador y víctima se movían con la misma rapidez y sigilo por entre la vegetación. Si escuchabas atentamente podías distinguir los gruñidos ansiosos de él, la respiración entrecortada de ella. Ella… Alexia, cuya garganta se encontraba atenazada por el miedo, cuyas piernas obedecían un instinto primitivo, sabía perfectamente cuál iba a ser el final. Sabía que caería por culpa del cadáver de un animal, sabía que intentaría levantarse pero caería sobre el fango, lo sabía, pero no por ello dejó de correr.

Ocurrió, luchó, lo intentó, pero acabó sucia y temblando, sosteniéndole la mirada a su asesino, desafiándole, con la barbilla alta, los labios arqueados y el cabello ondeando salvaje a su alrededor. Toda la arboleda enmudeció, presenciando un baile letal que se alargó varios segundos. La lluvia seguía cayendo, él lo sabía, pero dejó de escucharla.

El ruido había cesado, y volvió a encontrarse solo en la habitación, sentado en su catre, evocando de nuevo sus facciones, y visualizando un objeto, una llave.

La llave que halló escondida en la mano de la muchacha, el regalo envenenado que le tendió tras morir. “Descansar”, rezaba la inscripción simplemente. Él sabía que la frase no terminaba ahí, con Alexia nunca lo hacía. Intentó acordarse de la continuación, pero las palabras no llegaban y lo único que persistía era su grisácea mirada. 

Abrió los ojos volviendo a la realidad, su realidad. Las rejas metálicas eran el único adorno que persistía en puertas, ventanas y alcantarillas. Él, con su traje naranja, resaltaba entre el melancólico color plomizo de su alrededor. Color plomizo que hizo que recrease de nuevo esos ojos en su mente, esos que susurraban algo, algo que no debía haber olvidado y nunca más lo haría.

“Descansar es un privilegio que nunca disfrutarás”, las palabras se unían ante él como en un rompecabezas. La llave, inexistente hasta entonces, aparecía en su mano, bailando entre sus dedos. No, él nunca viviría en paz. El disparo resonó, el cuerpo de la joven cayó, el suelo se tiñó de escarlata y los pájaros no volvieron a cantar jamás.

Bosque de Secuoyas del Monte Cabezón, Cabezón de la Sal (Cantabria)

Terapia peligrosa

Pared ocre, baldosas de hielo completamente blancas, y cuadros, decoraban la horrible sala de espera de la consulta del doctor Hernández. La pequeña habitación estaba casi vacía, solo albergaba el incansable murmullo de las enfermeras y sus pensamientos, esos que nunca estaban vacíos. Una de las auxiliares la llamó con voz monótona, ella, mecánicamente, se levantó y caminó hasta la puerta de madera oscura.

El lugar donde su doctor daba “terapia” era más alegre: con libros y fotos en estanterías, cuadros en tonos añiles, rosas y púrpuras, suelos de madera y muros firmes. Todo lo contrario a Gregorio Hernández Díaz, un hombre calvo, lúgubre, con un halo de misterio siguiéndole allá donde fuese.

Le había pedido a su coordinador miles de veces que le cambiase de especialista, pero claro… es difícil cuando él es el único psiquiatra en la faz de la Tierra que quiere llevar tu caso. Llevaba alrededor de seis meses reuniéndose con él todos los martes.

Una gran furgoneta negra la llevaba hasta allí, siempre acompañada de un policía, que la dejaba en la sala de espera (donde también la recogía cuando las dos horas terminaban).

–Buenos días Eugenia, siéntate – la voz tosca del hombre rasgó el hermoso silencio que había encerrado en aquella sala.

La chica obedeció. Intentó no mirarle, siempre había tenido un mal augurio sobre este hombre.

–Quiero que te mires al espejo y me digas qué ha cambiado en ti desde que… sucedió… ejem… el accidente.

Eu resopló pero no dijo nada, ya se había cansado de repetir que ella no había matado “involuntariamente” a nadie, total, nadie la iba a creer. Miró de frente encontrándose con un gran espejo de cuerpo entero.

–No lo sé –dijo simplemente.

Pero claro que lo sabía, su estatura era la misma (metro sesenta y nueve), estaba más delgada y había perdido color. Su mirada apenas tenía el brillo que antes era característico en ella, sus pómulos estaban hundidos y sus labios agrietados, su cabello seguía teniendo ondas, pero se había oscurecido levemente, dejando de ser ese rubio intenso anterior.
El médico no la presionó. Y, escondiendo de nuevo el espejo dio por zanjada la cuestión.

–Quiero que cierres los ojos –la voz del médico se tiñó de impaciencia.

La quinceañera lo hizo.

–Quiero que te sitúes en ESA noche.

