Terapia peligrosa

Pared ocre, baldosas de hielo completamente blancas, y cuadros, decoraban la horrible sala de espera de la consulta del doctor Hernández. La pequeña habitación estaba casi vacía, solo albergaba el incansable murmullo de las enfermeras y sus pensamientos, esos que nunca estaban vacíos. Una de las auxiliares la llamó con voz monótona, ella, mecánicamente, se levantó y caminó hasta la puerta de madera oscura.

El lugar donde su doctor daba “terapia” era más alegre: con libros y fotos en estanterías, cuadros en tonos añiles, rosas y púrpuras, suelos de madera y muros firmes. Todo lo contrario a Gregorio Hernández Díaz, un hombre calvo, lúgubre, con un halo de misterio siguiéndole allá donde fuese.

Le había pedido a su coordinador miles de veces que le cambiase de especialista, pero claro… es difícil cuando él es el único psiquiatra en la faz de la Tierra que quiere llevar tu caso. Llevaba alrededor de seis meses reuniéndose con él todos los martes.

Una gran furgoneta negra la llevaba hasta allí, siempre acompañada de un policía, que la dejaba en la sala de espera (donde también la recogía cuando las dos horas terminaban).

–Buenos días Eugenia, siéntate – la voz tosca del hombre rasgó el hermoso silencio que había encerrado en aquella sala.

La chica obedeció. Intentó no mirarle, siempre había tenido un mal augurio sobre este hombre.

–Quiero que te mires al espejo y me digas qué ha cambiado en ti desde que… sucedió… ejem… el accidente.

Eu resopló pero no dijo nada, ya se había cansado de repetir que ella no había matado “involuntariamente” a nadie, total, nadie la iba a creer. Miró de frente encontrándose con un gran espejo de cuerpo entero.

–No lo sé –dijo simplemente.

Pero claro que lo sabía, su estatura era la misma (metro sesenta y nueve), estaba más delgada y había perdido color. Su mirada apenas tenía el brillo que antes era característico en ella, sus pómulos estaban hundidos y sus labios agrietados, su cabello seguía teniendo ondas, pero se había oscurecido levemente, dejando de ser ese rubio intenso anterior.
El médico no la presionó. Y, escondiendo de nuevo el espejo dio por zanjada la cuestión.

–Quiero que cierres los ojos –la voz del médico se tiñó de impaciencia.

La quinceañera lo hizo.

–Quiero que te sitúes en ESA noche.

Eu se sumergió en su mente, eran las diez y media de la noche, llovía, y algunos truenos sonaban en la lejanía. No estaba sola, unos amigos la acompañaban, se suponía que estaban en casa de Beatriz, pero se habían escapado sin hacer ruido. ¿Cómo iban a pasar la noche de Halloween encerrados en una casa infestada de frikis?

Su objetivo era llegar a la casa de los lamentos, una gran mansión antigua en la que, decían, vivían numerosos espíritus que no podían descansar en paz porque habían asesinado a sus familias. Lucas fue delante, era un chico de complexión fuerte que le ayudaba siempre. Eran en total cuatro personas. Entraron sin problemas rompiendo algunas vallas…

–Quiero que imagines lo que pasó, cuándo comenzó todo –la voz del psiquiatra se coló en su mente.

…Gritos, golpes, gente corriendo, todo se mezclaba, no sabía cómo se había quedado sola en una gran sala con una lámpara de araña en el techo. Miraba a su alrededor llamando con la voz temblando a sus amigos. Sonidos lejanos llegaban de distintos rincones de la casa. Subió las escaleras que crujían mientras ascendía. Asomada por una de las destartaladas ventanas vio que las gemelas corrían por el jardín hacia la casa de Beatriz. En un arranque de valentía fue en busca de Lucas para irse. Oyó pasos que se acercaban, y un zumbido constante como de un timbre roto. Fue con celeridad a una sala que parecía ser el dormitorio principal. Aguantó la respiración, a tiempo para ver la mochila de su amigo en el suelo y su cuerpo destrozado, sangrante y sin vida en el jardín, retrocedió aguantando un chillido, se había caído por la ventana, o le habían empujado, o, o, o….
No quería más problemas, corrió hacia la salida…

–Me contaste que entraste a una sala por culpa de tu curiosidad…–El doctor la llevó a la realidad.

–Sí había un sobre –Eugenia recordó la gran mesa con el sobre en el centro.

–Ya… y el sobre estaba vacío… –El médico iba terminar la frase.

–¡¿Cómo sabes que…?!

Un golpe seco y silencio.

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