Recordando a la abuela

Me preguntas cómo definiría la casa de mi abuela. Fácil. Sólida, segura. Era un cuarto piso sin ascensor, unas escaleras infinitas que hacían que el estómago rugiese de hambre. Hambre de tiempo con ella, con mi ángel. La puerta tenía tres pestillos, que resonaban con el eco del pan. Ese que horneaba diariamente a la espera de visitas.

Recibimiento del parqué marcado por el paso del tiempo, el olor a casona con historia, la colección de figuras de porcelana. Ni rastro de la abuela en el salón. En la cocina resonaban cacharros. Allí estaba, con su delantal de colores y sus andares risueños, al lado de la nevera adornada con recordatorios de citas médicas. “Cargar pilas” con abrazos de milisegundos. Y hablar, siempre hablar.

Sí, la casa de la abuela eran palabras que danzaban en el aire, que resonaban en el corazón. Ella no había podido estudiar, era ama de casa, hija de republicanos, huérfana de madre, confiada en un “no pasarán” que cayó con la ciudad de Madrid. Nada la había parado. Leyó para aprender, fue feliz para luchar contra la pobreza.

El reloj daría la una y la abuela preguntaría qué me apetecía comer. Cortaríamos verduras mientras me preguntaba, mientras leía en mi interior mis preocupaciones, borrándolas con su nana amorosa. Huérfana, madre, abuela y viuda. Sin embargo, frágil no parecía definirla.

La casa de la abuela, respondiendo a tu pregunta, es, como ella, inspiración.

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