Eu se sumergió en su mente, eran las diez y media de la noche, llovía, y algunos truenos sonaban en la lejanía. No estaba sola, unos amigos la acompañaban, se suponía que estaban en casa de Beatriz, pero se habían escapado sin hacer ruido. ¿Cómo iban a pasar la noche de Halloween encerrados en una casa infestada de frikis?

Su objetivo era llegar a la casa de los lamentos, una gran mansión antigua en la que, decían, vivían numerosos espíritus que no podían descansar en paz porque habían asesinado a sus familias. Lucas fue delante, era un chico de complexión fuerte que le ayudaba siempre. Eran en total cuatro personas. Entraron sin problemas rompiendo algunas vallas…

–Quiero que imagines lo que pasó, cuándo comenzó todo –la voz del psiquiatra se coló en su mente.

…Gritos, golpes, gente corriendo, todo se mezclaba, no sabía cómo se había quedado sola en una gran sala con una lámpara de araña en el techo. Miraba a su alrededor llamando con la voz temblando a sus amigos. Sonidos lejanos llegaban de distintos rincones de la casa. Subió las escaleras que crujían mientras ascendía. Asomada por una de las destartaladas ventanas vio que las gemelas corrían por el jardín hacia la casa de Beatriz. En un arranque de valentía fue en busca de Lucas para irse. Oyó pasos que se acercaban, y un zumbido constante como de un timbre roto. Fue con celeridad a una sala que parecía ser el dormitorio principal. Aguantó la respiración, a tiempo para ver la mochila de su amigo en el suelo y su cuerpo destrozado, sangrante y sin vida en el jardín, retrocedió aguantando un chillido, se había caído por la ventana, o le habían empujado, o, o, o….
No quería más problemas, corrió hacia la salida…

–Me contaste que entraste a una sala por culpa de tu curiosidad…–El doctor la llevó a la realidad.

–Sí, había un sobre –Eugenia recordó la gran mesa con el sobre en el centro.

–Ya… y el sobre estaba vacío… –el médico iba terminar la frase.

–¡¿Cómo sabes que…?!

Un golpe seco y silencio.

Los olvidados

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Cuatro meses, dos días, cinco horas. Hubo una época en la que la humanidad se escandalizaba debido al abandono de presos en Siberia por parte de la URSS; pero esas críticas desaparecieron arrastradas por los nuevos tiempos. Errores pasados se han cometido, pero a falta de un culpable se siguen sucediendo.

Cuatro meses, dos días, seis horas. No sabría decirte con exactitud la fecha en la que entré en este lugar que parece no tener fin. Los días se clavan como cuchillos a tu espalda, cargando un peso muerto, perdiendo la poca humanidad que resiste en tu cuerpo. Las líneas del bien y el mal son difusas, la moral ha cambiado, sólo existe un mantra: “sobrevive”.

Cuatro meses, tres días, una hora. Casi no recuerdo la Tierra, sólo sé que es esa masa azul que se observa a lo lejos, bañada en bruma. Mi estancia allí se vio truncada por un crimen del que yo era inocente, y lo último que sentí en ese alejado planeta fue un pinchazo que me sumió en la más absoluta oscuridad. Cuando desperté ya estaba aquí. Tumbada y envuelta en calima, confusa y perdida. Observaba desesperanzada mi nuevo hogar: montañas blancas de arena, piedrecillas que se clavaban en los pies desnudos, huecos infinitos que debías saltar, ojos que acechaban en la sombra.

Cuatro meses, cinco días, tres horas. Aquí nadie te pregunta quién eres. Nadie lo sabe. Ya no soy Mara, porque esa chica inocente y extrovertida nunca habría matado a esa alimaña que un día fue una persona; nunca, a pesar de ser en propia defensa, habría clavado aquel cuchillo en la entrañas del hombre. No, ahora era simplemente el sujeto 359.062. Sí, alrededor de 400.000 personas habían sido desterradas a esta zona desolada que, en algún momento, se había llamado “la misteriosa Luna”. Nos dejan aquí, olvidados, con la esperanza de que muramos y no podamos decir nada. Morimos, sin ser echados en falta.

Cinco meses, un día, cuatro horas. ¿Amigos? Eso no existe aquí. Sólo hay aliados, gente que busca sobrevivir, como todos. ¿Escuchas ese rum rum constante? Traen a alguien nuevo. Ocultos entre los granos blancuzcos de tierra, esperamos a que llegue desde la Tierra la nave no tripulada. Mucha gente ha intentado volver a la Tierra, pero este vehículo se autodestruye y lo asola todo. Tal sólo hay un margen de tres minutos y cuarenta segundos para coger todo lo que encuentres dentro y salir antes de que explote. En cuanto observo que el sujeto 299.993 comienza a correr, arranco y le sigo. Tenemos un mismo objetivo. Me escabullo por detrás de la nave mientras unas cincuenta personas se enzarzan en una encarnizada lucha por entrar y apoderarse del botín. Han olvidado lo que es ser civilizado. Todavía me horrorizo al ver la sangre derramarse, los cuerpos caer. Aún tengo suficiente lucidez para pensar otra alternativa, y lo que hago es abrir un hueco en el pladur negro del que, hoy día, se realizan estos trastos. Quedarán unos dos minutos para que estalle, debo darme prisa. Al entrar cojo las reservas de agua que puedo acarrear, una pistola automática y una mochila repleta de comida envasada. Alguien entra tras de mí. Es una mujer de mediana edad, armada, con el cabello colgando graso a ambos lados de unos ojos celestes que, hace años, debieron brillas de ilusión y que en este momento, lucen vacíos y extraños. El disparo resuena con fuerza. Antes de que el cuerpo caiga inerte al suelo, ya he escapado por el hueco llevando conmigo las reservas conseguidas, sabiendo que no será la primera vez que tenga que disparar este arma. Cinco segundos y la nave vuela en pedazos, llevándose a todas esas personas que, valientes, sólo querían seguir viviendo.

Cinco meses, doce días, siete horas. Los carroñeros aún siguen alrededor de los restos de la última nave que ha llegado, se alimentan de los cadáveres de las pobres almas que perecieron allí. Me alegro de haber cogido la bolsa de alimentos deshidratados, aunque sé que si no llega otro preso pronto seré como ellos.

Cinco meses, trece días, dos horas. Andando por la superficie lunar encuentro un pedazo de periódico, a pesar de su lamentable estado aún, escrito con letras legibles, se puede observar la fecha: 3 de Abril del 2116. Y pensar, que hace cien años, soñábamos con vivir en la Luna.

Paranoia

El hombre entró al reducido espacio. Botones a la izquierda pintados de vivos colores lucían incansables frente al ronco silencio derredor. Suelo enmoquetado y techos altos componían aquel ascensor. Un hombre le miraba, curioso, con la cabeza ladeada y la mirada fija en su persona. Vestía con chaqueta, pantalones y camisa, un sombrero rodeaba su cabeza y unos zapatos de charol resguardaban sus pies.

—Hola—murmuró el recién llegado con timidez.

Al instante la otra voz contestó lo mismo, con exacta timidez. Apenas se percibía el traqueteo del aparato.

—Mi mujer me engaña—confesó el hombre sintiéndose expuesto—. Por eso vengo aquí. Me traiciona.

Ambos dos se tensaron, con la mirada perdida y los puños cerrados.

—Según el especialista no se deben usar palabras con connotación negativa o violenta —una voz volvió a romper el silencio— ¿tienes algún diccionario?

De nuevo el incansable rum rum como respuesta.

—No. No, es verdad. ¿Por qué deberías tener un diccionario a mano? 

Un papel cayó al suelo con ligereza. Los señores se agacharon a por él.

—No se moleste, hombre— dijo uno de ellos cogiendo la hoja— es personal.

Los dos se levantaron nuevamente situándose frente a frente.

— ¡Mire usted que coincidencia que tengamos las mismas iniciales!— dijo analizando atentamente la ropa de su acompañante, donde, bordadas aparecían las letras J. M. B. — ¡Espere! Esos son mis zapatos, ¡qué hace con ellos!

Pupilas dilatadas, labios fruncidos, músculos tensados y sangre bullendo por el enjuto cuerpo del hombre.

— ¡Tú! ¡Tú! Valiente cabrón tú eres el amante de mujer. ¡¿Qué querías?! ¡¿Reírte de mí poniéndote mi ropa?! 

Ambos se llevaron la mano a la espalda.

—Veo que vas armado —dijo el cornudo con una sonrisa maligna en su rostro— ¡¡Pero yo también!!

Dos manos volando por el espacio con un idéntico cuchillo resbalando peligroso entre sus dedos. Perlas de sudor surcando sus nudillos y llegando al filo. Un chasquido. Y miles de cristales clavándose en la carne del hombre, sobrevolando el pequeño aparato y chocando contra las paredes. Apenas dos trozos de vidrio quedaron intactos formando lo que antes era un espejo; en ellos se reflejaron dos ojos grises, con pupilas dilatadas, enrojecidos, mirando hacia una sangrante mano que aún sujetaba un cuchillo, ahora destrozado. 

El ascensor se abrió con un silbido, dejando entrar un leve airecillo y murmullos de gente que aguantaba la respiración. El aparato ahora se mantenía quieto en aquella primera planta donde numerosos doctores atendieron al hombre herido.

Una mujer que presenció cómo se llevaban al enfermo en una camilla encontró un papel arrugado en el suelo. Lo abrió con curiosidad y negó con la cabeza:
“José María Benítez del Canto
Diagnóstico: esquizofrenia aguda, trastorno de doble personalidad, trastorno bipolar.”

Menos mal, se dijo la mujer, que no había conseguido ni tan siquiera salir del psiquiátrico.